¿Por qué México no es objetivo del Estado Islámico?

Esta nota, en la que participo con una opinión, fue publicada originalmente en el portal La Silla Rota (noviembre 18 de 2015) y el crédito de la misma es del reportero Amílcar Salazar Méndez.

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CIUDAD DE MÉXICO (La Silla Rota).- Los atentados en París forman parte de la historia más negra del terrorismo en el mundo entero, por lo que ningún país queda exento de un inminente ataque de algún grupo extremista. Y aunque México no es considerado prioridad para el Estado Islámico, no es excepción.

Especialistas consultados por LA SILLA ROTA coinciden en que a pesar de que los grupos pertenecientes al denominado Estado Islámico no tiene en su mira nuestro país, pero sí se debe aprender una lección de Francia y tomar previsiones en temas de seguridad nacional.

Para el internacionalista y maestro en Ciencia Política por la Universidad de Tel Aviv, Aramis Kinciño, son tres las razones por las cuales los grupos como ISIS no operan en nuestro país; en principio, logísticamente y operativamente es riesgoso; sería muy costoso en términos monetarios; y finalmente, sería una propaganda poco rentable.

Fuente: New York Times

Fuente: New York Times

De acuerdo con cifras del INEGI, en México hay apenas 3 mil 760 musulmanes, por lo que, según Aramis, para los grupos terroristas mezclarse entre una población étnica y religiosamente similar es fundamental para mantener una operación exitosa, burlado así los servicios de seguridad, reclutando personas y generando contactos con gente que tiene conexiones en oriente Medio.

En segundo lugar, se trata de una operación costosa. Es decir, dinero, tecnología, reclutamiento, comunicación secreta. “Es muy costoso, mandar una operación a México, por lo que un frente económico tiene más sentido en Estados Unidos o Francia”, comentó.

“Así que pensar en una aventura en México implica un alto costo y pocos beneficios”.

Finalmente, el también internacionalista por el Colegio de México, aseguró que propagandísticamente sería poco rentable, ya que lo que ISIS busca es atacar a Estados Unidos y a Europa, y dichos ataques le sirve para reclutar nuevas personas y para mantener la legitimidad dentro de las poblaciones que ya controla.

“Agredir a un país como México no es algo propagandísticamente, ni seductor para los yijadistas, no les diría mucho, como sí lo es, por ejemplo con Francia, que es parte de la coalición militar”, explicó.

En el mismo sentido opina el catedrático de la Universidad de las Américas Puebla, Ulises Sandal, quien asegura que la falta de interés por parte del Estado Islámico hacia nuestro país obedece a dos razones: los antecedentes históricos, y la cercanía con Estados Unidos.

El centenar de personas que perdieron la vida el viernes 13 de noviembre en Francia se suman a las miles de personas inocentes que han perdido la vida en atentados similares en Madrid, Londres o Turquía, pero históricamente, ni México ni América Latina tiene vínculos con dichas organizaciones terroristas, ni con la etapa colonial en el Oriente Medio y África.

Además de un antecedente histórico, explicó que se tiene que ver con el hecho de que “no somos una potencia, y me parece que la cercanía con Estados Unidos no representa una aliciente para grupos radicales, sino por el contrario, un factor disuasorio”.

“La seguridad pública y la seguridad nacional de México está relacionada con la seguridad de Estados Unidos, por lo que para nuestros vecinos del norte sería una situación de riesgo que ni México se pudieran presentar células islamistas, hecho que tampoco es equiparable a los temas de tráfico de armas o tráfico de drogas”, comentó en entrevista con LA SILLA ROTA.

En el recuerdo permanecen atentados en Europa, el trágico 11 de septiembre, e incursiones en África.

“Sin duda México tiene que preocupar de muchas cosas y entender de manera inmediata, no es que exista una afinidad con o como sucede en Francia o en Estados Unidos, el riesgo es inminente, creo que no solo para los mexicanos o para América Latina, es un riesgo de carácter global. Ya que los actos terroristas, no se sabe cuándo ni dónde van a atacar, entonces no podemos excluirlos”, acotó.

Al respecto, Aramis Kinciño precisó que aunque México no se encuentra en el mapa de los terroristas no quiere decir que no pueda tener conflicto de esta índole, como lo fue la muerte del grupo de turistas mexicanos quienes perdieron la vida en el marco del conflicto que tiene Egipto con grupos terroristas en la península del Sinaí, entonces “no les tocó en México, pero les tocó como turistas de México en Egipto”.
“No somos prioridad y no lo vamos a ser, pero no estamos exentos de actos terroristas”, advirtió.

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La paz, la libertad y occidente

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (noviembre 17 de 2015), y también puede leerse aquí.

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#JeSuisParis

Según una interpretación popularizada –dijo el General – el paraíso es un lugar tan armónico, tan ajeno al conflicto, que el león y la oveja descansan uno al lado de la otra. Viven libres y felices, echados apaciblemente sobre verdes pastos.

Pues bien, nuestra misión es esforzarnos cada día por conquistar un paz y una libertad como esas –continuó–; pero debemos también asegurarnos, si alcanzamos ese paraíso, de ser el león y no la oveja, porque uno nunca sabe cuándo la armonía pueda romperse.

Con ese consejo se despidió MS, un veterano de los servicios de inteligencia israelí que encabezó la expedición en que recorrimos las fronteras de Israel con Siria, Líbano y la franja de Gaza.

Aquello ocurrió en el verano de 2012, y esa lección permanece fresca en mi memoria: la paz y la libertad, para que sean seguras y duraderas, sólo pueden ganarse desde una posición de fuerza. La paz sin libertad no es una forma digna de vivir.

2048

El precio de la libertad

Para la mayoría de la gente de este lado del mundo, la libertad es como las salchichas: algo que consumen procesado, sin demasiado interés por saber cómo se consigue, y con la certeza de que siempre estará ahí, disponible en abundancia.

En las democracias, la libertad la defiende ante todo una sociedad crítica y movilizada, mediante los votos, los medios, las protestas. Pero detrás de las libertades de que gozamos en occidente también hay fusiles que las conquistaron, y sigue habiendo fusiles que las sostienen, aunque la mayoría jamás haya tenido que empuñar uno.

Para mantenerse y avanzar, la libertad requiere ser defendida con ideas, pero también con la fuerza. Es fácil olvidar que ha habido y hay jóvenes y adultos que van a la guerra para ello. Es más cómodo aún ser un pacifista teórico y denunciar la guerra cuando uno se beneficia de sus resultados sin tener que participar en sus sacrificios.

Porque si uno ama verdaderamente la libertad debe estar dispuesto no sólo a disfrutarla, sino a defenderla, y eso implica el amargo reconocimiento de que hay enemigos de esa libertad, enemigos dispuestos a asesinar, que no están sujetos a los límites que en nuestras sociedades imponen las instituciones, la opinión pública, los derechos humanos. Y sí, defender en estos casos significa avasallar a esos enemigos con la fuerza de las armas.

Una comunidad que –por miedo, debilidad o escrúpulos politicorrectos– no alcance este consenso mínimo, no podrá mantenerse libre.

A girl holds a sign during a vigil in tribute to the victims of the Paris attacks, in Sao Paulo, Brazil, November 15, 2015. The sign reads: "France is not afraid. #I am Paris". REUTERS/Rodrigo Paiva EDITORIAL USE ONLY. NO RESALES. NO ARCHIVE

La libertad como principio no negociable

En occidente hemos construido sociedades que de manera creciente celebran la diversidad y promueven la inclusión. Sin duda, esto es positivo y deseable: ¿qué es occidente si no un diálogo de culturas, con la grecorromana y la judeocristiana en su origen?

No obstante, las sociedades occidentales tenemos nuestro propio consenso cultural: la libertad, la igualdad, la democracia como principios de convivencia; estos son valores no negociables que deben marcar el límite a la apertura. De otro modo, lejos de enriquecer, estaríamos diluyendo nuestra propia identidad y estilo de vida.

Porque hay países, culturas, interpretaciones religiosas, sociedades e ideologías –algunas de ellas occidentales, por supuesto– que niegan la igualdad de la mujer y el hombre ante la ley, que ven en la ampliación de libertades individuales un retroceso, en la educación un peligro, en el laicismo una aberración; que en cambio aman la uniformidad y la sumisión.

Hay visiones del mundo bárbaras, usos y costumbres incompatibles con la dignidad humana como la comprendemos en la tradición occidental; y reconocer esto es indispensable para mantener la libertad y ganar una paz entre iguales. Negarlo en nombre de un relativismo moral disfrazado de tolerancia es una absurda capitulación cultural ante aquella barbarie.

Sin menoscabo de la inclusión y la diversidad, hay valores dignos de ser universales y universalizados, que priman por encima de culturas. No son universales por ser occidentales, sino por ser los que mejor defienden la dignidad humana; entre ellos destaca la libertad y la igualdad, sin los cuales la paz no sería más que una prisión con rejas de oro.

Aquellos grupos que nieguen estos principios no pueden tener cabida en la familia occidental; si además los rechazan con la violencia –como lo hace el terrorismo–, deben encontrar como respuesta la fuerza, no la tolerancia. Los límites a la diversidad son precisamente las posturas que comprometen la libertad e igualdad que la hacen posible en primer lugar.

La libertad se conquista desde la fuerza

Es cierto que en el origen de mucha de la violencia dirigida contra occidente hay causas de fondo que, sin jamás justificar esos actos, ayudan a explicarlos: miseria, desesperanza, agravios viejos y recientes. Muchas veces la religión y la ideología son más una excusa, un vehículo para la violencia, que una motivación en sí.

Sin embargo, esto no puede ser tampoco un cheque moral en blanco para tolerar la barbarie y abdicar del derecho a defenderse. Tampoco para dudar de la robustez y legitimidad de nuestro propio consenso cultural como sociedades occidentales.

Occidente (específicamente la Europa noratlántica y hoy marcadamente Estados Unidos) es y ha sido desde hace tiempo la mayor fuerza política, económica, militar y cultural. Con este poder se han cometido errores e injusticias indiscutibles. Y con todo, al ejercer su liderazgo occidente también ha creado la era de mayor libertad política, prosperidad económica, dignidad humana y paz que jamás se haya conocido en la historia.

El consenso cultural occidental, si bien imperfecto, representa el punto civilizatorio más elevado a que la humanidad ha llegado; pero este modelo no se genera ni se mantiene de manera espontánea. Tampoco es una conquista ganada de una vez y para siempre. Es una batalla permanente. Nuestra libertad requiere defenderse hoy y va a requiere ser defendida mañana.

De la fibra moral y la disposición para dar esta batalla dependerá la posibilidad de incrementar nuestras libertades, o de rendirlas ante sus enemigos, que en tiempos recientes cobran una forma muy particular: el extremismo islámico.

Hoy más que nunca las sociedades occidentales deben entender los riesgos de ser la oveja y deben querer ser el león, con todos los sacrificios y responsabilidades que ello conlleva.

Cuba y la política exterior mexicana

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (noviembre 3 de 2015), y también puede leerse aquí.

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Por mandato constitucional, la política exterior mexicana se rige por el principio de la defensa y promoción de los derechos humanos, pero también por el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la no intervención (Art. 89, fracción X).

Conciliar estas directrices requiere una labor diplomática fina, pues su implementación simultánea puede crear tensiones y errores innecesarios, como sucedió en administraciones pasadas, de 2000 a 2012.

MŽxico, D.F., 02MAYO2004.- Ante la ruptura de las relaciones diplom‡ticas de MŽxico con Cuba por parte del gobierno federal, simpatizantes del pueblo cubano se dieron cita en la embajada cubana en se–al de apoyo. FOTO: MoisŽs Pablo/CUARTOSCURO.COM

El próximo 5 de noviembre Raúl Castro realizará su primera visita de estado a México desde que sustituyó a su hermano, el comandante Fidel Castro, como presidente de Cuba (Raúl ya había tomando las riendas del gobierno de manera interina desde julio de 2006, aunque su mandato se formalizó en febrero de 2008).

En términos generales, es de anticipar que esta visita provocará dos grandes reacciones de signo opuesto entre políticos, analistas y líderes de opinión en México.

Por un lado, algunos críticos –con posiciones que van desde los liberales hasta la derecha– argumentan que Cuba es un régimen autoritario, con un saldo negativo en materia de derechos humanos y un modelo económico socialista agotado.

De acuerdo a esta visión, al ser la política exterior un reflejo y complemento de los valores a los que México aspira, nuestros esfuerzos internos para avanzar en democracia, derechos y libertades chocarían con recibir al representante cubano a menos que se haga un firme llamamiento en favor de la apertura política en la isla. Se trata de un análisis parcialmente correcto pero también simplista, una posición de purismo ideológico que desestima el contexto en que vive Cuba.

Por el otro lado, hay quienes argumentan que la política exterior se trata de la relación entre gobiernos, no entre pueblos, donde México (y cualquier otro país) debe ser respetuoso de los procesos políticos que suceden en cada nación. Así, se deben promover los valores democráticos pero siempre en estricto apego a la no intervención.

Esta visión, a veces catalogada como “legalista”, ha tenido en realidad un sentido pragmático, pues parte de la lógica de que en la medida que México se mantenga firme en su defensa de la autodeterminación y no intervención mantendrá la legitimidad para exigir el mismo trato de parte de otros países que pudieran desear inmiscuirse en nuestros asuntos internos. Igual que en el caso anterior, llevar esta posición al extremo significaría sacrificar un precepto constitucional a favor de otro.

Por ello, debe recordarse que la mejor amiga de la diplomacia es la historia, y es en función de un análisis histórico y del contexto cubano que se debe conducir una política exterior seria, de principios y también de defensa de los intereses nacionales.

Cuba vive un momento crucial, en el que paulatina pero inexorablemente empieza a liberalizar su economía. Inevitablemente, esto traerá consigo una cada vez mayor apertura política. Sin embargo, debe considerarse que sobre la isla pesa un embargo comercial, económico y financiero impuesto por Estados Unidos desde 1962, ratificado y endurecido en 1996.

El embargo fue, primero, la respuesta norteamericana ante la nacionalización de propiedades extranjeras tras la revolución, así como al acercamiento de la Habana con la Unión Soviética, y en estricto sentido político, fue una medida lógica en el contexto de la guerra fría. Posteriormente, se ha justificado como un mecanismo de presión para forzar la democratización del régimen cubano.

No obstante, se ha destacado que el embargo (que en Cuba se conoce como “bloqueo”) no sólo ha causado el efecto contrario de consolidar la legitimidad del gobierno ante la amenaza de una potencia extranjera, sino que ha terminado siendo pagado por la población, que sufre las carencias que esta medida implica. Más aún, los términos del embargo estipulan que su cese está condicionado a la caída del régimen actual, con todas las incertidumbres que eso plantea, pues se trataría de un cambio de régimen promovido desde afuera, un escenario que amenaza con sustituir al pueblo cubano como protagonista en la determinación de su propio destino.

En este sentido, resulta políticamente comprensible (y sobre todo en un país como México, que ha sufrido a lo largo de su historia la intervención extranjera), que Cuba desee avanzar en su proceso de apertura pero en sus propios términos, es decir, manteniendo su soberanía e independencia.

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De ahí que nuestra política exterior deba mantenerse operando en dos pistas pero bajo un mismo mandato constitucional. De un lado, defendiendo el respeto a la autodeterminación (un ejemplo reciente es el voto mexicano en la ONU en contra del embargo), a la vez que promueve y respalda los pasos de Cuba hacia una mayor apertura económica y política, no como una fuerza interventora, sino como un aliado y un interlocutor de cara a Estados Unidos.

Y para que México pueda ser un mediador válido que contribuya a hacer avances en el terreno de lo pragmático, se debe mantener como una voz legítima apegada los principios constitucionales. Esta es la ruta que ha retomado la Cancillería, y es el camino que tradicionalmente ha ganado para la diplomacia mexicana el prestigio y el respeto internacional que de manera discreta y efectiva empieza a reconquistarse.

Mentiras palestinas

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (octubre 20 de 2015), y también puede leerse aquí.

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“El ejército israelí ejecutó a un niño, a sangre fría”. Así lo anunció Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina. La noticia corría como pólvora encendida en los territorios palestinos y el mundo musulmán. Incluso varios medios occidentales recogieron la nota sin mucha crítica ni contexto. Pero era mentira.

En realidad, Ahmed Manasra no estaba muerto, sino siendo atendido en un hospital en Israel, por médicos israelíes, después de ser golpeado por un auto mientras intentaba huir. Y es que Ahmed, junto con su primo Hassan, habían apuñalado a un joven judío de 25 años y a un niño de 13, como él mismo lo confesó después y videos de seguridad demostraron.

Desde inicios de octubre, Israel ha vivido una ola de violencia en la que palestinos, la mayoría muy jóvenes, han atacado a ciudadanos israelíes –buscando específicamente que sean judíos–, mediante dos modalidades principales: acuchillando o utilizando automóviles para atropellar a las víctimas, aunque también se han registrado agresiones más “convencionales” con arma de fuego. Generalmente, los agresores son sometidos por la policía o el ejército israelí, y algunas veces el uso letal de la fuerza ha sido necesario.

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En todos los casos, el gobierno y los medios palestinos proclaman que Israel atacó a personas inocentes. No importa que existan fotografías y videos que muestran claramente cómo estos terroristas agreden a ciudadanos israelíes; ni importa que en muchos casos los agresores de hecho hayan publicado en sus redes sociales que saldrían a matar judíos. La narrativa palestina es la de la victimización y la incitación. Mentiras que cuestan vidas.

En su vocabulario a los crímenes se les llama resistencia, incluso cuando las victimas son personas como Marike Veldman, una mujer que ha dedicado los últimos 32 años de su vida a mantener una casa-hogar para niños árabes de escasos recursos, apuñalada la semana pasada. En su visión del mundo, la posibilidad de que un judío rece cerca de una mezquita es una licencia para asesinar niños y ancianos. En su mundo ideal –al que no pocos medios hacen eco–, Israel es criminal por defenderse de la agresión de criminales. La mentira que muta en absurdo.

El origen de la violencia

Diversos grupos palestinos –incluyendo a las autoridades– han difundido la falsa versión de que Israel pretende cambiar el llamado estatus quo en el Monte del Templo, y en particular en la mezquita de al-Aqsa. Aquél lugar es el más sagrado para el judaísmo y el tercero más sagrado para el islam. No obstante, según el acuerdo entre Israel y la comunidad musulmana local, desde 1967 y a fin de mantener la paz, los judíos pueden visitar pero no rezar ahí. Los musulmanes sí pueden, y de hecho aunque el lugar está bajo jurisdicción israelí, para propósitos prácticos es controlado por la comunidad musulmana.

Si el fanatismo no estuviera de por medio, no tendría nada de malo que se permitiera a los judíos rezar en su lugar más sagrado; pero en todo caso esto es falso, el gobierno israelí no pretende alterar el status quo de 1967. Sin embargo, esta mentira ha incendiado los ánimos y ha sido, a decir de los propios terroristas, la razón principal que ha motivado los ataques contra judíos en todo el país. En otras palabras, mucha gente ha muerto durante todo este mes a causa de una mentira conscientemente diseñada y repetida por el gobierno palestino y sus voceros; una mentira que no resiste la prueba de la realidad, pero por la que igual se ha derramado sangre.

Lecciones para matar

En las redes sociales palestinas circulan infografías y videos que incitan a cometer asesinatos contra judíos, y además enseñan técnicas para lograrlo, como el que un habitante de Gaza, Zahran Barbah, publicó en Facebook y que muestra las partes del cuerpo a las que se debe atacar para causar el mayor daño posible.

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En los territorios palestinos a las personas que cometen estos crímenes se les celebra como héroes; shahid, les llaman (mártir), le ponen sus nombres a calles, se reparten dulces festejando la muerte de israelíes, y sirven como ejemplo para adoctrinar a jóvenes y niños, quienes apenas entienden lo que pasa, pero ya proclaman en entrevistas que desean salir a matar judíos.

Las autoridades también incitan esta violencia. Por un lado, el gobierno de la Autoridad Palestina no ha condenado uno sólo de los ataques contra israelíes, y por el otro, a veces simplemente se celebra el hecho, como Tawfik Tirawi, integrante del comité central de Fatah, partido gobernante, quien recomienda evitar los ataques con bombas porque pueden llamar demasiado la atención occidental, pero afirma que las agresiones con cuchillo están bien, porque son hechos locales que se notarán menos en la prensa extranjera.

A eso debe sumarse que los terroristas liberados por Israel y que vuelven a territorio palestino reciben apoyo económico del gobierno, igual que sus familias durante su etapa en prisión. El estado benefactor del terrorismo. La recompensa institucional por tener sangre judía en las manos.

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Hamas, el grupo terrorista que gobierna la franja de Gaza suele ir más allá. Son famosos sus campos de verano en los que niños de menos de 15 son entrenados en ejercicios militares y adoctrinados para ver en Israel y los judíos enemigos mortales, así como sus programas infantiles de televisión en los que botargas de animales educan a los niños para “masacrar judíos”.

No hay nadie del otro lado de la mesa

Lo más trágico y perverso que revela esta nueva ola de terror es que la Autoridad Palestina, no menos que Hamás, está educando a toda una nueva generación de jóvenes y niños en el odio.

Hoy día mucha gente en Israel se pregunta, ¿cómo se puede negociar la paz con un vecino que dice querer coexistir pero que al mismo tiempo solapa y aún incita a que sus ciudadanos salgan con un cuchillo a cortarte la garganta? Lamentablemente, gracias al gobierno palestino y a la semilla de odio que están sembrando, los futuros líderes de Israel en 20 y 30 años se seguirán preguntando lo mismo.

El primer paso para romper el círculo vicioso es no tener miedo a utilizar la terminología adecuada. La primera batalla que se debe ganar es discursiva, porque la narrativa palestina de la victimización y la justificación de la violencia cala hondo, y llega a convencer y a seducir a personas por otro lado decentes e inteligentes.

Si uno ojea la sección internacional de diversos periódicos europeos, por ejemplo, se encontrará con titulares como “La policía israelí abate a otros dos palestinos”, y sólo si uno lee la nota completa encuentra la necesaria aclaración: “el hecho ocurrió en Jerusalén luego de que ambos palestinos acuchillaran a la tercera víctima judía de esta semana”.

Hay muchos palestinos que trabajan por un mejor futuro donde haya paz. Ellos constituyen aliados y representan la esperanza. Pero hay otros tantos, no pocos, cada vez más, que han decidido convertirse en asesinos, en educar a sus hijos como tales. Ellos son terroristas, el gobierno que los tolera es criminal, y los voceros que los defienden son cómplices en la construcción de mentiras que cuestan vidas de ambos lados.

Propaganda: breve historia y reglas mínimas

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (octubre 6 de 2015), y también puede leerse aquí.

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La sola palabra, propaganda, evoca de inmediato una serie de ideas negativas: mentira, manipulación, encubrimiento. Coloquialmente, se piensa además que es una actividad que se hace en secreto y con fines perversos.

Sin embargo, y pese a esta mala reputación, la propaganda es tanto un concepto intelectualmente válido como una actividad necesaria, que ocurre todos los días, y bajo cuyos efectos tomamos decisiones, a veces triviales (qué película ver), a veces trascendentes (quién nos gobernará).

Empecemos con una definición general sin cargas normativas: la propaganda es el esfuerzo sistemático y deliberado que busca diseñar y difundir mensajes para convencer a alguien de que adopte una cierta idea, en detrimento de otra. El propagandista toma partido a favor o en contra de algo, y busca que otros hagan lo mismo.

Su objetivo es lograr el apoyo activo de ese alguien para una causa, o al menos que la acepte pasivamente, sin oponerse. Los mensajes suelen ser ideas que simplifican la realidad y apelan más a lo emotivo que a lo racional. No necesariamente son falsos, pero definitivamente son parciales. Hacer propaganda es hacer militancia.

Un concepto relacionado es el de “guerra psicológica”, que no es más que propaganda dirigida hacia el enemigo, cuyo objetivo es sembrar la duda, inspirar el temor y en general quebrantar su moral y su ánimo de combatir.

Breve historia de la propaganda

El concepto nació en el siglo XVII bajo los auspicio de la Iglesia, específicamente de la Sacra Congregatio de Propaganda Fide (Sagrada congregación para la propagación de la fe, hoy renombrada como Congregación para la evangelización de los pueblos), cuyo objetivo es ni más ni menos que propagar la fe cristiana y coordinar los esfuerzos misioneros por todo el mundo.

Si bien la propaganda existe desde que hay comunicación (el arte sacro en todas las culturas es una hermoso y antiguo ejemplo), comenzó a usarse de manera sistemática y, digamos, “científica”, por los británicos y alemanes durante la Gran Guerra de 1914-1917. Sin embargo, es con la Segunda Guerra Mundial y su uso por los regímenes totalitarios del siglo XX que la propaganda cobra toda esa carga negativa que hasta hoy la rodea.

Quizá por ello, aunque cada vez se hace más propaganda ya no se le llama así y se prefiere en cambio hablar de “campañas de información”, “esfuerzos de relaciones públicas”, y eufemismos similares, lo cual es una lástima, porque la palabra propaganda es bella y elocuente.

En México la propaganda está sobre todo asociada al caudal de spots y anuncios con que los partidos inundan cada elección. Pero en realidad no sólo los políticos, sino absolutamente toda persona o institución que quiere vender o convencernos de algo hace propaganda: empresas, organizaciones religiosas, comercios, escuelas.

Nociones básicas para hacer propaganda

1. Lo primero para hacer propaganda puede parecer desconcertante: ser fiel a la verdad. La propaganda es parcial, sí, y en esa medida presenta una visión de la realidad, destacando lo que conviene y a veces minimizando lo que no; pero tampoco debe mentir, porque nada hace fracasar un mensaje como el choque con la realidad que lo revela fraudulento. La propaganda necesita credibilidad, y en ese sentido, veracidad –aunque sea selectiva.

2. La buena propaganda es necesariamente triunfalista: no busca argumentar que algo es cierto, sino que parte de la certeza de que lo es y así lo anuncia al mundo. Por esta razón requiere pasión, convicción personal del propagandista, y no es casual que la labor de comunicación sea, sobre todo en política, un espacio de alta confianza reservado a un primer círculo. La propaganda no se subcontrata, deben hacerla creyentes de la causa.

3. Tiene que ser sencilla, mensajes breves y en un lenguaje simple que presenten de manera clara una realidad compleja. Por eso para hacer propaganda hay que ponerse en los zapatos del público a quien va dirigida, precisa instinto igual que técnica.

4. La propaganda es el arte de inspirar, despertar sentimientos de orgullo e identidad, sobre todo cuando lo que se anuncia son noticias adversas. Porque hacer propaganda es dirigir, dar certeza y tranquilidad, señalar un camino a seguir.

5. En resumen, la propaganda debe balancear esa triada a la que Cicerón llamaba logos, pathos y ethos, es decir, la razón, la emoción y la autoridad. Debe ser emocional para seducir (o atemorizar), razonable para convencer, y el emisor debe poseer autoridad y convicción para resultar creíble, porque el propagandista es ante todo un líder.

Finalmente, un propagandista que se respete debe partir de una premisa sencilla pero muchas veces olvidada en los war rooms, esos espacios generalmente tan cargados de soberbia: el público no es estúpido. Muchas veces está desinformado, pero no es tonto, y la propaganda, igual que cualquier otra forma de comunicación, debe estar preparada para resistir y responder a la crítica.

Notas sobre la teología de la liberación

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (septiembre 22 de 2015), y también puede leerse aquí.

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“Si le doy de comer a un hambriento me llaman santo. Pero si pregunto por las causas del hambre, me llaman comunista”
– Monseñor Hélder Câmara.

La teología de la liberación (TL) es una de las elaboraciones intelectuales más importantes que han surgido en América Latina. Es ante todo una forma revolucionaria de entender la fe cristiana y ponerla en práctica. Y sin embargo, en la región sabemos poco de ella.

El ascenso del cardenal Bergoglio al papado ha revivido en parte el interés por esta expresión religiosa, tanto por su origen latinoamericano como por el hecho de ser jesuita, pues de la Compañía han salido muchos religiosos asociados a esta teología.

Y si bien el papa Francisco no suscribe la TL, con él ésta encontró nuevos aires y cierta apertura tras casi 40 años y dos pontífices (Juan Pablo II y Benedicto XVI) que la combatieron decididamente.

La teología de la liberación in nuce

En pocas palabras, la TL postula que no puede esperarse que uno cumpla su destino divino, ni que alcance sus potencialidades mortales, si vive en medio de la miseria y la explotación. Hay que ser primero plenamente humano para poder empezar a ser cristiano, y por ello resulta indispensable observar el sistema social imperante, criticarlo ahí donde exista injusticia, y actuar en consecuencia.

De particular importancia para la TL es el Antiguo Testamento, pues ahí está el ejemplo del pueblo de Israel que, encontrándose oprimido y esclavizado en Egipto, lucha por su libertad y autodeterminación –incluso con episodios de violencia. Asimismo, el Evangelio se interpreta como una historia cuya moraleja es la búsqueda activa de la justicia, no la piadosa y pasiva resignación.

La TL considera legítimo emplear instrumentos intelectuales “profanos” para analizar la realidad, como la sociología o la ciencia política, y ha usado ampliamente enfoques y conceptos marxistas, como el de la lucha de clases. En este sentido, el cambio histórico, político, social, deja de verse como una anomalía amenazante, y al contrario, se acepta como necesario para hacer de este mundo un lugar mejor.

Para la TL los pobres no son un mero objeto de caridad, sino sujetos activos, protagonistas de la reflexión y del cambio. Por eso se enfatiza la praxis; se trata de una religiosidad que no se conforma con orar por el cese de la adversidad, sino que sale a la calle a cambiar la realidad, porque D-os quiere que su creación sea libre, feliz, y ésta, a su vez, tiene el derecho y la obligación de luchar por ello.

Característico de la TL son las Comunidades Eclesiales de Base, pequeños grupos donde se estudian las Escrituras pero también se reflexiona sobre los problemas comunitarios y se discuten formas de resolverlos. Leonardo Boff, Ernesto Cardenal, Hugo Assman, Pedro Casaldáliga, Hélder Câmara son algunos nombres destacados vinculados a la TL.

En resumen, la TL implica tomar partido del lado de los oprimidos, y significa vivir la fe como un compromiso con la justicia que debe verificarse en la práctica.

Orígenes

Tal como la entendemos hoy, suele atribuirse al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez ser el precursor de la TL. En 1969, durante una conferencia en Cartigny (Suiza) titulada “De la teología del desarrollo a la teología de la liberación”, Gutiérrez delineó esta noción, y un par de años más tarde escribió un libro consideración fundacional: Teología de la liberación: perspectivas.

Por supuesto, su génesis fue un trabajo gradual y complejo, al que no pueden ponérsele fronteras ni temporales ni intelectuales. Hay quienes ven en la obra de Fray Bartolomé de las Casas y su defensa de los indígenas contra los abusos de la conquista atisbos de TL. A lo largo del tiempo surgieron diferentes aproximaciones similares (la “teología política”, “teología de la praxis”, etc.), que nutrieron a la TL, e incluso al seno de ésta hay matices y diferencias de opinión.

La TL aparece además en un contexto propicio. Convocado por el papa Juan XXIII, entre 1962 y 1965 sesionó en Roma el Concilio Vaticano II, que significó un aggiornamiento (puesta al día) para la Iglesia de cara a los nuevos tiempos.

Entre otras cosas, este Concilio abandonó el ritual tridentino (en latín) para hacer que la misa se celebrar en el lenguaje popular de cada nación, inició una gradual apertura ecuménica, estableció mecanismos para el gobierno colegiado de la Iglesia, aceptó la validez de las ciencias sociales como forma de conocimiento, y definió a la Iglesia como el “pueblo peregrino de D-os”, es decir, ya no una entidad inmutable, sino una institución de origen divino pero también terrenal, que puede (ya veces debe) cambiar.

Tres años después, durante el convulso 1968, sostuvo su segunda reunión, en Medellín, la Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), y una vez más en Puebla en 1979.

Impregnada de los aires renovadores, la CELAM II (y en menor medida la III) declaró su identificación con los oprimidos y distinguió la violencia común de la “institucionalizada”, esa que surge de las estructuras económicas y sociales injustas. Ésta ultima genera el llamado “pecado social”, es decir el que deriva no de actos humanos individuales sino de circunstancias estructurales como la desigualdad: la TL estaba sin duda presente.

Los años sesentas y setentas fueron también los de la triunfante Revolución cubana y el sandinismo en ascenso de Nicaragua; de los golpes de estado y las dictaduras militares sudamericanas, todo ello enmarcado en la Guerra Fría. Y en ese contexto, la TL ganó la suspicacia primero y la abierta hostilidad después de Estados Unidos y los grupos conservadores en todo el continente, que la consideraron peligrosamente cercana a la izquierda en general y al marxismo en particular, con dejos de violencia en su actuar, no sin algo de razón, por cierto.

La teología de la liberación hoy

La TL siempre ha sido una expresión minoritaria al interior de la Iglesia. Tuvo un auge regional durante los sesentas y setentas, pero tras la muerte de los papas Juan XXIII y Pablo VI, el ascenso de Juan Pablo II trajo consigo un decisivo viraje en la conducción de la Iglesia, poco dispuesta a dialogar con expresiones disonantes, y una vuelta a la ortodoxia que incluso combatió algunas de las tesis más avanzadas del propio Concilio Vaticano II.

El papa Francisco no suscribe la TL como tal; incluso, ha rechazado algunas de sus ideas y conclusiones. No obstante, sí ha demostrado sensibilidad por su premisa fundamental, la llamada “opción preferencial por los pobres”, y ha tenido algunos gestos significativos, como levantarle la suspensión a divinis al sacerdote Miguel d’Escoto (impuesta desde 1984 por sus nexos con la TL), lo que lo rehabilita para hacer trabajo pastoral.

América Latina alberga 425 millones de católicos, casi el 40% del total mundial, y 167 millones de personas que viven en pobreza, es decir el 28% de la población regional, según la CEPAL. Por eso no debe sorprender que, acaso marginada, la TL vive no obstante en muchas parroquias, y sobre todo en muchas calles. Y probablemente continuará existiendo de alguna forma hasta que un cambio profundo, no dogmático sino social, la agote como necesidad práctica.

Los refugiados de Siria. Una responsabilidad compartida

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT, (septiembre 8 de 2015), y también puede leerse aquí.

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La guerra civil en Siria es una de las tragedias más dolorosas que a nuestra generación le ha tocado presenciar.

La imagen de Aylan Kurdi inerte en una playa turca, el pequeño de tres años que murió ahogado mientras su familia trataba de llegar a Grecia buscando refugio, se convirtió en el rostro de la desgracia, le dio la vuelta al mundo, y movió conciencias.

O más precisamente, movió sólo algunas, y selectivamente, pues desde entonces el debate internacional se ha centrado en la exigencia de que Occidente brinde asilo a las miles de personas que intentan llegar a suelo europeo.

Y si bien Europa tiene una clara responsabilidad no sólo política sino ética en este sentido, valdría la pena que esa justa indignación volteara a ver también a Oriente, y lanzara con energía una exigencia similar. Sobre todo porque, por la naturaleza dictatorial de diversos países en esa región, sus ciudadanos se ven impedidos para demandar que sus gobiernos actúen y presten ayuda , como sí es posible desde Occidente.

Por ejemplo, mientras en el pequeño y empobrecido Líbano una de cada 5 personas es un refugiado sirio, los países ricos del Golfo (Arabia Saudita, Bahréin, Catar, Kuwait y Emiratos Árabes), que financian a diversos grupos dentro del conflicto, han cerrado sus puertas y no han aceptado ni una sola alma de los miles de civiles que huyen del mismo.

El tamaño de la crisis

Se trata de la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

De acuerdo a datos de la ONU, aproximadamente cuatro millones de sirios se han convertido en refugiados, fundamentalmente en cinco países vecinos: Turquía (1,938,999), Líbano (1,172,753), Jordania (629,245), Iraq (249,726) y Egipto (132,375). Cabe destacar que más de la mitad del total son menores de 18 años.

Contrario a lo que suele pensarse, la mayoría de estas personas no vive en los campos de refugio que mantienen los gobiernos locales, la ONU y diversas organizaciones humanitarias (que, al menos de manera precaria, cuentan con servicios elementales como salud o educación), y deben subsistir en el desamparo y muchas veces la ilegalidad.

A su vez, alrededor de 7.6 millones más son desplazados internos, quienes han debido abandonar sus casas ante la destrucción de las ciudades y pueblos donde residían. Se estima también que han muerto unas 250,000 personas, la mitad de las cuales eran civiles.

De esta forma, más del 50% de la población siria (11.6 de 23 millones) es refugiada o desplazada, y de los 11.1 millones restantes (descontando ya a quienes murieron), una alta proporción se encuentra en condiciones miserables y a merced de la violencia, tanto de parte de las fuerzas del gobierno como de los rebeldes.

El contexto de la guerra

Asimismo, la indignación debe alcanzarnos para ver no sólo los efectos (los refugiados) sino las causas.

Lo que pasa en Siria no es un conflicto convencional entre dos bandos definidos. Se trata de una compleja guerra civil cuyos múltiples participantes están divididos por razones políticas, étnicas, tribales y religiosas. Todo empezó en marzo de 2011, cuando las protestas de la llamada “Primavera Árabe” habían derrocado ya a los regímenes en Túnez, Egipto, y se extendían por Argelia, Jordania y Yemen.

Las manifestaciones en Damasco originalmente pedían reformas democráticas y liberación de presos políticos, pero tras la violenta respuesta del gobierno escalaron rápidamente; una parte de las fuerzas armadas desertó para crear el Ejército Libre Sirio, y tras ello una serie de facciones se levantó para luchar en contra, a favor del régimen, y por objetivos propios.

El gobierno está dominado por una minoría étnico-religiosa, los alauitas, posee uno de los ejércitos mejor entrenados de la región, es respaldado por diversas milicias de origen chiita locales y extranjeras (como el grupo terrorista libanés Hezbollah), así como por Irán y Rusia. Hoy por hoy controla poco más de un tercio del territorio sirio.

Los rebeldes están compuestos por multitud de facciones. Algunas piden reformas democráticas, está la minoría kurda; hay grupos laicos y otros de corte religioso principalmente de la rama suní del Islam, muchas de ellas con visiones extremas, cuyo máximo exponente es el “Estado Islámico”, organización terrorista que ha logrado controlar hasta el 50% del territorio sirio, y sobre todo, los más importantes pozos petroleros.

Los rebeldes son respaldados por algunos países árabes suníes (como Arabia Saudita), y aquéllos considerados moderados y no yijadistas han recibido también apoyo intermitente de países occidentales.

La responsabilidad compartida

Lo sirios de hoy necesitan refugio, y en este sentido Occidente no puede ser indiferente. Pero los sirios de mañana necesitan que la guerra en su país acabe, para recuperar la paz y la libertad de manera permanente.

Por ello, debe enfatizarse que la crisis en Siria no empezó ni terminará en las fronteras europeas. Tiene su origen en el régimen criminal del presidente sirio Bashar al-Assad, tiene sus responsables en los grupos terroristas que han hecho a la población presa de su violencia, y también en los países de la región que han alimentado el conflicto en búsqueda de intereses y rivalidades propias, muchos de los cuales han cerrado sus fronteras a quienes escapan de la barbarie.

Y todo esto también tiene que indignarnos y provocar una fuerte exigencia internacional; a Occidente, sí, pero también a Oriente.