El agravio y la política

Este texto fue publicado originalmente en el portal Mexican Times (enero 26 de 2016).

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Como regla general, me parece sano preguntarle a cualquier persona que ha decidido hacer política si tiene una historia de agravio o indignación que justifique su motivación para emprender un camino de servicio público, lleno de satisfacciones, pero que también exige innumerables sacrificios.

No es común, ni en la academia ni en la opinión pública, y menos desde el gobierno, que se hable del papel que juega la emoción en la política, en parte quizá por un prejuicio que hace de ella sinónimo de debilidad, o que supone que ésta necesariamente conduce a la irracionalidad. Esto nos lleva a un mundo de muchos soundbites y pocas historias.

Sin embargo, la emoción es un motor tanto inevitable como necesario para hacer política. La clave está en administrar el agravio, el dolor, la indignación ante las injusticias, para usarlo con inteligencia como motivación para la acción, como una indignación de inspiración. La empatía –otra cosa de la que desafortunadamente hablamos poco– se origina necesariamente desde la experiencia, no desde la teoría.

En alguna ocasión conocí a una persona que llegó a la Ciudad de México desde Michoacán con dos objetivos concretos: estudiar derecho en la UNAM y unirse a un partido para empezar a construir una carrera política. Cuando le pregunté por qué, esperaba algo vago y abstracto, aderezado con alguna frasecilla trillada: «es que ya nos toca a los jóvenes», «por el bien de México», «siempre he tenido vocación de servicio», o incluso algo cínico.

No obstante, su respuesta me sorprendió. Me contó que un año atrás su abuelo había tenido una seria complicación medica; cuando lo llevaron a la clínica regional tuvo que esperar dos días acostado en el suelo, sobre unos cartones, para que le asignaran cama. Cuando finalmente lo ingresaron, la insuficiencia de personal, la escasez de medicamentos y la indolencia de algunas autoridades significaron que las dos últimas semanas de su vida fueran indignas y dolorosas, para él y para su familia, personas humildes que no podían permitirse pagar un servicio privado. Desde entonces quiso hacer algo al respecto para cambiar esa realidad.

El sentimiento de impotencia y desamparo de esa experiencia le dolió en lo personal, pero también le abrió un horizonte hasta entonces ajeno: lo que le pasó a su familia le pasa a muchas personas más. Gente que no conoce, pero cuyo agravio es capaz de entender. En su caso, esa rabia no se convirtió en desaliento o en venganza, sino en conciencia y en acción.

En la universidad de Harvard se han hecho algunos estudios que sugieren que tomar una posición deliberadamente moral ante los acontecimientos genera mayores niveles de motivación, fuerza de voluntad y aun resistencia física. Pero para tomar una posición moral se requiere, además de racionalidad, emoción. Una emoción que no es negada, sino dirigida por la inteligencia.

Esto no significa que toda persona que decide participar en política deba pasar por una experiencia personal traumática para ganar cartas de legitimidad. Pero sí significa que, quien quiera tomar esta ruta de servicio público, debe asegurarse de tener un contacto directo y permanente con la realidad más cruda que vive buena parte del pueblo al que pretende servir: miseria, abusos, hambre, injusticia, agravio.

Y más vale que esta sea una experiencia temprana, porque en la medida que se asciende en la labor de gobierno, más acusada es la tendencia a verse atrapado en realidades paralelas, círculos cerrados integrados por personas demasiado temerosas (o quizá demasiado listas) como para atreverse a llevar al escritorio del jefe las malas noticias.

Por supuesto, existe siempre el riesgo de que la emoción en política se manipule como populismo y demagogia, para medrar con el dolor y la rabia de las personas buscando dividir y prosperar en el desorden. En México conocemos bien esta alternativa populista, que acumula quince años en campaña, dos derrotas nacionales y cada vez menos credibilidad. Afortunadamente, estos casos pronto se revelan por su discurso que destruye sin proponer, y por sus acciones que contradicen su prédica.

Más allá de eso, parece prudente esperar de quien decide ser político, además de preparación y experiencia, una sana dosis de indignación, de agravio, de empatía ante una realidad que en muchos sentidos duele para demasiadas personas. Conviene también, al debatir una agenda de gobierno, preguntar no sólo si lo que se propone es financieramente viable o técnicamente adecuado, sino si con ello se corrige un agravio, si con ello se combate una injusticia.

He aquí pues una pregunta sencilla pero indispensable para cualquiera que desee hacer una carrera política: ¿qué te indigna, qué te agravia?

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