Internet y el espejismo de la pluralidad

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (diciembre 15 de 2015), y también puede leerse aquí.

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Pocas cosas son más seductoras que tener la razón, o al menos, imaginar que uno la tiene. Pero para que esta experiencia sea psicológicamente satisfactoria, es necesario también que haya alguien más –muchos más, de preferencia– que así lo reconozcan.

Esta tendencia moldea la forma en que consumimos noticias y nos mantenemos informados, sobre todo en internet, que si bien teóricamente ofrece una amplia gama de opiniones, termina convirtiéndose, más que en una gran aldea plural, en un sinnúmero de pequeños subgrupos de personas que piensan más o menos lo mismo sobre las mismas cosas, de manera fragmentada y aislada del resto.

Todos tenemos, invariablemente, ideas pre-concebidas sobre diversos temas (política, deportes, religión, cultura, etc.), y solemos buscar, instintiva y aun inconscientemente, fuentes de información que, antes que debatir diversas posiciones, confirmen nuestros propios sesgos. Este fenómeno, en la investigación académica, se conoce como reinforcement, y una de las perspectivas que la estudia es la gratification theory.

En política, por ejemplo, es poco común que un simpatizante de derecha o izquierda se informe de manera indistinta con cualquier medio (más difícil aún es que haga una labor de contaste entre varias opciones); al contrario, la norma es que uno y otro busquen específicamente periódicos, programas, articulistas y periodistas que, de antemano, perciben que tienen una opinión similar a la suya.

A su vez, los medios de comunicación reaccionan a esta demanda y, si bien todos aseguran ofrecer información objetiva y desean tener un público lo más amplio posible, adecúan no obstante su enfoque para satisfacer a audiencias más o menos específicas. Algunos pocos medios se declaran abiertamente de tal o cual tendencia, pero todos, unos más sutilmente –y profesionalmente– que otros, privilegian un enfoque con miras a mantener a una base de consumidores determinada.

De esta manera, es posible que una sociedad esté altamente informada, consuma cada vez más noticias, y al mismo tiempo esté poco acostumbrada al debate, sea cerrada ante ideas contrarias y genere un diálogo público muy poco sofisticado, fundado en la descalificación, donde cada uno busca tener la razón y la última palabra, por encima de una reflexión que matice y robustezca las propias creencias.

En el caso de internet este fenómeno se potencializa debido a la capacidad del usuario para filtrar contenidos, seleccionando aquellos que se acercan a sus preferencias y con la posibilidad de bloquear buena parte de lo que se apartan de ellas. Más aún, las plataformas mismas están diseñadas para “sugerirnos” sitios, artículos y contactos con base en nuestras preferencias, con lo que se va afinando cada vez más un perfil con fronteras bastante estrechas para cada usuario.

Resultan muy significativas, por ejemplo, opciones como las que ofrece Twitter, en las que uno puede “silenciar” conversaciones, o los servicios de plataformas como Paper.li, mediante las que se confecciona información a la medida de nuestros gustos (y por ende, de nuestros prejuicios).

De esta forma, internet no sólo no siempre propicia sino que muchas veces impide lo que algunos analistas como Cass Sunstein llaman los “encuentros fortuitos”, es decir, la capacidad de cruzarse con personas o medios que opinan diferente. Al contrario, las posibilidades tecnológicas hacen cada vez más simple ensimismarse, aumentar la brecha de comunicación entre desconocidos y crear “cyber–guetos” donde sólo se convive con pequeños grupos homogéneos de ideas afines.

En forma de analogía, internet sería como una fiesta internacional con buffet donde hay toda clase de comida, del que no obstante los invitados estadounidenses se sirven hamburguesas sin interesarse por el mole ni los chiles en nogada; nosotros, los mexicanos, vamos directo a los tlacoyos y el pastor sin darnos la oportunidad de probar los guisados tailandeses, y los japoneses agotan el sashimi sin voltear siquiera a ver qué hay entre las opciones escandinavas.

Al mismo tiempo, cada grupo se sienta en una mesa con los suyos, de modo que, por ejemplo, en la de los veganos no soy bienvenidos los que se sirvieron ribeye (y viceversa), con lo que se pierde la oportunidad de que unos y otros platiquen, de donde quizá hubiera podido resultar que alguno de los carnívoros se hubiese animado a probar qué tal le va como vegetariano.

Con todo, lo cierto es que al final uno es quien decide qué contenidos consultar; uno es dueño de su TL. La promesa de internet de crear un espacio plural de información y debate no va a ser cumplida en virtud de los algoritmos de búsqueda en Google o las recomendaciones de a quién seguir de Twitter; requiere un esfuerzo activo, una actitud crítica de usuarios que conscientemente quieran expandir sus horizontes.

Este podría ser un proyecto para el año que inicia: dedicar el mes de enero a informarse, en paralelo a los medios que usualmente consultamos, con otras opciones (portales, articulistas, programas) de una visión diferente, haciendo un ejercicio crítico. En el mismo sentido, diversificar nuestras redes sociales, siguiendo e interactuando con personas interesantes pero que estén lejos del consenso del que somos parte. Más aún, documentarse sobre temas directamente mediante debates que muestran dos visiones distintas, como los que organiza la Universidad de Oxford y están disponibles en línea (http://bit.ly/1J6evGR).

Diversificación, por supuesto, no significa indiscriminación. Hay siempre que mantener un estándar de calidad en los contenidos que consumimos; muchos medios son simplemente panfletarios, y sin duda hay gente toxica con la que no vale la pena perder el tiempo intentando un debate inteligente. El mero proceso de descubrimiento, sin embargo, es algo valioso en sí mismo. Para aprender cosas nuevas, hay que ir y sentarse en la mesa de extraños de vez en cuando y poner a prueba nuestras propias ideas; y hay que hablar, pero sobre todo, escuchar.

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