La paz, la libertad y occidente

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (noviembre 17 de 2015), y también puede leerse aquí.

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#JeSuisParis

Según una interpretación popularizada –dijo el General – el paraíso es un lugar tan armónico, tan ajeno al conflicto, que el león y la oveja descansan uno al lado de la otra. Viven libres y felices, echados apaciblemente sobre verdes pastos.

Pues bien, nuestra misión es esforzarnos cada día por conquistar un paz y una libertad como esas –continuó–; pero debemos también asegurarnos, si alcanzamos ese paraíso, de ser el león y no la oveja, porque uno nunca sabe cuándo la armonía pueda romperse.

Con ese consejo se despidió MS, un veterano de los servicios de inteligencia israelí que encabezó la expedición en que recorrimos las fronteras de Israel con Siria, Líbano y la franja de Gaza.

Aquello ocurrió en el verano de 2012, y esa lección permanece fresca en mi memoria: la paz y la libertad, para que sean seguras y duraderas, sólo pueden ganarse desde una posición de fuerza. La paz sin libertad no es una forma digna de vivir.

2048

El precio de la libertad

Para la mayoría de la gente de este lado del mundo, la libertad es como las salchichas: algo que consumen procesado, sin demasiado interés por saber cómo se consigue, y con la certeza de que siempre estará ahí, disponible en abundancia.

En las democracias, la libertad la defiende ante todo una sociedad crítica y movilizada, mediante los votos, los medios, las protestas. Pero detrás de las libertades de que gozamos en occidente también hay fusiles que las conquistaron, y sigue habiendo fusiles que las sostienen, aunque la mayoría jamás haya tenido que empuñar uno.

Para mantenerse y avanzar, la libertad requiere ser defendida con ideas, pero también con la fuerza. Es fácil olvidar que ha habido y hay jóvenes y adultos que van a la guerra para ello. Es más cómodo aún ser un pacifista teórico y denunciar la guerra cuando uno se beneficia de sus resultados sin tener que participar en sus sacrificios.

Porque si uno ama verdaderamente la libertad debe estar dispuesto no sólo a disfrutarla, sino a defenderla, y eso implica el amargo reconocimiento de que hay enemigos de esa libertad, enemigos dispuestos a asesinar, que no están sujetos a los límites que en nuestras sociedades imponen las instituciones, la opinión pública, los derechos humanos. Y sí, defender en estos casos significa avasallar a esos enemigos con la fuerza de las armas.

Una comunidad que –por miedo, debilidad o escrúpulos politicorrectos– no alcance este consenso mínimo, no podrá mantenerse libre.

A girl holds a sign during a vigil in tribute to the victims of the Paris attacks, in Sao Paulo, Brazil, November 15, 2015. The sign reads: "France is not afraid. #I am Paris". REUTERS/Rodrigo Paiva EDITORIAL USE ONLY. NO RESALES. NO ARCHIVE

La libertad como principio no negociable

En occidente hemos construido sociedades que de manera creciente celebran la diversidad y promueven la inclusión. Sin duda, esto es positivo y deseable: ¿qué es occidente si no un diálogo de culturas, con la grecorromana y la judeocristiana en su origen?

No obstante, las sociedades occidentales tenemos nuestro propio consenso cultural: la libertad, la igualdad, la democracia como principios de convivencia; estos son valores no negociables que deben marcar el límite a la apertura. De otro modo, lejos de enriquecer, estaríamos diluyendo nuestra propia identidad y estilo de vida.

Porque hay países, culturas, interpretaciones religiosas, sociedades e ideologías –algunas de ellas occidentales, por supuesto– que niegan la igualdad de la mujer y el hombre ante la ley, que ven en la ampliación de libertades individuales un retroceso, en la educación un peligro, en el laicismo una aberración; que en cambio aman la uniformidad y la sumisión.

Hay visiones del mundo bárbaras, usos y costumbres incompatibles con la dignidad humana como la comprendemos en la tradición occidental; y reconocer esto es indispensable para mantener la libertad y ganar una paz entre iguales. Negarlo en nombre de un relativismo moral disfrazado de tolerancia es una absurda capitulación cultural ante aquella barbarie.

Sin menoscabo de la inclusión y la diversidad, hay valores dignos de ser universales y universalizados, que priman por encima de culturas. No son universales por ser occidentales, sino por ser los que mejor defienden la dignidad humana; entre ellos destaca la libertad y la igualdad, sin los cuales la paz no sería más que una prisión con rejas de oro.

Aquellos grupos que nieguen estos principios no pueden tener cabida en la familia occidental; si además los rechazan con la violencia –como lo hace el terrorismo–, deben encontrar como respuesta la fuerza, no la tolerancia. Los límites a la diversidad son precisamente las posturas que comprometen la libertad e igualdad que la hacen posible en primer lugar.

La libertad se conquista desde la fuerza

Es cierto que en el origen de mucha de la violencia dirigida contra occidente hay causas de fondo que, sin jamás justificar esos actos, ayudan a explicarlos: miseria, desesperanza, agravios viejos y recientes. Muchas veces la religión y la ideología son más una excusa, un vehículo para la violencia, que una motivación en sí.

Sin embargo, esto no puede ser tampoco un cheque moral en blanco para tolerar la barbarie y abdicar del derecho a defenderse. Tampoco para dudar de la robustez y legitimidad de nuestro propio consenso cultural como sociedades occidentales.

Occidente (específicamente la Europa noratlántica y hoy marcadamente Estados Unidos) es y ha sido desde hace tiempo la mayor fuerza política, económica, militar y cultural. Con este poder se han cometido errores e injusticias indiscutibles. Y con todo, al ejercer su liderazgo occidente también ha creado la era de mayor libertad política, prosperidad económica, dignidad humana y paz que jamás se haya conocido en la historia.

El consenso cultural occidental, si bien imperfecto, representa el punto civilizatorio más elevado a que la humanidad ha llegado; pero este modelo no se genera ni se mantiene de manera espontánea. Tampoco es una conquista ganada de una vez y para siempre. Es una batalla permanente. Nuestra libertad requiere defenderse hoy y va a requiere ser defendida mañana.

De la fibra moral y la disposición para dar esta batalla dependerá la posibilidad de incrementar nuestras libertades, o de rendirlas ante sus enemigos, que en tiempos recientes cobran una forma muy particular: el extremismo islámico.

Hoy más que nunca las sociedades occidentales deben entender los riesgos de ser la oveja y deben querer ser el león, con todos los sacrificios y responsabilidades que ello conlleva.

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