Notas sobre la teología de la liberación

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (septiembre 22 de 2015), y también puede leerse aquí.

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“Si le doy de comer a un hambriento me llaman santo. Pero si pregunto por las causas del hambre, me llaman comunista”
– Monseñor Hélder Câmara.

La teología de la liberación (TL) es una de las elaboraciones intelectuales más importantes que han surgido en América Latina. Es ante todo una forma revolucionaria de entender la fe cristiana y ponerla en práctica. Y sin embargo, en la región sabemos poco de ella.

El ascenso del cardenal Bergoglio al papado ha revivido en parte el interés por esta expresión religiosa, tanto por su origen latinoamericano como por el hecho de ser jesuita, pues de la Compañía han salido muchos religiosos asociados a esta teología.

Y si bien el papa Francisco no suscribe la TL, con él ésta encontró nuevos aires y cierta apertura tras casi 40 años y dos pontífices (Juan Pablo II y Benedicto XVI) que la combatieron decididamente.

La teología de la liberación in nuce

En pocas palabras, la TL postula que no puede esperarse que uno cumpla su destino divino, ni que alcance sus potencialidades mortales, si vive en medio de la miseria y la explotación. Hay que ser primero plenamente humano para poder empezar a ser cristiano, y por ello resulta indispensable observar el sistema social imperante, criticarlo ahí donde exista injusticia, y actuar en consecuencia.

De particular importancia para la TL es el Antiguo Testamento, pues ahí está el ejemplo del pueblo de Israel que, encontrándose oprimido y esclavizado en Egipto, lucha por su libertad y autodeterminación –incluso con episodios de violencia. Asimismo, el Evangelio se interpreta como una historia cuya moraleja es la búsqueda activa de la justicia, no la piadosa y pasiva resignación.

La TL considera legítimo emplear instrumentos intelectuales “profanos” para analizar la realidad, como la sociología o la ciencia política, y ha usado ampliamente enfoques y conceptos marxistas, como el de la lucha de clases. En este sentido, el cambio histórico, político, social, deja de verse como una anomalía amenazante, y al contrario, se acepta como necesario para hacer de este mundo un lugar mejor.

Para la TL los pobres no son un mero objeto de caridad, sino sujetos activos, protagonistas de la reflexión y del cambio. Por eso se enfatiza la praxis; se trata de una religiosidad que no se conforma con orar por el cese de la adversidad, sino que sale a la calle a cambiar la realidad, porque D-os quiere que su creación sea libre, feliz, y ésta, a su vez, tiene el derecho y la obligación de luchar por ello.

Característico de la TL son las Comunidades Eclesiales de Base, pequeños grupos donde se estudian las Escrituras pero también se reflexiona sobre los problemas comunitarios y se discuten formas de resolverlos. Leonardo Boff, Ernesto Cardenal, Hugo Assman, Pedro Casaldáliga, Hélder Câmara son algunos nombres destacados vinculados a la TL.

En resumen, la TL implica tomar partido del lado de los oprimidos, y significa vivir la fe como un compromiso con la justicia que debe verificarse en la práctica.

Orígenes

Tal como la entendemos hoy, suele atribuirse al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez ser el precursor de la TL. En 1969, durante una conferencia en Cartigny (Suiza) titulada “De la teología del desarrollo a la teología de la liberación”, Gutiérrez delineó esta noción, y un par de años más tarde escribió un libro consideración fundacional: Teología de la liberación: perspectivas.

Por supuesto, su génesis fue un trabajo gradual y complejo, al que no pueden ponérsele fronteras ni temporales ni intelectuales. Hay quienes ven en la obra de Fray Bartolomé de las Casas y su defensa de los indígenas contra los abusos de la conquista atisbos de TL. A lo largo del tiempo surgieron diferentes aproximaciones similares (la “teología política”, “teología de la praxis”, etc.), que nutrieron a la TL, e incluso al seno de ésta hay matices y diferencias de opinión.

La TL aparece además en un contexto propicio. Convocado por el papa Juan XXIII, entre 1962 y 1965 sesionó en Roma el Concilio Vaticano II, que significó un aggiornamiento (puesta al día) para la Iglesia de cara a los nuevos tiempos.

Entre otras cosas, este Concilio abandonó el ritual tridentino (en latín) para hacer que la misa se celebrar en el lenguaje popular de cada nación, inició una gradual apertura ecuménica, estableció mecanismos para el gobierno colegiado de la Iglesia, aceptó la validez de las ciencias sociales como forma de conocimiento, y definió a la Iglesia como el “pueblo peregrino de D-os”, es decir, ya no una entidad inmutable, sino una institución de origen divino pero también terrenal, que puede (ya veces debe) cambiar.

Tres años después, durante el convulso 1968, sostuvo su segunda reunión, en Medellín, la Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), y una vez más en Puebla en 1979.

Impregnada de los aires renovadores, la CELAM II (y en menor medida la III) declaró su identificación con los oprimidos y distinguió la violencia común de la “institucionalizada”, esa que surge de las estructuras económicas y sociales injustas. Ésta ultima genera el llamado “pecado social”, es decir el que deriva no de actos humanos individuales sino de circunstancias estructurales como la desigualdad: la TL estaba sin duda presente.

Los años sesentas y setentas fueron también los de la triunfante Revolución cubana y el sandinismo en ascenso de Nicaragua; de los golpes de estado y las dictaduras militares sudamericanas, todo ello enmarcado en la Guerra Fría. Y en ese contexto, la TL ganó la suspicacia primero y la abierta hostilidad después de Estados Unidos y los grupos conservadores en todo el continente, que la consideraron peligrosamente cercana a la izquierda en general y al marxismo en particular, con dejos de violencia en su actuar, no sin algo de razón, por cierto.

La teología de la liberación hoy

La TL siempre ha sido una expresión minoritaria al interior de la Iglesia. Tuvo un auge regional durante los sesentas y setentas, pero tras la muerte de los papas Juan XXIII y Pablo VI, el ascenso de Juan Pablo II trajo consigo un decisivo viraje en la conducción de la Iglesia, poco dispuesta a dialogar con expresiones disonantes, y una vuelta a la ortodoxia que incluso combatió algunas de las tesis más avanzadas del propio Concilio Vaticano II.

El papa Francisco no suscribe la TL como tal; incluso, ha rechazado algunas de sus ideas y conclusiones. No obstante, sí ha demostrado sensibilidad por su premisa fundamental, la llamada “opción preferencial por los pobres”, y ha tenido algunos gestos significativos, como levantarle la suspensión a divinis al sacerdote Miguel d’Escoto (impuesta desde 1984 por sus nexos con la TL), lo que lo rehabilita para hacer trabajo pastoral.

América Latina alberga 425 millones de católicos, casi el 40% del total mundial, y 167 millones de personas que viven en pobreza, es decir el 28% de la población regional, según la CEPAL. Por eso no debe sorprender que, acaso marginada, la TL vive no obstante en muchas parroquias, y sobre todo en muchas calles. Y probablemente continuará existiendo de alguna forma hasta que un cambio profundo, no dogmático sino social, la agote como necesidad práctica.

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