Los refugiados de Siria. Una responsabilidad compartida

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT, (septiembre 8 de 2015), y también puede leerse aquí.

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La guerra civil en Siria es una de las tragedias más dolorosas que a nuestra generación le ha tocado presenciar.

La imagen de Aylan Kurdi inerte en una playa turca, el pequeño de tres años que murió ahogado mientras su familia trataba de llegar a Grecia buscando refugio, se convirtió en el rostro de la desgracia, le dio la vuelta al mundo, y movió conciencias.

O más precisamente, movió sólo algunas, y selectivamente, pues desde entonces el debate internacional se ha centrado en la exigencia de que Occidente brinde asilo a las miles de personas que intentan llegar a suelo europeo.

Y si bien Europa tiene una clara responsabilidad no sólo política sino ética en este sentido, valdría la pena que esa justa indignación volteara a ver también a Oriente, y lanzara con energía una exigencia similar. Sobre todo porque, por la naturaleza dictatorial de diversos países en esa región, sus ciudadanos se ven impedidos para demandar que sus gobiernos actúen y presten ayuda , como sí es posible desde Occidente.

Por ejemplo, mientras en el pequeño y empobrecido Líbano una de cada 5 personas es un refugiado sirio, los países ricos del Golfo (Arabia Saudita, Bahréin, Catar, Kuwait y Emiratos Árabes), que financian a diversos grupos dentro del conflicto, han cerrado sus puertas y no han aceptado ni una sola alma de los miles de civiles que huyen del mismo.

El tamaño de la crisis

Se trata de la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

De acuerdo a datos de la ONU, aproximadamente cuatro millones de sirios se han convertido en refugiados, fundamentalmente en cinco países vecinos: Turquía (1,938,999), Líbano (1,172,753), Jordania (629,245), Iraq (249,726) y Egipto (132,375). Cabe destacar que más de la mitad del total son menores de 18 años.

Contrario a lo que suele pensarse, la mayoría de estas personas no vive en los campos de refugio que mantienen los gobiernos locales, la ONU y diversas organizaciones humanitarias (que, al menos de manera precaria, cuentan con servicios elementales como salud o educación), y deben subsistir en el desamparo y muchas veces la ilegalidad.

A su vez, alrededor de 7.6 millones más son desplazados internos, quienes han debido abandonar sus casas ante la destrucción de las ciudades y pueblos donde residían. Se estima también que han muerto unas 250,000 personas, la mitad de las cuales eran civiles.

De esta forma, más del 50% de la población siria (11.6 de 23 millones) es refugiada o desplazada, y de los 11.1 millones restantes (descontando ya a quienes murieron), una alta proporción se encuentra en condiciones miserables y a merced de la violencia, tanto de parte de las fuerzas del gobierno como de los rebeldes.

El contexto de la guerra

Asimismo, la indignación debe alcanzarnos para ver no sólo los efectos (los refugiados) sino las causas.

Lo que pasa en Siria no es un conflicto convencional entre dos bandos definidos. Se trata de una compleja guerra civil cuyos múltiples participantes están divididos por razones políticas, étnicas, tribales y religiosas. Todo empezó en marzo de 2011, cuando las protestas de la llamada “Primavera Árabe” habían derrocado ya a los regímenes en Túnez, Egipto, y se extendían por Argelia, Jordania y Yemen.

Las manifestaciones en Damasco originalmente pedían reformas democráticas y liberación de presos políticos, pero tras la violenta respuesta del gobierno escalaron rápidamente; una parte de las fuerzas armadas desertó para crear el Ejército Libre Sirio, y tras ello una serie de facciones se levantó para luchar en contra, a favor del régimen, y por objetivos propios.

El gobierno está dominado por una minoría étnico-religiosa, los alauitas, posee uno de los ejércitos mejor entrenados de la región, es respaldado por diversas milicias de origen chiita locales y extranjeras (como el grupo terrorista libanés Hezbollah), así como por Irán y Rusia. Hoy por hoy controla poco más de un tercio del territorio sirio.

Los rebeldes están compuestos por multitud de facciones. Algunas piden reformas democráticas, está la minoría kurda; hay grupos laicos y otros de corte religioso principalmente de la rama suní del Islam, muchas de ellas con visiones extremas, cuyo máximo exponente es el “Estado Islámico”, organización terrorista que ha logrado controlar hasta el 50% del territorio sirio, y sobre todo, los más importantes pozos petroleros.

Los rebeldes son respaldados por algunos países árabes suníes (como Arabia Saudita), y aquéllos considerados moderados y no yijadistas han recibido también apoyo intermitente de países occidentales.

La responsabilidad compartida

Lo sirios de hoy necesitan refugio, y en este sentido Occidente no puede ser indiferente. Pero los sirios de mañana necesitan que la guerra en su país acabe, para recuperar la paz y la libertad de manera permanente.

Por ello, debe enfatizarse que la crisis en Siria no empezó ni terminará en las fronteras europeas. Tiene su origen en el régimen criminal del presidente sirio Bashar al-Assad, tiene sus responsables en los grupos terroristas que han hecho a la población presa de su violencia, y también en los países de la región que han alimentado el conflicto en búsqueda de intereses y rivalidades propias, muchos de los cuales han cerrado sus fronteras a quienes escapan de la barbarie.

Y todo esto también tiene que indignarnos y provocar una fuerte exigencia internacional; a Occidente, sí, pero también a Oriente.

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