¿Por qué la religión importa?

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (agosto 25 de 2015), y también puede leerse aquí.

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La religión es como la gravedad: una fuerza que generalmente no entendemos pero que nos afecta, creamos o no en ella. Porque la fe podrá no mover montañas, pero sí mueve voluntades.

Este desinterés es en buena medida una herencia de la Ilustración: la visión lineal de la historia según la cual la religiosidad sería una etapa “primitiva” en el desarrollo de la humanidad, que cada vez queda más atrás y está destinada a desaparecer.

Incluso un pensador como Engels, que la estudió con seriedad y advirtió su potencial como mecanismo de cambio político concluyó que, tras la Revolución francesa, el cambio social e histórico en general ya sólo podría hacerse en términos seculares.

Pues bien, la historia ha querido que la realidad sea diferente, y el XXI se avizora como un siglo religioso.

A nivel global, de acuerdo al Pew Research Center, en 2010 los “no-afiliados” (agnósticos, ateos y personas que no se identifican con ninguna religión”) representaban el 16.4% de la población, mientras que para el 2050 habrán disminuido su proporción a 13.2%, y en números absolutos crecerán moderadamente, de 1.1 a 1.2 billones.

En contraste, la población musulmana aumentará en 73%, y pasará de constituir el 23.2% al 29.7%. La cifra de cristianos se mantendrá estable, pero aún así continuarán representando, hacia mitad de siglo, poco menos de un tercio de los habitantes sobre el planeta, con 31.4%.

La mayoría del crecimiento de no-afiliados ocurrirá en Norteamérica y Europa, si bien estos mismos lugares son importantes polos de atracción de inmigrantes que profesan alguna fe, como musulmanes e hindúes. Esto quiere decir que, porcentualmente, el electorado religioso ganará fuerza en las democracias representativas, y tendrá, en consecuencia, un creciente impacto en la elección de los líderes más poderosos del mundo.

El mayor crecimiento religioso sucederá en África subsahariana y del norte, así como Oriente Medio, regiones históricamente marcadas por la violencia de naturaleza religiosa, lo cual sugiere la permanencia y probable exacerbación del conflicto, y en especial del terrorismo, cuyas consecuencias se dejarán sentir en todo el mundo.

En México el catolicismo se mantendrá como la religión dominante, si bien ha mostrado una tendencia a la baja: en 1950 el 98.2% de la población se declaraba católica, pero para 2010 ya menguaba a 89.3%, y hacia 2014 descendió a 81%, mientras que el 9% se declaró cristiana, el 4% de otra religión, y el 7% no-afiliada, de los cuales aproximadamente 3% se identificaron como sin religión, 3% ateos y 1% agnósticos.

Y si bien en América Latina en su conjunto se registra un crecimiento neto de no-afiliados, (del 1% en 1910 al 8% en 2014), y un decrecimiento de católicos (de 94% a 69% para los mismos años), el fenómeno religioso más notable en la región es el ascenso del protestantismo, que aumentó de 1% a inicios del siglo XX hasta 19% para 2014.

Los protestantes suelen ser más religiosos que sus pares católicos; por ejemplo, si tomamos como medida el “compromiso religioso” (personas que rezan a diario, asisten a misa al menos una vez a la semana, y consideran la religión como algo “muy importante” en sus vidas), en México sólo el 16% de los católicos cumple con este criterio, mientras que lo hace el 37% de los protestantes.

Más aún, en México el protestantismo también es más conservador que el catolicismo. Por ejemplo, mientras que el 50% de los segundos apoyan el matrimonio igualitario, sólo el 35% de los primeros lo respalda (65% de los no-afiliados). Las tendencias sugieren también posiciones más tradicionalistas del protestantismo respecto al aborto, el divorcio y la idea de que las mujeres tienen siempre la obligación de obedecer a sus esposos.

Esto quiere decir que las denominaciones con más rápido crecimiento en México (y América Latina) son también las más religiosas, probablemente las que tienen mejor organización de base, y en ese sentido, un potencial real para incrementar paulatinamente su influencia política.

Esto ocurre en un contexto de desencanto generalizado con la política, gobiernos que llegan al poder con voto muy fragmentado y consecuentemente baja legitimidad electoral, y de cada vez mayor facilidad para divulgar mensajes mediante plataformas electrónicas. Por ello la religión, como generadora de cambio, no debiera ser subestimada, sino estudiada.

No olvidemos que nuestro país proclamó su independencia en voz de un cura bajo el estandarte de la virgen María, y la consumó gracias al programa Trigarante de Iturbide, que incorporó a la religión como mecanismo de identidad y cohesión nacional.

Los Estados Unidos, el proyecto liberal más exitoso de la historia, se fundó originalmente bajo una agenda sacra, para escapar de las guerras religiosas europeas y poder practicar la fe en paz y libertad, sello que conserva hasta nuestros días.

Más recientemente, en 2011 la “primavera árabe” derrocó en Egipto al régimen laico de Mubarak y puso en su lugar a la Hermandad Musulmana, movimiento islamista que busca, entre otras cosas, instaurar la sharia (ley islámica). Y para sorpresa de Engels, 190 años después de la francesa otra revolución acabó en Irán con dos milenios y medio de monarquía persa para crear una república islámica bajo el control de los ayatolas.

La religión es una de las fuerzas más poderosas para inspirar el bien o para justificar el mal, toca fibras sensibles de identidad, pertenencia, y moldea la forma como millones de personas entienden el mundo; sin embargo, sufrimos de analfabetismo religioso, pues prácticamente no se estudia ni se comenta sobre ella en nuestro debate público.

Vale la pena cambiar este paradigma, porque durante las décadas venideras, en México y el mundo, la religión no sólo no se irá, pareciera que regresa con fuerza, retando a la historia lineal e invitándonos a entenderla como un proceso más complejo.

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