Justicia como memoria histórica en la batalla contra el antisemitismo

Este texto fue publicado originalmente en Enlace Judío (febrero 24 de 2014), y también puede leerse aquí.

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Los actos de justicia, además de cumplir una función legal, tienen el poder de servir como conciencia histórica en un mundo que olvida las lecciones del pasado con alarmante rapidez. Un mundo en el que, por ejemplo, la negación del Holocausto se ha convertido en bandera ideológica de no pocos fanáticos, y donde las expresiones antisemitas han regresado a la esfera pública al punto de haberse normalizado y vuelto aceptables en ciertos círculos.

La semana pasada, la policía alemana arrestó a tres sospechosos (uno ya confeso) de haber servido como guardias de las SS en el campo de exterminio de Auschwitz, y de haber colaborado, en esa calidad, en el asesinato de un número incalculable de seres humanos. De acuerdo a la comisión especial para crímenes de la era nazi, la llamada Zentrale Stelle, podrían haber otras investigaciones similares contra al menos una treintena de personas más.

Ahora bien, Auschwitz fue liberado el 27 de enero de 1945 (fecha designada por la ONU para recordar a las víctimas del Holocausto), y los hoy detenidos tienen 88, 92 y 94 años de edad. En este contexto, no han faltado voces que cuestionen: ¿vale la pena, a estas alturas, que las autoridades alemanas continúen investigado estos crímenes, que lleven a juicio a personas cuya condición los haría mejores candidatos para remitir a un geriátrico que a un tribunal?

La respuesta es sí, es indispensable que estos crímenes se persigan, y que sus responsables respondan ante la justicia, sin importar cuánto tiempo haya pasado. Los motivos para ello son variados, pero quisiera detenerme aquí en dos grupos de razones, uno que voltea a ver al pasado en búsqueda de justicia, y uno que ve con preocupación el presente, ante el resurgimiento del sentimiento antisemita.

Justicia como memoria

De acuerdo con el reporte Antisemitism Worldwide 2012 de la Universidad de Tel Aviv (TAU), el número de agresiones contra judíos, que van desde amenazas, ataques sin arma, actos de vandalismo, hasta incendios y ataques con arma, ha mostrado un patrón fluctuante pero claramente ascendente en los últimos 25 años, alcanzando un punto climático en el 2009 ⎯coincidente con un momento álgido de la crisis económica mundial. En 2010 y 2011 las cifras disminuyeron, sólo para remontar en 2012, cuando las agresiones se dispararon en 30% a nivel global.

Debe destacarse que el mayor incremento en estos incidentes se registró en países desarrollados, especialmente europeos (Francia, Italia, Polonia, Hungría, Ucrania), y del mundo anglosajón (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia). En una encuesta de la Agencia de la Unión Europea para los Derechos Fundamentales llevada a cabo a finales del 2013, por ejemplo, dos tercios de quienes respondieron (judíos de los ocho países europeos que concentran el 90% de la comunidad) aseguraron que el antisemitismo es un problema en sus países, 76% percibe que esta situación ha empeorado en los últimos años, y que lo seguirá haciendo; el 46% manifestó sentirse preocupado por la posibilidad de ser hostigados verbalmente en público, y un tercio por sufrir algún ataque a su integridad física, mientras que el 57% reportó haber visto u oído a alguien negar o minimizar la realidad del Holocausto durante el último año.

Todo aquello, en un continente que hace menos de siete décadas atestiguó el asesinato de seis millones de judíos, y al que hoy nuevamente, en el 2014, muchos abandonan temiendo por sus vidas, como ilustra el reciente repunte de judíos franceses que han decidido hacer aliyah, ante el incremento en 58% (de 2011 a 2012) de los ataques motivados por antisemitismo en su país. Sin embargo, el problema es global. La Anti–Defamation League, en consonancia con los datos de la TAU, reporta sistemáticamente incidentes en países de América Latina como Argentina y Venezuela (marcadamente desde la llegada del chavismo al poder), así como otros casos en Brasil, Chile, Perú, o México, e incluso en lugares tan aparentemente improbables como Japón, donde en enero y febrero de este año unos 200 libros sobre Ana Frank (incluyendo copias de su famoso diario) han sido vandalizados en diversas bibliotecas. Y si en otras latitudes, como el Oriente Medio o África, existen consignados menos casos, es únicamente porque ahí las posibilidades de monitoreo son escazas, además de que las comunidades judías son prácticamente inexistentes, producto de la violencia y discriminación sistemática, muchas veces tolerada, y otras tantas instigada, por los propios gobiernos.

Sobre las causas que motivan o exacerban el sentimiento antisemita, pueden advertirse algunas constantes Primero, parece haber una correlación entre el deterioro de las condiciones económicas en algunos países con el aumento de expresiones antisemitas y los ataques contra propiedad y personas judías. En segundo lugar, los grupos y partidos de extrema derecha (en Hungría y Grecia, por ejemplo), fortalecidos también por las tensiones sociales, hacen suyo el discurso que atribuye a los judíos ⎯aunque también a otras minorías étnicas, y a los migrantes⎯ la responsabilidad por la crisis económica mediante las conocidas fábulas conspirativas y teorías del complot.

En tercer lugar, las acciones que emprende el estado de Israel en legítima defensa de sus ciudadanos contra grupos terroristas, como la operación “Pilar Defensivo” de 2012, suelen ser distorsionadas (en ocasiones, usando materiales falsos) y empleadas para incitar un sentimiento anti–israelí, que rápidamente es traducido en anti–judaísmo. Muchas veces las audiencias que reciben estos mensajes, poco familiarizadas con el conflicto en Oriente Medio y con Israel, aceptan sin demasiada resistencia como buena la versión antisemita de los hechos.

Finalmente, no debe perderse de vista que existen grupos e individuos radicales que, motivados por el odio y la ideología, y con independencia del contexto local o internacional que prevalezca, defienden ideas antisemitas, e incluso llegan a hacer llamados abiertos a la agresión. Una de las formas más odiosas de este antisemitismo es precisamente la negación del Holocausto, que han suscrito públicamente aun instancias oficiales, como el gobierno de Irán, sin que hayan encontrado una respuesta contundente de la comunidad internacional.

Todo lo anterior se agrava debido a la facilidad con que estos mensajes viajan y se viralizan en los medios electrónicos y las redes sociales, donde las frases hechas y los estereotipos suplantan, las más de las veces, al debate informado. Esos espacios no deben ser subestimados, pues entre la incitación online y la agresión offline hay una frontera tenue, y los mecanismos legales para adjudicar responsabilidad son precarios.

Es en este escenario que la persecución de criminales nazis para que respondan ante la justicia, incluso a 69 años de distancia, es además de una deuda moral con sus víctimas, un recordatorio crudo pero necesario de los horrores del Holocausto, y es un mensaje para los intolerantes de hoy que promueven la violencia y el antisemitismo, creyendo que burlarán fácilmente los juicios de la justicia y de la historia.

Justicia como necesidad ética

La segunda serie de razones, ético–legales podríamos llamarles, ha sido resumida de forma acertada por el Dr. Efraim Zuroff, director del Centro Simon Wiesenthal:

1) El paso del tiempo no minimiza, en modo alguno, la culpabilidad de los asesinos;
2) El que tengan una edad avanzada no debe ser motivo para proteger a aquellos quienes colaboraron en el campo de la muerte más grande en la historia de la humanidad;
3) Cada una de las víctimas de los nazis merece que se haga un esfuerzo para llevar a sus victimarios ante la justicia;
4) Estos colaboradores son las últimas personas en el mundo que merecen recibir consideraciones, pues ellos no tuvieron ninguna hacia sus víctimas inocentes, quienes en algunos casos eran más viejas [al momento de su asesinato] de lo que ahora son sus victimarios detenidos.

El fundamento legal para este renovado esfuerzo de las autoridades alemanas para investigara criminales nazis tiene su origen en el 2009, con el juicio a John Demjanjuk, presunto guardia de la SS en el campo de concentración de Sobibor, cuando un tribunal de Múnich le acusó de colaborar en el asesinato de alrededor de 28,000 personas en 1943 (en total, aproximadamente un cuarto de millón de víctimas murieron en Sobibor). En el 2011 Demjanjuk fue encontrado culpable, y si bien murió en una institución médica al año siguiente, mientras estaba pendiente un recurso de apelación, el veredicto sirvió para sentar el precedente de que cualquier persona involucrada en la operación de un campo de exterminio puede ser imputada como responsable accesorio por asesinato. Antes de esto, y en virtud de un fallo de 1969, para lograr una sentencia debía probarse participación directa en los crímenes.

En la Europa de nuestros tiempos, aquéllos tres nazis hoy detenidos ⎯y quienes puedan serlo en el futuro⎯, gozarán de las prerrogativas que las sociedades democráticas acordamos otorgar a los prisioneros, empezando por atención médica, una defensa legal, y un procedimiento apegado a derecho. En cambio, sus victimas (mujeres, hombres, ancianos y niños; judíos principalmente, pero también no judíos) padecieron toda suerte de abusos y violencia: trabajos forzados, hambre, frío, enfermedad, torturas y la muerte. Esta es, en sí misma, una victoria ética, civilizatoria, sobre la intolerancia y la brutalidad.

Y sin embargo, la Europa de nuestros tiempos, y el mundo occidental en su conjunto, ese mundo de sociedades desarrolladas que valora conceder, incluso a quienes trabajaron en campos de exterminio nazis, igualdad bajo la ley, ese mundo parece estar olvidando de forma acelerada y preocupante las lecciones del pasado, un pasado suyo, vivo, no muy remoto. Por ello es indispensable que se continúen persiguiendo los crímenes de los nazis que queden vivos, porque la justicia que se haga con ello, además de un acto necesario en sí, es testimonio indispensable de que el Holocausto ocurrió, y de que, a diferencia de aquellos guardias de la SS, el antisemitismo no ha envejecido, ni parece que vaya a morir pronto.

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