El #YoSoy132 y las dos caras del antipriísmo

A un año de distancia, vale la pena detenerse a reflexionar sobre la relación y posicionamientos del #YoSoy132 respecto al Partido Revolucionario Institucional, pues fue esta dinámica la que, en buena medida, definió políticamente a ese movimiento, marcó su curso de acción y sus omisiones.

Al hacer este análisis, un aspecto importante y sobre el que poco se ha reparado es no tanto que el 132 se haya declarado ideológicamente antipeñista y antipriísta ⎯lo cual resulta tanto criticable como legítimo⎯ sino que, habiendo nacido como un movimiento de jóvenes, y habiendo adoptado las banderas de la pluralidad y la democracia, haya dado la espalda, en un sentido programático, a miles de sus contemporáneos, de jóvenes estudiantes, por el simple hecho de ser eso: priístas. Porque si había un grupo con el que al 132 le convenía y necesitaba comunicarse, debatir, dialogar, era precisamente con sus pares al otro lado de la mesa, con los jóvenes que, por diversos motivos, simpatizan o militan en el PRI.

@AriadnaLeon20120511054124

Avanzo estas ideas, debo decirlo, desde mi propio priísmo, pero también desde mi admiración y reconocimiento sincero por lo mucho de bueno que significó el #YoSoy132, y en consecuencia, desde mi decepción al encontrar que este movimiento, el más innovador y de mayor alcance en mucho tiempo, no haya acertado a acercarse a otros jóvenes que, amén de siglas partidistas, se parecen a los del 132 más de lo que quizá estos estuvieron listos para admitir.

¿Por qué, a diferencia de quienes participan en movimientos sociales no partidistas, un joven decide militar en un partido político, y en específico, por qué en el PRI? ¿Qué reclamos y aspiraciones comparten los integrantes del 132 con los cuadros jóvenes priístas, más allá de lealtades partisanas, y en tanto que miembros de la misma generación?¿Qué oportunidades de interlocución, e incluso de acción conjunta, existían? ¿No había una sola cosa en que hubiese coincidencias?

Estas son algunas preguntas ⎯el lector podrá pensar en más y mejores ejemplos⎯ que el #YoSoy132 nunca se planteo, o al menos no con la voluntad suficiente como para que trascendieran y se colocaran en su agenda. Y esto fue, quizá, no sólo un error estratégico, sino sobre todo una forma de faltar al espíritu de este movimiento, bellamente sintetizado en la memorable frase que inspiró a tantos: “si no ardemos juntos, ¿quién iluminará esta oscuridad?”.

Antes de continuar, una distinción ayudará a orientar con más claridad este análisis. Ser antipriísta puede significar, fundamentalmente, una de dos cosas. La primer cara del antipriísmo consiste en fundar la identidad política ⎯de una persona o grupo⎯ en oposición al programa del PRI, a sus candidatos, o a las administraciones que han emanado de ese partido. El segundo rostro del antipriísmo implica cerrase, por principio, a la posibilidad de diálogo (menos aún de trabajo conjunto) con las personas que desde el gobierno, como activistas o ciudadanos de a pie se identifican con esta alternativa política. Digamos que en el primer caso hablamos de un antipriísmo “militante”, pues es un hacer-algo (oponerse al PRI), mientras en el segundo se trata de un antipriísmo “pasivo”, pues antes que oponerse, pretende más bien evadirse de la realidad misma del PRI.

Ahora, existen formas inteligentes y formas torpes de ser antipriísta militante, así como argumentos buenos y malos para respaldar esta oposición, desde aquéllos al borde de la paranoia conspirativa, hasta críticas indudablemente válidas. En todo caso, en cualquiera de sus matices el antipriísmo militante es una expresión legítima ⎯si bien a su vez criticable⎯ en democracia. El antipriísmo pasivo, no obstante, en la medida que desconoce como interlocutores a otros ciudadanos en virtud de su orientación política, arrastra consigo, inevitablemente, el lastre de la intolerancia y emana un tufo autoritario.

Con estos antecedentes en mente, cabe destacar que el Yo soy 132 siempre fue, desde su génesis, un movimiento fundamentalmente antipriísta, en su versión militante. Recordemos que el 11 de mayo del año 2012, el grupo que confrontó a Enrique Peña Nieto en su visita a la Universidad Iberoamericana, y que constituyó el germen de lo que poco después sería el #YoSoy132, articuló su protesta en función de la oposición al PRI y a su candidato. No menos, pero no más que eso. Veinticinco días más tarde, el 5 de junio, la Asamblea General Universitaria de un ya mucho más institucionalizado movimiento, sesionando en la UNAM, votó a favor de declararse, de manera oficial, como una iniciativa explícitamente contraria al candidato Peña Nieto y a su partido.

Hasta aquí, si bien el antipriísmo llano del 132 generó criticas puntuales (la falta de un discurso articulado, o de una agenda programática viable), y las motivaciones que lo orillaron a adoptar esta determinación suscitaron preguntas pertinentes (¿en qué medida actores ajenos a los estudiantes quisieron o lograron influir en el movimiento?), esta declaratoria de antipriísmo resultaba, sin embargo, una posicionamiento defendible ⎯además de loable o reduccionista, según uno esté a favor o en contra⎯ de un movimiento que sin duda despertó el entusiasmo y movilizó a muchos jóvenes a lo largo del territorio nacional.

Paralelamente, no obstante, el #YoSoy132 se convertirá también en un movimiento que enarbola el antipriísmo “pasivo”, caracterizado por tres notas distintivas: 1) el desinterés, en el mejor de los caso, y la resistencia efectiva, en el peor, por dialogar con sus pares contemporáneos priístas, 2) una actitud condescendiente con el simpatizante del PRI en general, que se funda en generalizaciones y estereotipos (v.g. premisas del estilo: si van a votar por el PRI es que no están informados, los están manipulando, tienen miedo, los corrompieron, etc.); y 3) el recelo y la intolerancia hacia los miembros del movimiento que sí mostraban un ánimo más aperturista de tender un canal de comunicación con el priísmo, particularmente los cuadros jóvenes, lo cual ocasionó que algunos integrantes se alejaran por cuenta propia, y más de uno terminara ocupando el lugar del traidor Iscariote en la mitología del movimiento.

Pese a contar con excelentes crónicas y reconstrucciones del movimiento (Julio Patán, Guillermo Osorno, Héctor de Mauleón, Paulina Villegas, entre otros), resulta imposible y acaso ocioso determinar cuándo el 132 se convierte en un antipriísmo pasivo. En cierta forma, no hubo tal momento de transmutación, porque a diferencia de la decisión, más o menos consensuada y volitiva, de definirse como opositores al PRI, la determinación de evadir la comunicación con el sus pares priístas parte de juicios más sutiles, apriorísticos, y de prejuicios arraigados, más propios de la vieja guardia opositora que este movimiento fresco, flamante, incluso revolucionario a decir de muchos, no logró o no quiso superar.

La realidad es que, junto con los jóvenes que desde el 132 se movilizaron por un proyecto político ⎯o, más precisamente, un mosaico de proyectos⎯, había y sigue habiendo cientos y miles de jóvenes igualmente politizados y entusiastas, con la diferencia de que, no menos legítimamente que los primeros aborrecen, estos últimos apoyan activamente al PRI. ¿Y quiénes son estos jóvenes priístas? Pues bien, de hecho son personas bastante similares a los 132: viven en todas las latitudes del país, estudian tanto en escuelas públicas como privadas, pertenecen a todas las clases sociales, y cada uno tiene sus propias historias de frustración, éxitos, agravios y aspiraciones. Esta es una realidad, guste o no, y como tal no puede ser ignorada, a riesgo de perder perspectiva.

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Hace algún tiempo, cuando estudiaba en El Colegio de México, un pequeño grupo de colegas priístas y yo coincidimos, tras una conferencia, con Roberta Lajous, quien por entonces había sido coordinadora de Asuntos Internacionales en el PRI. Recuerdo vívidamente el momento, porque la embajadora nos dijo con gran emoción que estaba muy sorprendida de encontrar priístas jóvenes, que además no tuvieran empacho en declararse como tales abiertamente y aún en defender al partido. Eran tiempos difíciles, sin duda: acabábamos de perder por segunda vez la presidencia, esta última en un lejano tercer lugar; había indefinición sobre el rumbo que el partido debía tomar, se vivía un gran desprestigio, no faltaban voces que cuestionaban la viabilidad misma del proyecto, y algunos de plano abandonaban el barco. Quizá entonces, un movimiento vigoroso hubiese podido darse el lujo de ignorar que los priístas veinteañeros existían o contaban.

Pero en 2012 el escenario era muy diferente, y en esto al menos, la lectura del 132 fue miope: en 2012 miles y miles de jóvenes dijeron de nuevo, con un orgullo renovado, que eran priístas. Miles y miles de jóvenes, militantes y simpatizantes, se movilizaron con entusiasmo y de manera genuina para apoyar al PRI y a su candidatas y candidatos. Pero esta realidad, sorprendentemente, no fue parte de la agenda del 132, en virtud de una visión recalcitrantemente antipriísta. Fue un error, sin embargo. Porque darle la espalda a esta realidad no fue darle la espalda a Peña Nieto, ni a Coldwell, ni al “régimen priísta”, sino a miles de personas concretas, jóvenes no muy distintos en realidad a los 132, con quien la comunicación, la reflexión conjunta, nunca estuvo en el radar de ese movimiento, todo por tener siglas diferentes.

En algún momento, imaginé al 132 utilizando el enorme capital político que tuvo en su momento para hacer lo que los viejos no habían hecho desde hace mucho: una gran convocatoria a sus pares de otros partidos políticos (no sólo el PRI) para tener un debate sobre ideas, plataformas, que, al calor de las campañas y en virtud de la atención mediática que generaría, demandara que cada parte pusiera lo mejor de sí. Imaginé al 132 utilizando su magnifico capital intelectual, para, en lugar de caer en el lugar común, hacer un argumento serio sobre por qué los partidos son mecanismos arcaicos de participación política, e invitar a los militantes a confrontar esa provocadora tesis. Imagine esas y otras cosas, que hubiesen requerido no obstante, sin renunciar a un priísmo militante, dejar de lado uno pasivo, y tener puentes de comunicación, sin sacrificar sus ideales ni sus causas.

Curiosamente, y probablemente para horror de muchos, la primera vez que jóvenes del 132 y de otros partidos, específicamente priístas, se han sentado en la misma mesa a debatir, públicamente y de forma sistemática, despertando el interés de otros contemporáneos, ha sido en un foro de Televisa, en el marco del programa Sin Filtro, en el que con gran talento participan varios “ex” 132 (las comillas son porque, supongo, jamás se puede dejar de ser parte de algo que ha sido tan formativo).

Allende de posibles coincidencias ideológicas, programáticas, o políticas, hay algo que indiscutiblemente comparte el 132 con sus contemporáneos priístas: todos son parte de una misma generación. ¿Y puede una generación darse el lujo de no dialogar, de desconocerse?

Decía Wittgenstein en su Tractactus, “los límites mi mundo son los limites de mi lenguaje”. En política, y en la lucha social, los límites de un movimiento son en gran medida los límites de su capacidad de interlocución con otros, los límites de su voluntad de abrirse a realidades distintas, a veces apetecibles y otras tantas odiosas, pero realidades al fin.

El movimiento #YoSoy132 tuvo claroscuros, tuvo éxitos que es justo reconocer, y limitaciones que vale la pena apuntar. No querer dialogar con quien más debía, precisamente con sus contemporáneos del otro lado de la mesa, con los partidarios del proyecto al que se oponían, fue uno de sus errores. Esto es algo que quizá ya no se puede cambiar, pero sí es una lección de la que se puede aprender, y es una lección que, por cierto, a quienes debe poner a reflexionar en primer lugar es a nosotros, a los propios priístas, porque hay mucha autocrítica qué hacer, y la mejor forma de empezar es oír y atender la que viene de fuera.

 

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