Entre el desconocimiento y el miedo al extranjero

Las izquierdas mexicanas suelen ser parroquiales y conservadoras en muchos sentidos, pero de entre su repertorio, una de las características que más llama la atención es la curiosa relación que mantienen con lo extranjero, que por un lado conocen poco, y por otro lado temen mucho. Más allá de una cuestión anecdótica, esta tensión tiene potencialmente consecuencias concretas en la vida política nacional, particularmente cuando el liderazgo de la izquierda incorpora esta dinámica de desconocimiento-miedo en el discurso y en su agenda.

A nivel discursivo la historia es más bien simple: resulta que hay un puñado de países presuntamente malos sobre los que en realidad sus detractores saben bastante poco, aunque consideran una amenaza (Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel, etc.); luego hay otro grupo de regímenes supuestamente buenos de los que se conoce aún menos, pero se les aprecia (Cuba, Venezuela, y más recientemente, de acuerdo al tovarich Alberto Anaya, Corea del Norte); en tercer lugar, hay ciertos países de cuya existencia se sabe, pero quedan en una especie de limbo axiológico y analítico en el radar de las izquierdas (digamos, Japón, con quien nuestras exportaciones crecieron en 181% y nuestras importaciones 240% entre 1994 y 2008, pero que difícilmente mueve algún atisbo de reflexión). Finalmente, sobre el resto de las naciones, la mayoría, se sabe absolutamente nada, y en consecuencia no entran en la discusión: ¿qué cosa interesante ⎯o al menos trivial⎯ se dijo dese la izquierda, por ejemplo, sobre un evento indiscutiblemente importante como la independencia de Sudán del Sur; qué debate suscitó la muy aleccionadora crisis en Islandia, o cuál es la opinión de la izquierda mexicana sobre los países escandinavos, cuyo modelo de desarrollo, por más de una razón, podría serle cercano a esta corriente ideológica?

Consecuencia de la falta de debate en torno a lo extranjero, la izquierda ha creado una aversión selectiva basada en estereotipos, que explica la historia de los países malos y buenos ⎯los únicos que importan⎯ mediante largos y adjetivados clichés. Así, los primeros son retratados como potencias imperialistas y perversas que utilizan su superioridad tecnológica y militar para expandir el capitalismo rapaz con el único fin de empobrecer (las empresas extranjeras no crean empleos locales, ni generan capital humano, ni promueven transferencia tecnológica, evidentemente), y humillar a “la periferia” (como cuando Estados Unidos destina 47 billones de dólares anuales en ayuda al desarrollo).

Mientras, el segundo grupo de países, el bueno, son pueblos explotados y oprimidos pero heroicos, que se mantienen en una lucha constante por su libertad e independencia, armados únicamente con su patriotismo (Cuba sólo reprime a sus connacionales cuando son terroristas de la CIA que tuitean deslealmente contra el régimen, naturalmente), y su inquebrantable ética de la pobreza hecha virtud (Venezuela vende el 40% de su petróleo ⎯industria que representa el 95% de sus exportaciones y el 45% de su presupuesto federal⎯ al siniestro imperio yanqui por pura generosidad bolivariana, sobra decirlo).

Para empobrecer aún más el análisis, en esta narrativa se da también a entender implícitamente que ambos bandos son pueblos y sociedades homogéneas: salvo uno que otro disidente, los malos son todos malos, y los buenos todos buenos. En medio del desconocimiento y del miedo, la moraleja suele ser que lo más seguro y conveniente para México es replegarse, y adoptar una actitud defensiva y reactiva ante el exterior.

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Este desconocimiento y aversión selectiva a lo extranjero de la izquierda mexicana es doblemente contradictoria. Primero, porque da la espalda a las tradiciones internacionalistas y cosmopolitas de esa corriente ideológica, y emula en su lugar el temor a abrirse e interactuar con el mundo, más propio del provincialismo de derechas. En segundo lugar, porque la denuncia de que lo extranjero alienará al pueblo mexicano jamás ha impedido que los liderazgos de la izquierda denunciante y sibarita se priven de disfrutar las bondades generadas por los países repudiados: desde viajes de compras por la 5ª Avenida hasta atención medica en el extranjero, pasando por el consumo de autos, ropa, tecnologías y licores de marcas pecaminosamente francófonas, germanas, y, peor aún, anglosajonas.

Más importante que eso, la construcción de lo extranjero como sinónimo de amenaza sirve, en la práctica, para estigmatizar y cancelar de antemano incluso la discusión de políticas tendientes a fortalecer la economía nacional, como la participación de inversores extranjeros en el sector energético, o sostener un debate serio sobre los esquemas y acuerdos de libre comercio con nuestros aliados globales. Curiosamente, con los extranjeros que la izquierda sí considera buenos y dignos de emular, como Cuba y Corea del Norte, las empatías son meramente retóricas (“la solidaridad bolivariana”, o los deseos de “salud y felicidad” al “querido y respetado líder Kim Jong-un” que Alberto Anaya mandó a nombre del progresismo mexicano), pero ⎯afortunadamente⎯ las coincidencias no son programáticas, y pocas veces se basan en un comparativo serio de indicadores, datos duros, o en un intercambio fructífero de experiencias en políticas públicas (¿algún regente capitalino copiaría la experiencia de Caracas para el combate a la delincuencia, o algún grupo de izquierdas montaría una campaña contra los productos transgénicos con base en las tesis homofóbicas del camarada Evo Morales?). Es decir, más que de una solidaridad basada en substancia o aspiraciones comunes ⎯queda confiar en que el PT sólo bromea y no quiere en realidad malear a los ciudadanos mexicanos bajo el modelo de los súbditos norcoreanos⎯ la relación con el buen extranjero es un juego de felicitaciones y albricias recíprocas entre personalidades y grupos disímiles, que poco se conocen mutuamente, y con agendas muchas veces contradictorias.

A este respecto, resulta sintomático que las escazas figuras dentro de las izquierdas nacionales que poseen horizontes amplios y pueden hablar inteligentemente sobre la agenda global sean primordialmente, o cuadros viejos formados política e intelectualmente en el PRI (digamos, Porfirio Muñoz Ledo), o bien cuadros jóvenes con una vocación más modernizadora a los que, quizá por eso mismo, no terminan de querer dentro de las tribus oficiales, y quienes han tenido que ir abriéndose paso mediante, entre otras cosas, demandas judiciales (por ejemplo, Gerardo Esquivel). Y al lado de estos pocos, encontramos psicologías rupestres y paranoides, como el entrañable Jalife y demás fauna abiertamente xenófoba y racista que, sorprendentemente, es financiada y consentida por entusiastas de izquierda, y aún por autoridades emanadas de sus filas.

Por supuesto, México tiene una historia de intervenciones extranjeras dolorosas que han costado vidas humanas, perdidas materiales y territoriales. Hay sin duda buenas razones en nuestra conciencia nacional para ser cautos en los tratos con el exterior, como han documentado con gran erudición, entre otros, Mario Ojeda. Sin embargo, el desconocimiento y la aversión al mundo difícilmente son la mejor manera de defendernos ante las amenazas reales, y de aprovechar las oportunidades venidas de fuera que pueden beneficiar a nuestro país. Sobre todo, porque las circunstancias externas no son estáticas sino cambiantes, así como las prioridades estratégicas nacionales.

Finalmente, y como en muchos otros temas de la agenda nacional, la relación con el extranjero será mucho más provechosa no tanto por la gracia de liderazgos políticos espontáneamente más ilustrados, sino en la medida que la opinión pública nacional se convierta en un consumidor más sofisticado, y en consecuencia exigente, de noticias y análisis sobre lo que pasa en el mundo. Sólo hace falta echarle una breve ojeada a las secciones de internacionales de los diarios, noticieros de radio y televisión nacionales para constatar que, salvo honrosas excepciones, la cobertura al extranjero es escaza, anecdótica, y muchas veces centrada en frivolidades. En este sentido, serán quizá los militantes jóvenes de izquierdas, y sobre todo los que han tenido acceso a educación superior, quienes tienen en primer lugar la responsabilidad de recobrar la vocación aperturista e internacional de su tradición política, y denunciar el parroquialismo de la izquierda mexicana, hoy por hoy sólo comparable con el parroquialismo de la derecha.

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