Entre las brechas de comunicación y las oportunidades de diálogo

Este texto fue publicado originalmente en Arena Electoral (abril 9l de 2012), y también puede leerse aquí.

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Al calor de la contienda electoral, día a día se agudiza un fenómeno político de consecuencias a largo plazo al que vale la pena prestar atención desde ahora: se trata de la brecha comunicativa, de entendimiento y hasta material, que separa cada vez más hondamente a dos clases de políticos jóvenes: por un lado, quienes militan en los distintos partidos políticos; por el otro, los que participan en iniciativas ciudadanas independientes (ICIs).

Los jóvenes partidistas tienden a identificarse mutuamente como enemigos electorales antes que como potenciales aliados, al tiempo que ven a quienes están en las ICIs como políticos de segundo orden; éstos últimos, a su vez, perciben a quienes son miembros de un partido con gran suspicacia, como gente que inevitablemente va a viciarse y corromperse, si no es que ya lo ha hecho.

Podemos hablar entonces de un “déficit deliberativo” al seno de la emergente clase política joven en México, fenómeno que cobra mayor relevancia cuando nos damos cuenta de que en poco tiempo muchos de estos cuadros van a tomar el liderazgo de sus respectivos partidos y organizaciones; van a ocupar puestos clave en la administración pública y la sociedad civil; y van a convertirse en tomadores de decisiones desde el gobierno.

La reflexión que propongo está anclada en la premisa de que la política es en gran medida un asunto generacional, dimensión del análisis que suele perderse de vista por centrar la atención en dicotomías como izquierda-derecha, continuidad-alternancia, o partidos-sociedad civil. Esta dimensión generacional ocurre además en un contexto de competitividad democrática, donde ya no hay certidumbre de quién va a ejercer el poder. Surgen entonces dos interrogantes prácticas.

Primero, ¿cómo hacer para que las líneas partidistas que dividen a los militantes jóvenes no se conviertan en un aliciente –o incluso en una excusa– para aislar artificialmente a esta emergente clase política? Segundo, ¿qué puentes pueden tenderse entre los políticos en formación dentro de los partidos y los liderazgos jóvenes de las ICIs, que van a jugar un papel cada vez más importante en la formación e implementación de la agenda pública?

Para empezar a balancear el déficit se precisa convencer a los cuadros políticos jóvenes de que es buena inversión construir una relación genuina con el adversario. Esto implica un principio de reciprocidad, según el cual al contrincante se le concede el estatus de par, y se busca terreno programático común en medio de las diferencias ideológicas. Se necesitan también incentivos realistas y duraderos para que esto sea posible en campañas violentamente mediatizadas y con un debate empobrecido. ¿Qué tan amplia es nuestra socialización cotidiana, genuina, con gente de otras filias políticas? En redes sociales, ¿que proporción de nuestros contactos son de un partido u organización contrario al nuestro? ¿Con cuántos de estos tenemos un diálogo constructivo? Y en la vida institucional, ¿cuántas oportunidades de colaboración provechosa se pierden en nombre de recelos imaginarios fundados en un entendimiento parroquial de “la lealtad a la causa”, que suele traducirse como renuncia a la autocrítica, y en la descalificación como sustituto del argumento?

Buena parte de los intercambios rutinarios se caracteriza por epítetos desproporcionados, totalizantes, espetados sin mayor reflexión: “ustedes son unos fascistas”, “ustedes odian a México”, “tú y ‘tu gente’ me dan asco”. En política hay que tener la piel gruesa, claro, pero ¿cuánto tiempo podemos usar este tipo de discurso sin hacerlo parte habitual de nuestro repertorio de comunicación, internalizarlo y empezar a creerlo? E incluso si denostar es pura estrategia, ¿cómo pedirle al público, en el futuro, que confíe en esta nueva generación, si ha usado la mayoría de su tiempo y recursos en la descalificación mutua? Superar este déficit deliberativo es una tarea compleja y de largo plazo, en constante creación y recreación. Es además un trabajo de conjunto, y en todo caso va a ser alguien de más talento y luces que yo quien haga las sugerencias pertinentes; pero para no cerrar esta reflexión sin una propuesta, pongo tres ideas generales sobre la mesa:

1) Institucionalizar los encuentros informales.- Hay que ponerle a los intercambios extraoficiales que ya suceden el sello de los partidos y de las organizaciones independientes. Quizá no a todos, pero sí a suficientes para quemar puentes, mandar un mensaje efectivo, e ir socializando en estas prácticas a los cuadros emergentes, a fin de que se conviertan en parte de las reglas del juego comúnmente aceptadas. Temas y foros no faltan, y hasta atención mediática se puede conseguir si alguien necesita un incentivo pragmático para animarse.

2) Aprovechar todas las coincidencias posibles.- Particularmente aquellas ante las que los políticos de la generación de arriba podrían mostrar indecisión o escepticismo. Un ejemplo reciente e interesante es la famosa iniciativa “Quita un anuncio”, que ofrece una oportunidad para el diálogo y la acción conjunta.

3) Usar creativamente el potencial de las redes sociales.- Vinculémonos con personas de otros partidos y organizaciones, gente que no conozcamos, que esté en nuestras antípodas. Leamos lo que tienen que decir sin los lentes partidistas puestos. Y experimentemos en el camino. Podemos auto-imponernos algunas prácticas sencillas, y seguirlas con disciplina: un ‘tuit’ o un post que tienda puentes por cada diez que nos ponga en la lucha partidista.

En medio de un proceso electoral ríspido que nos orilla a afilar las armas y calibrar la puntería, parecería este el momento menos propicio para aventurarse a deliberar. Mi convicción es la contraria: no hay mejor escenario que una elección competitiva para ensayar y evaluar los resultados de un modelo de socialización deliberativa entre la clase política en formación. Si estos ejercicios se realizan abiertamente, se está garantizando además que esta evaluación pase por la opinión pública como una forma de rendición de cuentas por parte de nuestra generación. Y hacer todo esto nos conviene tanto por razones normativas como por necesidad pragmática. La primera piedra es robustecer las dinámicas deliberativas y cimentarlas en el ‘logos’ de la Grecia clásica, término que, no gratuitamente, connota simultáneamente palabra y diálogo, argumento y razón.

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