Fuego sobre el sur de Israel

Ya va a entrar la tarde-noche de martes aquí en Israel, y a pesar de haberse acordado un cese al fuego, hasta la hora de escribir este post se han registrado otros 7 cohetes lanzados por grupos terroristas operando en la Franja de Gaza. Ayer lunes terminó con un saldo de 50, y desde el viernes pasado, cuando iniciaron las hostilidades, ya suman más de 300 ataques de esta naturaleza, todos dirigidos a la población civil.

Los sitios bajo amenaza inmediata se encuentran en el sur del país, lugares como Ashdod, Ashkelon y Be’ersheva. El sistema de defensa “Domo de Hierro” ha interceptado exitosamente los proyectiles que amenazan con impactar en zonas densamente pobladas, aunque unos 165 han logrado caer en suelo israelí. Tel Aviv sigue quedando fuera de la zona de conflicto, aunque los cohetes se han acercado hasta unos 35 kilómetros de esta ciudad.

Alrededor de un millón de ciudadanos se encuentran dentro del radio de amenaza directa. Las escuelas en la zona han suspendido actividades para no exponer a los niños, y las actividades cotidianas se interrumpen cuando las familias se ven obligadas a ir a los refugios anti-bombas (prácticamente todas las casas de esta región tienen uno) cada vez que las sirenas anuncian el peligro de nuevos cohetes, lo cual puede llegar a suceder hasta dos veces cada hora. A todo esto se suma una guerra paralela, la mediática, en la que no pocos reportes insisten en cuestionar el derecho de legítima defensa de Israel para proteger a sus ciudadanos de grupos que abiertamente declaran como su objetivo la destrucción de Israel.

Pero aquí y en todo el país a la gente le sobra temple, y hace mucho que ha decidido no vivir con miedo. Hay también la confianza de tener unas Fuerzas de Defensa de primer nivel, quizá las mejores del mundo en su género –a fuerza de necesidad–, que además de eficientes actúan con moralidad, protegiendo a la población y ejerciendo el derecho de legítima defensa ante un enemigo que no distingue entre civiles y combatientes, que intencionalmente apunta sus proyectiles hacia gente que no porta uniforme. Y por supuesto, las múltiples y sanas diferencias que como sociedad democrática tiene Israel no impiden cerrar filas para afrontar las adversidades comunes. Y por eso Israel ha salido victorioso no sólo material, sino moralmente.

Soy afortunado de vivir entre México e Israel, que tienen tantas cosas en común. De historia y cultura riquísimas, ambos pueblos viven a su modo bajo la violencia constante. Pero en ambos casos la gente está decidiendo no tener miedo, y convertirse en los arquitectos de su propio destino, luchando constantemente para tomar las riendas de las circunstancias, y no dejar que la circunstancias sean las que nos dominen. Ambos pueblos son aguerridos y solidarios. En los dos países las personas son muy trabajadoras, porque saben que es mediante el esfuerzo honesto que se contruyen los éxitos. Es, en verdad, un privilegio pisar ambos suelos, uno en Asía, otro en América, que son suelos de gente que, en medio de la violencia, no pierde el ánimo, y al contrario saca la casta y lo mejor de sí. Gente que en medio de sus diferencias –y muchas de estas son profundas– tiene la sabiduría de distinguir lo sustancial de lo superfluo, aunque este proceso no siempre sea fácil. En ambos países sabemos estar unidos, sin que esto signifique renunciar a ser críticos, ni borrar artificialmente nuestros legítimos puntos de desacuerdo. Todo esto, por supuesto, es un aprendizaje constante, del día a día, y que nunca acaba.

Y en fin, en ambas naciones la gente encuentra que vale la pena luchar por defender y preservar a su comunidad, por razones muy similares a las que señaló Pericles en su famoso mensaje a los atenienses al cumplirse el primer año del inicio de la guerra del Peloponeso: porque esta comunidad a la que pertenecemos es valiosa, es fruto de nuestro esfuerzo, y del trabajo de las generaciones que dieron tanto para heredarnos un patrimonio; y también porque tenemos confianza en un futuro mejor. Durante su discurso inaugural como presidente, Franklin D. Roosevelt acuñó una sentencia memorable: “no hay nada que temer, más que al temor mismo”. Hoy, que estamos bajo la prueba de la realidad, estas palabras cobran más sentido que nunca. Y por eso, estos días han sido, y van a seguir siendo de mucho estudio y trabajo, de reflexión, también de descanso y de diversión. De todo, menos de miedo, de cualquier cosa, menos de rendirse y abdicar. Este es mi deseo para mis amigos y familia, y para todos en general en México y en Israel.

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