El antipriísmo militante (una apología necesaria del PRI)

Hay formas inteligentes y formas torpes de ser antipriísta. Hoy en día, predominan estas últimas. A falta de resultados de gobierno, bajo la línea del presidente Calderón el PAN ha hecho del antipriísmo su programa ideológico y oferta política: se trata de un “antipriísmo millitante”, cuyo discurso resulta intelectualmente limitado e históricamente ignorante. Es un antipriísmo fanático, visceral y “barato”, como lúcidamente lo ha calificado nadie menos que Germán Martínez, ex líder nacional del PAN. Yo identifico cuatro características principales de este antipriísmo militante, y aunque aquí me concertaré en su vertiente panista, son las mismas más o menos para cualquiera de sus muchas versiones (perredistas, “ciudadanas”, entre otras).

I. La primer característica del antipriísmo militante, y que justifica su nombre, es que se basa en la descalificación y carece de ideas propias. Su discurso es antipriísta porque se define casi enteramente en oposición al PRI, dejando de lado propuestas u ofertas programáticas. Su acción es militante no sólo por lo sistemático de sus ataques y agresiones, sino porque este antipriísmo dota de sentido de pertenencia y de cierta brújula ideológica a quienes, ante la incapacidad o pereza para realizar una crítica estructurada o propositiva, hacen de aquél una bandera de batalla detrás de la cual esconden insuficiencias, prejuicios, estereotipos, frustaciones y odios. Estimo acertado entonces denominarlo ‘antipriísmo’ y ‘militante’ precisamente porque no es ninguna otra cosa más que aquello. El antipriísta militante, por decirlo así, se agota en sus propios adjetivos.

II. Lo segundo que resalta es su naturaleza cuasi religiosa, tribal. Así va el relato: todos los priístas, por el hecho de ser priístas, son corruptos, ‘narcos’, represores, asesinos, mentirosos, o al menos cómplices estusiastas del mal. En contraste, el panista es inherentemente honesto, trabajador, democrático. En un comentario en redes sociales, por ejemplo, una mujer aseguraba que es simple darse cuenta que los panistas son moralmente superiores. Su argumento: “porque viven en buenas colonias y van a la universidad”. Hay que darle crédito: al menos no dijo que porque son caucásicos o católicos. Si un panista cambia de partido es porque se vendió, se hizo corrupto. Pero si un priísta se une a las filas del PAN, como sucedió a propósito de las alianzas, la lógica es la inversa: son personas que se dieron cuenta de que estaban equivocadas y quieren redimirse, ‘des-corruptizarse’ para ahora sí, bajo la siglas del PAN, trabajar muy duro por la patria. John Shelby Spong utiliza el concepto de “pensamiento tribal” para referirse a este estado mental en que hay un bando bueno, “elegido”, opuesto al resto del mundo, que por definición se convierte en el lado “rechazado”, y así, en el enemigo. Las transgresiones y los errores de los rechazados son siempre producto de su corrupción y maldad, mientras que las transgresiones de los elegidos son justificadas como medios necesarios para lograr un fin noble, y sus errores fruto de complots del adversario. Y es así como, en verdad, se perciben a sí mismos muchos panistas, en la lógica delirante del antipriísmo: como los ‘puros’, enfrentados en una batalla cósmica y moral contra el pecaminoso PRI. Un usuario de facebook, Iván de la Riva, remataba así uno de sus comentarios: “los q no aman y odian a Mexico votan x el PRI, los q son resentidos con la sociedad votan por el PRD, y los q de verdad amamos a Mexico votamos x el PAN” (sic).

III. La tercer característica del antipriísmo militante es su lectura tramposa de la historia. La cantaleta dice más o menos así: los mexicanos que votan por el PRI son tontos y desmemoriados, sobre todo las nuevas generaciones que no conocieron lo que fue la era del ‘partido único’. “¿Pero qué no hay quien les cuente del 68, o de los excesos del populismo?”, se preguntan. Los antipriístas militantes gustan también de repetir como mantra que “el PRI gobernó 70 años”, suponiendo, no se sabe si por ignorancia o por querer distorsionar la historia adrede, que los gobiernos de Calles, Cárdenas, Alemán, Díaz Ordaz, López Portillo y Salinas de Gortari, por ejemplo, fueron lo mismo, que el país vivió desde 1929 hasta el año 2000 con las mismas condiciones internas y externas, con las mismas instituciones y las mismas prácticas, con la misma élite y el mismo proyecto nacional. En una lectura ingenua de los acontecimientos, piensan o quieren pensar que en su historia, vida interna y liderazgos el PNR-PRM-PRI fue, es y será lo mismo, saecula saeculorum. Todo fue pues más o menos igual hasta que el PAN ganó las elecciones presidenciales y cambió la historia de un día para el otro. En base a este diagnóstico se dicen disparates como que “si el PRI regresa a Los Pinos, vamos a retroceder a los años sesentas”, es decir, que Peña Nieto, por ser priísta, 44 años después va a apretar el botón rojo y empezar a reprimir estudiantes, y sólo por eso, porque como priísta simplemente no podría resistir la tentación.

Así pues, a lo que el antipriísmo militante llama hacer historia es en realidad un ejercicio de memoria selectiva y tramposa. No se oye, por ejemplo, a un solo panista recordar que su partido era el que en primer lugar y con vehemencia pedía mano dura y acción implacable contra los grupos subversivos de izquierda (entre ellos diversas organizaciones de estudiantes), en los que veía encarnado a los demonios marxista y comunista durante aquéllos años de la guerra fría. Tampoco se repara en que sus hoy aliados de “las izquierdas” son figuras que han sido acusados precisamente de haber participado en actos de represión, como es el caso de Ángel Aguirre, en Guerrero, a quien se cobijó bajo el manto electoral panista con tal de vencer al PRI, y cuyo gobierno acaba de ser acusado del asesinato ni más ni menos que de estudiantes. Se insiste en señalar el manejo económico de los setentas, pero no se menciona que fue un gobierno priísta, el de Carlos Salinas, que saneó la deuda nacional con el plan Brady, dio autonomía al Banco de México a fin evitar que desde la presidencia se pudiese ordenar la impresión de dinero causando la inflación rampante, e impulsó el Tratado del Libre Comercio, acciones tan aplaudidas por el PAN en su momento. Se olvida pues que fue este gobierno emanado del PRI el arquitecto del andamiaje institucional que hoy día sigue haciendo posible mantener la estabilidad macroeconómica, tan cacareada como logro del PAN, pero cuyas administraciones no han aportado nada sustancial en este rubro. Y cuando se comenta que el regreso del PRI es el regreso de personajes como Elba Ester Gordillo, se omite de la historia que la derrotada candidata del PAN en Michoacán este mismo año hizo alianza con “la maestra”, igual que su hermano, el presidente Calderón para su campaña de 2006, mediante acuerdos, además, extra-partidistas y secretos, como hoy ya es conocido. Se trata pues de una historia trunca, editorializada, olvidadiza y selectiva, de la que hace gala el antipriísmo militante.

IV. En cuarto lugar, y como consecuencia de las tres características anteriores, el antipriísmo militante rehuye tenazmente la auto crítica, y ello le infunde tendencias antidemocráticas. El PAN, por ejemplo, teóricamente no pierde, no puede perder, por definición. ¿Cómo podría, si es el lado bueno y luminoso de la fuerza? Así que cuando una elección no le favorece, no es porque haya elegido un mal candidato, ni tampoco que su estrategia haya sido equivocada. Mucho menos es que el PRI haya presentado una oferta política mejor y haya ganado por la buena. No, las causas son otras: la población fue engañada, comprada y corrompida por esos malévolos priístas; o quizá fue una elección de estado, en condiciones injustas. O mejor aún: los narcotraficantes intervinieron. Cualquier cosa, menos conceder que sea posible que el electorado decidió que quería un gobierno priísta.

Cuando el candidato del PRI Eruviel Ávila ganó contundentemente las elecciones del Estado de México con el 61.97% de las preferencias (casi dos y medio millones de votos más que el deslucido candidato del PAN, Felipe Bravo Mena), varios panistas no tuvieron empacho en descalificar al electorado mexiquense tildándolo de estúpido y corrupto. Por eso perdió el PAN, según muchos de sus militantes: porque 3,018,588 personas, por el simple hecho de votar por el PRI, son menores de edad que no saben lo que quieren. Curiosamente, este tipo de argumentos se repiten incluso cuando el PRI enfrenta las condiciones más adversas. Un caso reciente e ilustrativo es el de Michoacán, elección ganada por Fausto Vallejo, del PRI: el gobierno lo tiene el PRD desde el 2002, así que no pudo haber elección de estado, y de hecho su candidato, Silvano Aureoles, se hundió hasta el tercer sitio. La otra perdedora en la elección, Luisa María ‘Cocoa’, candidata del PAN que quedó en segundo lugar, tenía nada menos que al presidente de la República como hermano (quien también perdió la elección a gobernador en 1995). Mientras las encuestas trataban bien a Luisa María, ella afirmaba que el proceso se estaba llevando a cabo en un ambiente propicio. Pero cuando perdió, en cuestión de unas horas cambió de opinión, y se acordó que toda la elección había estado comprometida por la influencia del narcotráfico. En los pocos ayuntamientos que ganó el PAN, no obstante, como Zamora y La Piedad, ahí la versión fue diferente: ahí, mágicamente, las elecciones sí fueron justas, y por tanto válidas. Por ello, podríamos añadir un adjetivo más, y decir que el antipriísmo militante, particularmente en su forma panista, es en el fondo bastante lopezobradorista, por su incapacidad de aceptar los resultados de la competencia democrática, a menos que le favorezcan.

Es pues grave que el partido que en 2000 ganó la presidencia de la República (y que desde antes gobierna diversos estados y municipios), once años después no haya podido trazar una agenda clara de qué es lo que quiere hacer con México, y continúe comportándose como si fuera la oposición. Que en una época de crisis económica internacional y crisis de seguridad interna la mejor estrategia del partido en el gobierno sea vender la idea de que el PRI es el señor del costal o el “robachicos” habla de la profunda confusión y falta de oficio de quienes hoy tienen las riendas del país. Carlos Arriola se ha referido a este síndrome como el “miedo a gobernar” del PAN.

Más preocupante aún es atestiguar cómo toda una nueva generación de jóvenes panistas se está formando con esta batería de dogmas como único referente ideológico e intelectual para orientar su quehacer político. La herencia programática que los jóvenes panistas están recibiendo de sus mayores parece reducirse a eso: odien al PRI, y entre más ciega y visceralmente lo hagan, mejor. El PAN fue fundado en 1939. Sesenta y un años después ganó la presidencia de la República sin mayor oferta que “sacar al PRI de Los Pinos”. Los resultados de esa aventura están a la vista. Después de doce confusos años de gobernar al país, llega a las elecciones de 2012 sin mayor oferta que “impedir el retorno del PRI a Los Pinos”. En suma, van a cumplirse 73 años de improvisación, de incapacidad para trazar una idea, un proyecto sólido de nación; 73 años de cubrir sus deficiencias, primero como oposición y luego como gobierno, con el recurso fácil del antipriísmo militante, que hoy revive en su faceta más burda y fanática, promovida y amparada además por el gobierno federal.

¿Se creerán de verdad los panistas el discurso del antipriísmo militante? Ninguna respuesta parece ser alentadora. Si realmente suscriben esta visión dogmática del mundo, nos enfrentamos a la falta de proyecto y a una pobreza analítica y argumentativa alarmante para personas que desean mantenerse en el poder y dirigir los destinos de una nación. Si la locuacidad del antipriísmo militante es sólo una estrategia mediática, y los mismos panistas no la comparten, debemos entonces acordar que mienten en nombre de ganar votos. Y sigue siendo cierto, además, que no logran estructurar una propuesta convincente de nación. Con todo, el 2012 augura buenas noticias para el PAN y los panistas, pues si como todo indica perderán la presidencia de la República, volverán entonces a ser la oposición contestataria, lugar en donde parece se sienten más cómodos, en donde cognitiva y emocionalmente mejor papel desempeñan, y hacia donde la política y la historia los orillan.

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