El gran juicio del mono: Inherit the Wind

Aquel que cree disturbios en su casa heredará el viento:
y el tonto se convertirá en el sirviente del sabio de corazón

Proverbios 11:29

Tennessee ha tenido una historia colorida y contrastante dentro del gran conjunto americano: fue la cuna de nacimiento de Andrew Jackson y David Crocket, así como el lugar del asesinato de Martin Luther King. Ultimo estado en unirse a la Confederación durante la Guerra Civil, fue también el primero en ser readmitido a la Unión triunfante, y en medio de eso, fue el estado sureño que más soldados proporcionó para ambos bandos. Es en Tennessee que se formaría el primer Ku Klux Klan a mediados del siglo XIX, y también donde se enriqueció el uranio para el proyecto Manhattan en el XX. Y en fin, fue en el Tennessee de 1925 que Norteamérica y el mundo atestiguarían una de las primeras, la primera quizá, gran batalla legal por la libertad de pensamiento, cuando dos gigantes de entonces se enfrentaron por el derecho de enseñar ciencia en las escuelas públicas.

Inherit the Wind (1960) es una adaptación cinematográfica (director Stanley Kramer, guión de Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee) de la obra teatral del mismo nombre. Nominada a cuatro premios Oscar y ganadora de otras tantas distinciones, se basa en el famoso Scope Monkey Trial, el “juicio del mono”, que sacudió a la opinión pública norteamericana e internacional y creó importantes precedentes en la batalla por el pensamiento racionalista. En 1925, John T. Scopes (Bertram T. Cates en el film), profesor de secundaria, fue detenido por las autoridades del pequeño poblado de Hillsboro debido a que había incluido en su clase de biología la enseñanza de la teoría de la evolución de Charles Darwin. Con esta osadía, Cates estaba quebrantando el Acta Butler, una normatividad legal según la cual quedaba prohibido impartir en las escuelas públicas cualquier idea o teoría que contraviniera la historia de la creación divina tal como está consignada en el libro del Génesis…

Dos gigantes…

Una vez puesto en marcha el juicio, de parte de la fiscalía la gran estrella fue el célebre William Jennings Bryan (renombrado en el film como Matthew Harrison Brady): gran orador, influyente político del partido Demócrata, tres veces candidato a la presidencia, Secretario de Estado con el presidente Wilson, congresista por Nebraska, y ferviente creacionista (interpretación del cristianismo que toma como literal, y no simbólica, la historia del Génesis). Cuando Brady, “la mano derecha de Dios”como le llaman, se ofrece a enseñarle una lección de piedad a Cates, surge en el escenario esta figura antipódica que todo buen juicio necesita: el brillante abogado Clarence Darrow (Henry Drummond, en la película, interpretado por Spencer Tracy). Drummond encarna una visión muy diferente de la religión y el darwinismo: agnóstico, miembro de la prestigiosa American Civil Liberties Union, su padre (Emily Darrow) había sido ya un conocido abolicionista, iconoclasta, y defensor de los derechos y del sufragio para la mujer.

Una de las virtudes y al mismo tiempo debilidades de Inherit the Wind es precisamente que la historia queda construida a partir de estos dos personajes, dejando más o menos de lado el drama del acusado. Es una virtud, por demás inevitable, puesto que la densidad y tamaño de ambos obliga a ello: los dos eran figuras prestigiadas, con reconocimiento nacional, lo cual abonaba a que fuesen sus pequeñas batallas privadas, en medio de la gran batalla del juicio, las que marcaran la pauta del debate de fondo, que no era tanto la suerte del pobre Cates, sino la consideración mucho más amplia del papel que la ciencia jugaría para una nación que, poco después, se convertiría en la potencia dominante de este mundo. Así pues, los momentos más intensos del film son aquéllos en que Drummond y Brady se ven cara a cara. Hay que destacar que no sólo se trata del enfrentamiento que sostienen en la sala de juicios, por demás exquisita. Debe recordarse que ambos abogados eran buenos amigos, si bien distanciados por el tema religioso. Una de mis escenas favoritas es cuando, afuera del hotel donde se hospedan, sostienen una charla en que cada uno le explica al otro sus motivaciones personales respecto al juicio. La conversación transcurre sin sobresaltos, sin histrionismos, aunque con mucha inteligencia: son dos camaradas platicando civilizadamente, defendiendo cada cual dos visiones del mundo que, en otra época, los hubiesen enfrentado con la espada.

Uno de los momentos climáticos de la historia es cuando la defensa llama al estrado al mismísimo Brady. Ahí Cates pierde el juicio –como era claro desde el inicio-, pero Drummond gana el argumento. La pasión en la forma junto a la inteligencia en el fondo que Drummond imprime para cuestionar a Brady es magnífica. En esa escena se borran las categorías superfluas y ya no son hombres, ni abogados, ni estadounidenses quienes se enfrentan en un juicio legal. Son la razón y la superstición las que, a nombre de la humanidad en su conjunto intercambian puntos. Más allá de las magistrales actuaciones, de la certeza de los escritores para poner en boca del actor líneas adecuadas, o de éstos últimos para ejecutarlas con estética, es el fondo de los razonamientos lo que vale la pena, y las preguntas que sutilmente son dejadas al aire. “¿Considera usted que haya algo sagrado, señor Drummond?, pregunta Brady, a lo que la defensa contesta: “Sí, la mente humana… una idea es un monumento más grande que una catedral. Y el avance del conocimiento humano un milagro más grande que todas las varas convertidas en serpientes o las particiones de las aguas” [en referencia a los milagros de Moisés en Egipto]. “¡No debemos abandonar la fe!, ¡la fe es lo más importante que tenemos!, repondrá Brady, y revira Drummond una de estas grandes preguntas: “¿Y entonces por qué nos plagó Dios con la capacidad para pensar?

Cuando finalmente Brady se ve exhibido –más que ante el jurado o la audiencia, ante sí mismo— el espectador se maravilla al constatar la complejidad detrás de este hombre que durante todo el film habíamos considerado un villano. En el fondo, Brady no es un tipo -del todo- irracional, si bien necesariamente su pasión lo lleva a rayar en el fanatismo; él cree en la bondad de la naturaleza humana, él quiere genuinamente promoverla, pero cree también que sin la religión el engranaje que la sostiene necesariamente colapsaría. Gran paradoja: cree Brady tanto en la humanidad que termina desconfiando mezquinamente de ella, y declarando que sólo mediante un poder superior puede el hombre labrarse un futuro decente. Uno de los grandes temas del film es la evolución psicológica de Brady, quien inicia viendo el juicio como una forma más de auto-publicitarse, hasta convertirlo en una cruzada personal por una forma, ‘su’ forma de entender la religión, como una obligación moral con Dios, mezclada con una más bien profana obsesión por tener la razón, y por conservar un prestigio que en última instancia se basa en los fuegos de artificio con que había logrado embelezar a una masa profundamente parroquial.

El pequeño diablillo susurrando en el oído…

“I do hateful things for which people love me, and I do loveable things for which they hate me. I’m admired for my detestability”

El único personaje digno de mención además de la pareja de abogados es el exquisitamente irreverente y cínico E. H Hornbeck, periodista del Baltimore Tribune. Este hombre, quien en la vida real fue H L Mencken (periodista del Baltimore Sun), resulta un agudo crítico y lúcido observador social, que ayuda desde los medios y financieramente la causa de Cates. Fue él quien acuñó el término de “Monkey Trial”, en alusión a Darwin, y a quien le debemos muchas de las líneas más hilarantes de la película. En buena medida, Hornbeck representa la profanidad que se requiere para retar a lo sagrado, la osadía indispensable para cuestionar la tradición, y el ingenio necesario para salir airoso de los obstáculos que las inercias del pasado ponen a los hombres que indagan sobre el futuro.

En mi lectura, Hornbeck representa también la aceptación de la soledad que acompaña la renuncia a las fantasías religiosas, lo cual es claro justo en la escena final de la película, cuando la soledad, el vacío, y la necesidad de sentido abruman al propio Drummond. Sin embargo, representa también la capacidad del hombre para maravillarse y encontrar belleza en la naturaleza tal y como es, sin necesidad de los mantos del mito. El crudo cinismo y la penetrante ironía de Hornbeck ilustran las complejidades y paradojas de la objetividad.

Y algunos pequeños enanos…

Dick York en el papel de Cates, y mejor conocido por el programa “Hechizada”

Decía que al tiempo que una virtud, el protagonismo de Drummond y Brady termina opacando no sólo al resto de los personajes, sino eclipsando una gama rica de temas que no terminan por desarrollarse. El drama de Cates, sus pensamientos sobre el paso que ha tomado de luchar por la ciencia pasa totalmente desapercibido. Su amor con Rachel Brown, la hija del pastor local Jeremiah, gran entusiasta de la cruzada religiosa, arroja a penas unos pequeños y pobres destellos cuando ella encara a su padre y finalmente resuelve tomar partido con su prometido a costa de las tradiciones en que fue educada. Este conflicto pudo haberse explotado más. Hay un personaje curiosísimo, el inconformista del pueblo, quien junto con su esposa se negaron a bautizar a su hijo, razón por la cual, a su muerte, recibieron la amenaza de parte del reverendo Jeremiah sobre que su hijo estaría ahora mismo ardiendo en el infierno. Nuevamente, este plano en que la amenaza juega un papel social importante como condicionamiento religioso no llega nunca a cuajar en el film. Está también el caso de un grupo de estudiantes, alumnos del profesor Cates quienes quieren representar la vanguardia, la juventud que lucha por romper esquemas. Tampoco se logra hacer crecer esta veta.

El otro protagonista más o menos destacado es la gente del pueblo, llena de prejuicios, temerosa de las ideas extrañas (sobre todo si vienen del norte moderno y pagano), muy hecha a su estilo de vida monótono y piadoso. El rol de esta masa impacta al menos en tres momentos: muy al inicio, cuando recibe a Bryan cual mesías, con la música de fondo “(Gimme Dat) Old Time Religión”; en medio del juicio, cuando los ánimos están creciendo y celebran una procesión por las calles entonando otro destacado canto a la paz y la tolerancia (“We’ll Hang Bert Cates to a Sour Apple Tree”), y finalmente cuando varios de ellos se decepcionan de Bryan.

Y algunas pistas para ver la película: hechos reales…

• Al momento de su estreno (1960), Inherit the Wind tuvo una intención de denuncia contra el McCarthyismo, y fue saludada como una defensa a la libertad de expresión.
• Este fue el primer juicio criminal transmitido en vivo a nivel nacional en Estados Unidos (la emisora fue la WGN de Chicago).
• El juicio fue reportado por unos 200 periodistas de todo el país que fueron a Dayton para cubrir el evento, además de algunos corresponsales internacionales, particularmente británicos.
• El juicio fue realmente ‘inducido’, la American Civil Liberties Union había ofrecido defender a quien retara el Acta Butler (que prohibía enseñar evolución en las escuelas públicas), a fin de ir a juicio y acabar con esta imposición. John Scopes, en gran medida, se prestó voluntariamente a esta charada.
• Es incorrecto pensar que el caso Scopes planteaba la dicotomía de religión contra ateísmo. En su momento, se trataba de una división entre grupos cristianos ortodoxos, y otros más modernos, que consideraban que la evolución no era necesariamente incompatible con las historia narradas en la Biblia.
• El jurado declaró a Scopes culpable de violar el Acta Butler, y condenado por el juez (Raulston) a una fianza de $100USD (aproximadamente ($1,200USD en 2010). Se apeló ante la Corte Suprema de Tennessee, que desechó los argumentos de la defensa, pero que finalmente encontró no culpable a Scopes por un tecnicismo procedimental: de acuerdo a la ley, era el jurado, y no el juez, quien debía establecer la fianza. De manera que Scopes si vio libre y sin necesidad de pagar un céntimo.
• El Acta Butler fue finalmente abolida en 1967. En los diversos procesos legales que provocó (de los que el que Scope fue sólo el primero), se le acusaba de violar la Primera Enmienda, que garantiza la libertad de expresión.

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