Mi vida en “La Komuna”

Poster oficial de la Komuna

Hace poco recordaba los varios lugares en que he vivido desde que estoy en México. Empezando por el pequeñísimo y precario cuartucho de San Ángel al que llegué originalmente cuando estudiaba en el ITAM, hasta mi actual y más confortable departamento, han pasado ya cinco mudanzas y una breve etapa de refugiado en casa del Miguel Tovar, ya como estudiante de El Colmex. La historia de mis andanzas inmobiliarias es de alguna manera reflejo de una historia personal más amplia dee andanzas académicas y profesionales. La pequeña anécdota de este post trata del segundo sitio donde viví, la muy amada “Komuna”, uno de los mejores lugares en que he estado, en una de las mejores –aunque relativamente recientes- épocas de mi vida.

Para ser sinceros, hasta antes convertirme en residente, tenía un enorme escepticismo por ese lugar. Algunos colegas ya vivían ahí, y por lo que había oído, el sitio era un completo e insufrible desastre. Llegué hasta cierto punto por azar: cansado del cuarto que rentaba entonces, fui a la Komuna más bien a modo de emergencia. Era época de exámenes finales, y le pedí refugio a una amiga pues necesitaba reestructurar un ensayo final. Nunca antes había estado ahí, y por alguna razón, me atrapó. Me dijo que había un lugar disponible, y decidí quemar los puentes: estaba decidido que me mudaría de inmediato. Con el tiempo, descubrí que estaba en lo cierto: el lugar sí era un desastre, pero uno encantador, apetecible, uno que no me hubiese gustado perderme, uno del que, me gusta pensar, fui parte.

Y se hizo la Komuna…

El sitio en cuestión era un verdadero cuchitril… pero uno con mucho estilo y personalidad. Era un edificio al sur de la ciudad, en tres niveles, pequeño, que un día fue copado por gente de nuestra universidad, y desde entonces, mediante una suerte de mecanismo hereditario, se fue consolidando como patrimonio exclusivo de nuestra ‘clica’. Originalmente sólo teníamos el primer y tercer piso; el segundo nivel, que funcionaba como despacho jurídico, fue finalmente asimilado a nuestros dominios, aunque ya un poco tardíamente. Desde su fundación, se decidió que sería una “Komuna” (oficialmente, la “Komuna Libertaria Ricardo Flores Magón”).

Mucho del glamour de ese lugar provenía de una ficción: la idea de que estábamos haciendo squatting, de que estábamos ocupando el edificio ilegalmente, como un grupo de rebeldes o forajidos, aunque esto era más bien un ideal romanticón. La renta era baratísima, eso sí, y hasta donde recuerdo, nunca se pagó el agua porque al parecer la casa no estaba registrada para esos propósitos, y jamás llegó un recibo. De alguna manera, ganamos la simpatía del casero, que milagrosamente nos dejaba hacer lo que nos placiera y nos perdonaba todo: “boys will be boys”.

El lugar era contrastante, asquerosa e inmundamente civilizado: podíamos llegar a quedarnos sin gas, por ejemplo, pero jamás sin libros, había muchos libros por todo el lugar; la chapa del primer piso nunca sirvió y jamás fue cambiada (se abría con “truquito”, metiéndole la uña a un alambre), lo cual era más o menos equivalente a no tener puerta; en contraste, no solía escatimarse en esfuerzos para hacer que el lugar luciera kitsch y ‘minimalista’. La cocina era pequeña, atiborrada e incómoda (producto de la reducción de espacio provocado por la creación de una tercer recámara), pero siempre preparábamos cosas exquisitas. Generalmente faltaba agua y era un lío organizarnos para ir a comprar el garrafón, pero teníamos a la vez una muy respetable reserva de vinos, y preparábamos un fabuloso esspreso italiano para acompañar nuestros debates. Había en las escaleras exteriores pilas de diarios y revistas que con las lluvias se pudrían, pero nadie se quejaba porque todos contribuíamos un poco a esos montones. Ya se empezaban a vislumbrar goteras y grietas en algunas partes, pero siempre nos quedábamos a charlar hasta la madrugada de todo: arte, deportes, política, música, farándula, filosofía… Llegamos también a proyectar películas en el garaje –uno de los roomies, actor, tenía una fabulosa colección de buenos filmes– que era una pocilga tolerada en donde, entre otras cosas, se encontraba como uno de nuestros tesoros más caros un carrito de supermercado, que en alguna ocasión sirvió para realizar una mudanza. Y en fin, pues, que de alguna manera, que aún no descifro del todo, ese lugar medio derruido y medio decadente fue testigo de muchas de las experiencias más inolvidables de mi vida.

El ambiente lograba ser al mismo tiempo denso y ligero. De entrada, vivíamos muchísimas personas. Los departamentos (uno por piso) eran originalmente de dos habitaciones, pero pronto fueron convertidas en tres con tabla-roca. Estaba amueblado de manera ecléctica, pues cada cosa que llegaba (un sillón, cuadros, lámparas, etc.), era aportada por alguien diferente, y eso creaba una mezcla muy simpática de gustos. Teníamos un curioso superávit de refrigeradores chiquitos –yo mismo llegue con una más, cuando me mudé–, y unos terminaron por servir de alacena. Había de mascotas un gato sin raza definida y un perro bulldog. También nos anexamos la azotea, donde usábamos el lavabo como parrilla para hacer carnes asadas. En esa azotea fue filmado un cortometrajede en que una de nuestras roomies era arrojada al vacío. Ahí también llegamos a congregarnos, morbosamente, para contemplar un accidente de tránsito en la avenida de al lado que estuvo a punto de tocarle a uno de nuestros colegas que había ido a comprar cigarrillos a la tienda. Sobre todo, había en esa azotea sucia una estremecedora calma, y yo encontré en ese lugar un excelente refugio para escaparme a pensar, a reír, enojarme, y a ver las estrellas.

La vida en la Komuna…

En la Komuna había una combinación rara de lo público y lo privado. Extraoficialmente todo era más o menos de todos, claro, pero había ciertas reglas, más consuetudinarias que formales. Pese a cierta homogeneidad, la Komuna tenía sus diferencias: el tercer piso era muy limpio; me gustaba mucho entrar y oler la fragancia agradable que producía el aire de un ventilador pegando directamente a ropa recién lavada que se tendía ahí en el interior. Era ordenado en el sentido de que se procuraba que fuera estético, pero desordenado en el sentido de que el espacio obligaba a que la bicicleta estática estuviera a media cocina. Arriba también había unas hamacas de esas en que te sientas. El primer piso era un encantador desastre: olía siempre a perro y uno no podía sentarse en un sillón sin mancharse de algo. Estaba lleno de humo de tabaco, y su desorden era más producto de la genial indiferencia que de los imperativos arquitectónicos. Cuando nos hicimos del segundo piso, este se convirtió en una suerte de espacio neutro para hacer las reuniones, fiestas y veladas, respetando un poco más el carácter ‘privado’ del piso uno y tres. El departamento era algo así como Italia: el tercer piso era Milán, el primero, en el sur era la Sicilia salvaje, y el segundo era el mezzogiorno, con todos sus contrastes.

Uno de los komuneros más destacados: la pequeña bestia, cuando aún era tierna

Por la cantidad de gente que habitaba la Komuna, era raro que el lugar estuviese completamente solo. Esto resultaba extraordinario: uno podría encerrarse en su cuatro para estudiar o descansar, encontrando una relativa calma, y a la vez, siempre había alguien con quien charlar, siempre había una fiesta, una tertulia, un plan para salir a correr al parque, para preparar algo de comer, para ir a tomar un trago, para fraguar alguna felonía, para lo que fuera. Casi todos los hombres de la Komuna en algún u otro momento nos inscribimos a un gimnasio, a dos cuadras de distancia, con más entusiasmo que disciplina. La entrenadora (la señora “O”) era una gigantesca nibelunga, lesbiana, con un semblante marcial, y que tenía tatuajes de algo que parecía una santa muerte en unos brazos que eran del tamaño de nuestro torso. Siempre que iba uno de nosotros, lo regañaba porque los otros no habíamos asistido en varias semanas. Le gustaba entrenarnos duro, tildarnos de niñitas, y amenazarnos con “arrancarnos los testículos”. De hecho era una gran persona; a su manera muy particular, la buena mujer se preocupaba por nosotros, y siempre fue una buena amiga que se reía de nuestras bromas insulsas y nos ayudaba con la barra cuando veía que de plano estábamos a punto de dislocarnos un hombro (aunque sólo hasta entonces…)

Los komuneros…

Casi todos los komuneros estudiábamos la universidad (derecho, relaciones internacionales, o administración pública). Dos de mis roomies eran artistas, y era un lugar de refugio para dos tipos de personas: amigos de amigos que venían al DF con o sin plan para probar suerte, y extranjeras de intercambio que hábilmente eran inducidas a vivir ahí de modo muy barato. Los residentes fijos eran pocos, y los que iban de pasada la mayoría, aunque algunos finalmente se quedaban un tiempo, que iba de unos cuantos meses a varios años. En nuestra edad de oro, llegamos a ser hasta 20 personas. Imaginarán que esto representaba todo un reto y una aventura paradójica: nos odiábamos y nos amábamos con igual pasión. Había problemas y malentendidos, suspicacias, amenazas, pero siempre se terminaban resolviendo. Con todo, y sobre todo, éramos bastante solidarios y unidos al final de cuentas.

Hoy, la generación komunera con quienes me tocó vivir está haciendo cosas muy diferentes. Algunos se fueron (o regresaron) a Europa para hacer un postgrado, y probablemente una nueva y definitiva vida al otro lado del charco –o de la frontera. Dos más, que originalmente se habían establecido en Marsella, decidieron llegar hasta África, y ahí siguen. Los que se quedaron en la ciudad de México también andan en muy diversos proyectos personales. Unos han entrado de lleno en la política. Otros han entrado al servicio público en distintas secretarías y organismos, y algunos más continúan con su formación académica.

***

Me da una gran melancolía pensar en la Komuna, y recordar aquéllas vivencias me saca muchas sonrisas. Hoy ya tiene mucho que no la visito, pues quedan un par de los antiguos fundadores, quizá ya sólo uno, y los que han llegado nuevos me son cada vez más desconocidos. El tiempo que viví ahí fue extraordinario. Se me escapan ahora muchos detalles y anécdotas, pero todo, lo bueno y lo malo, valió enteramente la pena. Sé que se me podrá acusar de racionalizar todo esto en retrospectiva, pero hoy por hoy, no concibo mi experiencia universitaria sin haber pasado por la amada Komuna. Por distintas razones, yo sabía que mi estancia en la Komuna sería breve, y sin embargo, todo el tiempo que estuve ahí (finalmente se prolongó un poquitín más de lo planeado) me sentí en casa. Ahí viví por vez primera compartiendo espacio con otras personas, y desde entonces no he vuelto a vivir solo. Ahí hice, o reafirme, amistades que serán de por vida. Durante mi época en la Komuna logré algunos éxitos, tanto académicos como personales, que cambiaron el rumbo de mi proyecto profesional.

Y finalmente, esta canción de Charles Aznavour me recuerda a los amigos y los tiempos de la komuneros… mes amis, mes amours, mes emmerdes…

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