Una historia macabra para dormir

De niño, cuando no podía conciliar el sueño y era aún demasiado pequeño para que mis padres aceptaran que tomara medicamentos para dormir, desarrollé un truco alternativo. Se trata, en realidad, de un recurso tétrico y morboso pero que, según recuerdo, me funcionaba…

Bu!

Arropado en mi cama, viendo cómo las rayitas luminosas del despertador eléctrico cambiaban con una pereza que yo envidiaba, me imaginaba un monstruo, al que le creé su propia historia y mitología. Se trataba de una criatura pequeña y horrible, un engendro animal, principalmente, pero con ciertos rasgos humanos. A decir verdad, su apariencia cambiaba un poco cada vez que me lo imaginaba. Debía diseñarlo cada noche más espantoso, pues cada noche también desarrollaba yo inmunidad ante él.

En términos generales el monstruillo era verdoso, con piel rugosa, llena de cicatrices (producto de alguna pelea con otros demonios por el derecho a degollar a una víctima, quizá). Tenía unos ojos grandes e insectóides sobre su cara alargada, reptiliana, babosa. Su boca era humanoide, de dientes muy chiquitos pero filosos y amarillentos, apiñonados, y aunque pequeña, podía abrirla mucho más que lo normal, lo cual le permitía hacer muecas de alma en pena. Debía medir poco, un metro y algunos centímetros. Su cuerpo corto lo hacía moverse pando, contoneándose violentamente. Tampoco estaba proporcionado: era gordo, con una ancha cintura, pero con un tórax alargado y flaco, que enseñaba los huesos. Sus brazos –cuyo número variaba–, completaban su falta de simetría: eran unos macizos y cortos, y otros largos y delgados; en sus terminaciones tenía unos dedos deformes, machacados, como rotos y soldados nuevamente a la mano de forma arbitraria. Prácticamente no tenía piernas, apenas un poco de carne amorfa conectaba su cadera con unos pies gigantes, de tres dedos rematados en uñas sucias y astilladas. De la cabeza y el cuerpo le brotaban irregularmente algunos pelos, acompañados la mayor de las veces por alguna fea verruga. Iba ataviado de las cadenas con que sujetaba a sus presas, y de esta especie de cananas colgaban algunos ganchos y estiletes oxidados.

Según su mitología, la criatura (a la que no recuerdo haber puesto nombre) era un demonio menor al que se le había dado la encomienda de salir de los infiernos por las noches, y revisar en cada casa que los niños estuviesen dormidos. Si para cuando llegara a revisar una habitación encontraba a alguno despierto, sería su prerrogativa atraparlo y regresarlo consigo a su morada para, ahí, disponer de él de alguna manera macabra: devorándolo como alimento, atormentándolo para su diversión, o intercambiarlo con otro demonio en alguna apuesta. Este demonio sufría, precisamente, de alguna clase de insomnio que lo hacía dormir durante el día, y estar despierto y malhumorado durante la noche.

A mi casa (en la que vivía de niño) el monstruillo llegaba escalando desde una especie de barranco que conecta con el jardín, el cual está en dos niveles. Llegando al segundo, ya hambriento, mataba algún animal que encontraba por ahí, o quizás tomaba un puñado de insectos como botana. La criatura se desplazaba muy lentamente, con gran paciencia iba inspeccionando cada cuarto de la casa, aunque no fuesen las habitaciones, por si ahí algún desprevenido se encontraba desvelándose imprudentemente. Pese a que su deformidad lo hacía caminar torpemente, gracias a algún embrujo era poseedor de distintos poderes que le ayudaban en sus cacerías nocturnas: era muy silencioso, y no hacía ruido al desplazarse de un lugar para otro; al contrario, también podía generar ruidos aterradores a propósito para confundir a la gente, de manera que si se oía su presencia muy cercana, bien podría en realidad estar lejos, y si se le oía arrastrarse en la lejanía, quizá estaba ya a la puerta de nuestra habitación. También tenía la capacidad de abrir puertas cerradas con llave a voluntad y atravesar rejas.

El engendro tenía no obstante que ceñirse a ciertas reglas muy claras: sólo tenía derecho a capturar a un niño si lo descubría in fraganti, despierto después de la hora de dormir que sus padres le habían señalado (era un monstruillo muy bien informado, como ven). Tenía además que estar seguro, ‘más allá de toda duda razonable’, por así decirlo, que el infante estaba despierto. Esto quería decir que si uno no había logrado dormirse para cuando llegara, pero mantenía los ojos cerrados y se quedaba muy quietecito y callado, el monstruo no podría reclamarlo. Podía, eso sí, quedarse en la habitación el tiempo que deseara, si sospechaba que un niño fingía su sueño, y hacer ruidos fantasmagóricos y obrar embrujos (por ejemplo, hacer que el clima de la habitación cambiara de caliente a frío o que empezaran a producirse olores putrefactos, muy a la poltergeist) para intentar que el niño, aterrorizado, finalmente abriera los ojos o gritara y se descubriera.

Mejor ya duérmete….buajajaja

Desde el jardín, mi habitación se encontraba en el tercer y último piso, así que una vez que el reloj marcaba la hora a la que tenía que dormir, y la criatura empezaba su ronda, tenía yo varios minutos para conciliar el sueño antes que llegara hasta mi pieza. Si llegaba y yo continuaba despierto siempre podía fingir, como mencioné, pero debía ser muy cuidadoso. De hecho, el terror mayor no era tanto que la criatura nos atrapara; el peligro era tener la mala fortuna de verlo directamente, pues se suponía que tal visión podía matar de la pura impresión: abrir los ojos y en la oscuridad empezar a divisar una silueta, y de repente, constatar que la sombra se acerca rápidamente, como volando, a unos centímetros de nuestra cara, haciendo ruidos y gritos chillones, y entonces contemplar con horror al engendro, que sabía hacer una mueca infernal, ante la que la mayoría de la gente moría de espanto.

La verdad es que esta treta funcionó. Originalmente, mi idea era auto-sugestionarme, convencerme de que mi monstruo y su mitología eran ciertos, y así, obligarme a dormir. Curiosamente nunca le tuve miedo a mi amado engendro imaginario. Jamás logré aterrorizarme por toda la faramalla que monté a su alrededor. La explicación era más sencilla: lograba dormirme porque dedicaba varios minutos a imaginar toda la escena, desde que llegaba a la casa desde su guarida hasta mi pieza, recorriendo en el camino todos los cuartos de los tres pisos de la casa. Este ejercicio de visualizar toda la historia, de irle agregando atributos al demonio, de recordar las reglas a las que estaba sometido, etc., todo esto es lo que terminaba tumbándome. Nunca supe cuando dejé de imaginar al engendro. Tal vez ha quedado en el olvido, y está furioso por ello. O, al contrario, logró finalmente dormir de noche, y ahora es un tipo apacible y simpático que, de día, se pasea por el infierno, ya retirado, contándole a sus colegas demonios sus antiguas hazañas.

Supongo que soy afortunado de no haberme arruinado el cerebro o los nervios con estas meditaciones nocturnas. Una vez le conté esta técnica a mis primos y me dijeron que tras intentarlo tuvieron pesadillas. No sé, por cierto, si haya una relación entre ambas cosas, pero jamás me han dado miedo los fantasmas, ni los monstruos, ni las apariciones, ni las historias de terror. Lástima, porque disfruto mucho esa sensación agria y fría que baja por la espina cuando a uno le pegan un buen susto. Ahora tengo que asustarme con las noticias sobre narcofosas, en el periódico por la mañana. Y yo que prefería a mi monstruo imaginario, tan lindo él.

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