“Presidentes legítimos”: una caricatura de su realidad política

López Obrador no fue el primero; ni siquiera, para que valiera la pena, fue el más simpático. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, México conoció a su primer “presidente legítimo”: Nicolás Zuñiga y Miranda, un personaje excéntrico, desquiciadamente divertido (el actual es un poco lo contrario, es decir, divertidamente desquiciado) que regresó a la memoria pública en 2006 a raíz de la auto proclamación de López Obrador precisamente como presidente legítimo luego de su derrota en las elecciones. La caricatura que representó Zúñiga antes, y la que representa ahora AMLO siguen derroteros diferentes, pero es posible hacer algunos paralelismos.

Detalle del mural de Diego Rivera “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”: Zúñiga y Miranda recibe, en sueños, la banda presidencial de Porfirio Díaz

Nicolás Zúñiga y Miranda (1865-125) fue un abogado zacatecano que, tras probar suerte como inventor en la ciudad de México, dio un giro a su vida y decidió competir por la presidencia de la República en diversas ocasiones, siempre con el mismo resultado: perdía la elección, denunciaba fraude, y se declaraba presidente legítimo. Así lo hizo el buen hombre en 1892, 1896, 1900, 1904 y 1910 contra Porfirio Díaz, en 1917 contra Venusiano Carranza, en 1920 contra Álvaro Obregón, y finalmente en 1924 contra Plutarco Elías Calles.

Zúñiga y Miranda representado por Max Langler en la película “México de mis recuerdos” (1943)

Muy pocos se tomaban en serio al pobrecillo “candidato perpetuo”, como se le conocía. El régimen de Díaz lo toleraba como se tolera a los locos inofensivos, y se supone que algunas veces era invitado a fiestas, comidas y distintos eventos sociales, donde, humorísticamente, se le daba el tratamiento de presidente. La primera vez que compitió contra don Porfirio y denunció fraude resultó arrestado y confinado unos días, si bien tras esto no volvió a ser molestado y podía pavonearse y realizar sus arengas públicas con tranquilidad. Fue, de acuerdo a la historia, hasta la elección de 1924, ya después de la Revolución, que el gobierno un poco cansado de su histrionismo le pidió que dejara la escena pública, y en todo caso Zúñiga y Miranda murió el año siguiente, a la edad de 60, en la ciudad de México.

Más allá del dato anecdótico, la popularidad y simpatía que este personaje tuvo en su momento se debió en gran medida a que era un símbolo. No era sólo que no tuviese las facultades, experiencia o capacidades políticas para ser un candidato serio, ni que nadie en su sano juicio le hubiese confiado a este hombre la presidencia. Zúñiga y Miranda, en su delirio, representaba hasta cierto punto la falta de democracia en México; era una caricatura de la situación política del país (en lo que a procedimientos electorales se refería).

Presidente legítimo

Ahora que, a propósito de las elecciones de principios de mes, López Obrador ha evidenciado una vez más que no está dispuesto a respetar los acuerdos que hizo con su propia gente, recordé con entusiasmo esta historia de Zúñiga. Con entusiasmo, digo socarronamente, porque pocas cosas son más tragicómicas que ver cómo ‘las izquierdas’, apenas empiezan a reconstruirse, vuelven a iniciar mezquinas peleas internas que las llevan a arruinar cualquier posibilidad seria de llegar al poder. Esta tendencia auto-destructiva, digna de psicoanálisis, se repite una y otra vez, indefectiblemente.

Casanova legítimo

Así las cosas, uno de los paralelismos entre Zúñiga y López es que ambos representan una caricatura de la democracia, si bien con una significativa diferencia: mientras el patetismo del zacatecano ilustraba la poca madurez institucional y la falta de democracia en el sistema político en su conjunto, el patetismo del tabasqueño demuestra la poca madurez institucional y la falta de democracia al seno de las izquierdas mexicanas que este personaje se ha encargado de convertir en su patrimonio personal.

Amenazado por el éxito parcial de las alianzas entre legítimos y espurios en las pasadas elecciones; temeroso de que un posible entendimiento PAN-PRD se concrete en una candidatura única rumbo al 2012; conciente de que en tal escenario el candidato no sería él, AMLO se desdijo una vez más. Recordemos que él había aceptado que el candidato presidencial de las izquierdas sería escogido mediante un criterio técnico: el mejor posicionado en las encuestas, es decir, el que mayores oportunidades reales tuviera de éxito, a la sazón, Ebrard o López.

Jardín legítimo

Sería ingenuo pensar que López Obrador alguna vez pensó en respetar este tipo de acuerdos. Sin embargo, su decisión de irse por la libre de una manera visceral y reactiva es significativa: demuestra lo poco que se puede confiar para hacer gobierno a intitutos políticos que jamás han puesto orden en su propia casa, que no terminan de darse una vida interna medianamente institucional. Recuerda, si alguien lo había perdido de vista, que los partidos autodenominados de izquierda, en mayor o menor grado, siguen siendo entidades volátiles, regenteadas por el caudillo político en turno, y a la vez, patológicamente facciosas, combinación esta no sólo patrocinada graciosamente por el erario, sino ideal para el desastre. El episodio, y la caricatura del actual presidente legítimo, corroboran pues la caricatura de la izquierda en este país: un modelo en el que el consenso se impone a base de votaciones a mano alzada, en el que las acusaciones de traición y las cacerías de brujas siguen siendo el método privilegiado para purgar a los no conformistas, y en las que, a falta de proyectos reales, se sigue la lógica burda de fabricar complots urdidos por fuerzas obscuras como forma de legitimación.

Caricatura legítima

Todo esto sería divertidísimo si no fuera trágico. Y es trágico porque como priísta me gustaría ver una izquierda moderna, madura, responsable, con la cual tener interlocución, pues no cabe duda que dentro del PRI hay una rica tradición de pensamiento progresista de hondo compromiso social, que necesariamente encontraría puntos de coincidencia y proyectos de largo plazo si del otro lado de la mesa encontrara izquierdas serias. En cambio, las izquierdas, con las que el PRI bien podría tender puentes, se encuentran o bien pactando oportunista y electoreramente con la derecha que hasta hace poco acusaban de espuria, o bien haciéndole el juego a un caudillo rancio y autoritario.

El presidente legítimo es pues la caricatura de la democracia al interior de los partidos y facciones sobre las que ejerce control o simpatía. A las instituciones nacionales las ha mandado al diablo… a las de la izquierda simplemente las ha mandado al ridículo, nuevamente.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (Diego Rivera)

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