La sombra del caudillo: cine y política

En la política mexicana, el único verbo que se conjuga es madrugar”

* Link a la película al final de esta sinopsis

DVD_600_LaSombraDelCaudilloEn un post pasado señalaba la relación de las artes y la política: la primera, acordamos, tradicionalmente se ha apropiado de los grandes temas de la segunda. No es de extrañar, la política contiene todos los elementos que salvan y pierden al hombre, que lo muestran virtuoso y sádico, todas las voces que le hablan al oído y todos los susurros que le tocan al corazón, todos los ingredientes pues que hacen del humano un ser interesante.

En esta ocasión quiero comentar la “película maldita del cine mexicano”: La sombra del caudillo, de Julio Bracho, basada en la novela homónima del célebre Martín Luis Guzmán. Esta película cumple este 2010 ochenta y un años de haber sido concebida como novela. El adjetivo de maldita se lo ganó debido a la prohibición que el gobierno impuso a su exhibición. La novela fue publicada en 1929, en Madrid (a dónde se había exiliado por segunda vez Guzmán); en 1960 Bracho lleva la historia al cine, contando con curiosas facilidades para ello (se le permitió filmar en la Cámara de Diputados –hoy ALDF–, por ejemplo), y sin embargo el film corrió la misma suerte que el libro, hasta 1990, cuando el gobierno del Presidente Carlos Salinas de Gortari puso fin al histórico veto.

La Sombra del Caudillo, como toda novela histórica, juega, dando saltitos, en el umbral de la realidad y la ficción. Ambientada en los años veinte, el hilo conductor es la sucesión presidencial, y los personajes se adivinan fácilmente: “El Caudillo”, Álvaro Obregón; Hilario Jiménez, secretario de Gobernación es un indudable Plutarco Elías Calles, interpretado por Ignacio López Tarso; Ignacio Aguirre, secretario de la Guerra, encarna al general Francisco Serrano.

Lecciones de política

Además de la experiencia estética que los cinéfilos puedan apreciar en esta película, la trama se convierte en un útil manual de política y un interesante ejercicio histórico. Respecto a lo primero, es instructivo analizar las diferentes personalidades que dan vida a la recreación histórica. “El Caudillo”, como se sospecha desde el título, aparece poco en escena, pero su sombra ubicua domina las decisiones, estrategias, pensamientos y fantasías de todos los demás. Se trata de un hombre en cuyas estudiadas gesticulaciones y tono pausado se detecta inmediatamente a un viejo lobo de mar. Un hombre que se sabe con poder y autoridad, y que, en consecuencia, se conduce con gran aplomo y elegancia. Una de esas personas que se dan el lujo de abdicar a la prepotencia y dar “sugerencias”, sabiendo que todos las entienden como órdenes.

caudilloHilario Jiménez (Calles) es otro prototipo –imposible que no lo sean, para bien y para mal. Éste es el hombre que tiene un plan y sabe lo que quiere, lo cual en política es tan indispensable como para el científico plantear la pregunta adecuada antes de iniciar sus experimentos. Conoce las entrañas del sistema y ha aprendido a transar con ello; no escapa a las tentaciones que el poder sirve sobre su mesa, y sin embargo, tiene la gran virtud de mantener un discurso institucional, incluso cuando los otros cometen la ingenuidad de “decir verdades en corto” (la escena de la entrevista Jiménez-Aguirre es clave). Aun cuando, exasperado, se indigna y maldice debido a que un interés descaradamente personal se ve afectado, nunca olvida mencionar que su rabia se debe a que la “República es la que está sufriendo”. Racionalizaciones a parte, se le puede acusar de todo, menos de tonto. Implacable, no obstante se dejan ver momentos de indecisión que sabe ocultar tras su prestigio. Previo a la entrevista con Aguirre, se le ve por ejemplo claramente dubitativo, estresado, pero en el momento preciso, apenas su contrincante cruza la puerta del despacho, regresa a ser el hombre de hierro que se sabe futuro presidente. Son este tipo de sutilezas las que resultan tan aleccionadoras.

Ignacio Aguirre es en buena medida lo contrario a Jiménez, y así lo juzga la fortuna, que les depara destinos antipódicos. Aguirre no es el favorito de El Caudillo para sucederlo, pero es popular, cuenta con el respaldo de grupos importantes, y gracias a su puesto como secretario de la Guerra tiene recursos y voluntades favorables a su lado. Su virtud es serle leal al Caudillo (virtud, digo, porque la lealtad es sin duda un valor escaso y preciado en política). Deja sin embargo que la lealtad se convierta en un lastre y no en una oportunidad. Su vicio más acusado es que se trata de un hombre profundamente adicto a la coyuntura, sin un plan claro: no sabe qué quiere, pero, más grave quizá, tampoco qué no quiere. Desde entonces, Aguirre y su camarilla empiezan a cometer una serie de actos de una incompetencia ofensiva y primeriza: primero “dar por hecho”, imperdonable (dar por hecho en política es casi tan peligroso como dar por hecho en el amor); mientras Jiménez conspira, Aguirre y compañía gastan el tiempo felices con mujeres (“la mora” es un personaje interesante, una astuta mujer de la vida galante, bastante mona), bebiendo, congratulandose de éxitos que sólo viven en su imaginación, como el improvisado “plan de Toluca”, y en general, perdiendo el tiempo mientras los jimenistas preparan el madrugete. A ellos también les dará tiempo de divertirse, pero sólo con la victoria asegurada).

Caudillismo hoy

Respecto a los paralelismos históricos, son muchísimos, pero quizá la gran reflexión que queda es si los actuales caudillismos que perviven en México lograrán institucionalizarse, y cuáles serán los canales para ello. La película debe verse en contexto: Calles aún estaba por llegar al poder, y aún no iniciaba ese genial diseño de partido que luego institucionalizará la Revolución y que empezaría a darle forma al país: todavía era el momento de los caudillos puros, donde la lucha por el poder se zanjaba con las armas. Lo preocupante es que hoy, a ochenta años de escrita la novela, cuando la “familia revolucionaria” se hizo partido, después de que gobernó setenta y tantos años, después de que perdió la presidencia en elecciones competidas, a unos años de que quizá la recupere, después de todo esto, pervive en algunos sectores políticos ese desprecio por las instituciones y ese fanatismo en favor del hombre fuerte y mesiánico. Sabemos cómo funciona esta lógica: salidos de la intemporalidad, legitimados en el mito, y empapados de moralidad republicana, son lo suficientemente modernos como para echar mano de los recursos del presente, y suficientemente nostálgicos como para querer restaurar las prácticas del pasado.

La sombra del caudillo 3

En retrospectiva, para mi generación es incomprensible que esta película haya estado vetada por tanto tiempo. Tan solo la parodia televisiva “El privilegio de mandar”, y para no irse lejos cualquier cartón que uno encuentra en el diario hoy en día produce más picazón y es menos políticamente incorrecto. Eso si, la película es mucho más inteligente.

Recomiendo pues echarle un vistazo a este film, en que además de los protagonistas que he esbozado brevemente aquí, encontrarán un sinfín de personajes simpatiquísimos y todavía más recurrencias históricas e inteligentes analogías, tan vigentes hoy como ayer: el determínate papel de las mujeres, los leales, traidores, advenedizos… el arte de saber darse a entender y entender uno mismo los códigos de la política (verbales, gestuales), el papel del Congreso, el rol que ya desempeñaba la prensa incluso entonces, el trago amargo de la traición como siempre… y por supuesto los temas que la Iglesia católica ha logrado sistematizar tan bien: orgullo, ira, gula, pereza, lujuria, envidia, avaricia, y como bono extra, mucho humor.

La película se puede ver en YouTube (en varias partes), aunque quizá sea más cómodo rentarla o hacerse de una copia para la colección personal.

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