¿Pendejo yo?: la ciudadanía debilitada en México

Hay algo de malsano cuando uno trata de racionalizar las cosas a fin de cargar con las responsabilidades que les tocan a otros. En otras palabras: echarse la culpa a sí mismo. En México esto nos pasa demasiado a menudo. Hagan el experimento. Consiente o inconscientemente, sucede más a menudo de lo que creerían. Hoy mismo, probablemente, ya les ha ocurrido. Hay quienes sostienen que esta actitud es de lo más loable: evita el conflicto y con ello, demuestra mayor madurez de parte de quien estoicamente recibe la bala. Se trata de “no echarle más leña al fuego”. ¿De verdad? A mí me parece que esta actitud evidencía un espíritu temeroso, servil incluso.

Inadvertidamente esto nos pasa a diario, a todos, en mayor o menor medida. Y si en el ámbito personal es ya penoso, cuando esta lógica se lleva a la vida pública la escena no podría ser más perversa si Sasha Grey formara parte del elenco. Los mexicanos cedemos mucho. Y el problema no es transigir, sino hacerlo con lo inaceptable. Hace poco, tres personas me contaron interesantes anécdotas que ilustran este síndrome:

Capítulo Uno (Cuernavaca)

— ¿Levaban armas?
— Sí, uno una pistola, y el otro una navaja.
— ¿Tú estás bien, te pegaron?
— No, no, tranquilo; con el susto, pero sólo fue la cartera y mi reloj.
— ¿Traías mucho dinero?
— Iba a comprar algo de ropa, sí llevaba efectivo, unos mil quinientos pesos, y las tarjetas. Además del reloj, había sido un regalo de cumpleaños.
— ¿Vas a denunciar, Alejandro está trabajando en el MP, por qué no le hablas para que te oriente?
— No, ¿para qué?, ¡pendejo yo!, la verdad fue mi culpa.
— ¿Culpa tuya?
— Sí, por ahorrarme unos pesos del estacionamiento, se me ocurre ir en ruta, con dinero en la bolsa, me puse ‘de-a-pechito’.

Capítulo Dos (Ciudad de México)

— Suerte que no venía coche al lado, o me lo llevo.
— ¿A cuánto ibas?
— No, si iba despacio, normal, pinches baches, están por todo periférico, y hay que andar esquivándolos.
— Me ha pasado, y con las lluvias quedó peor, se botó mucho asfalto.
— No, si fue mi culpa, ¡por pendejo! Diario paso por ahí de ida y vuelta, ya me sé los baches, siempre los esquivo bien.
— Deberían repararlos.
— No, sí los esquivo bien, te digo, es que yo me apendejé y ahora no los medí bien.

Capítulo Tres (Jalisco)

— ¿Y ese rayón?
— El ‘viene-viene’.
— Fíjate, qué irónico.
— Lo que pasa es que no se lo quise dejar a él. Estacioné el coche adelante, en el parquímetro, y se ha de haber enojado.
— Ni para reclamarle, ¿verdad?, ¿cómo lo compruebas?
— Pues sí. No, y además yo por pendejo, me hubiera salido más barato dejarle los treinta pesos que me pedía.
— ¡Ah, tenía cuota fija!
— En serio, pinche rayonsísimo, no va a salir con polish. Te digo, yo por pendejo.

Todos estos ejemplos, tan ingenuos ellos, parecen intrascendentes. ¡Hombre!, tan intrascendentes que el agraviado mismo termina echándose la culpa solo. Quien renuncia a su derecho de aspirar a vivir en civilidad no es prudente, es sumiso. Que a una persona la asalten y diga que es su culpa por llevar dinero en la cartera es alarmante. De acuerdo a estudios del Imco, la expectativa de impunidad, más que la pobreza o la falta de empleos, es el principal incentivo para alentar la criminalidad. En Estados Unidos se puede demandar a una cafetería por tropezar y quemarse con el chai (por eso ahora dice “Caution, Warm”), mientras en México si uno choca por esquivar un bache –que por estar en vía rápida y carril de alta debía haber sido reparado hace tres años— resulta que se es pendejo.

La importancia de estas reflexiones se haría más evidente si el ejemplo fuese más escandaloso (auque debería ser evidente aún en el caso más sencillo). Digamos que alguien es secuestrado, en la nota del diario sale una foto que muestra a un tipo vestido elegantemente, y alguien se aventura a decir: “¡qué pendejo, eso le pasa por tener un buen auto”. Mejor aún, ¿qué tal una empleada víctima de acoso sexual?. No pocos eunucos mentales han dicho (ustedes conocerán a más de uno) que se lo buscó por ser una mujer bella que se atreve a usar ropa sexy. ¿Y qué me dicen de un buen levantón en el Barrio Antiguo? ¿Será culpa de quien busca ir a divertirse al centro de Monterrey? Hay quien dice que sí.

Detrás de todo esto se encuentra una ciudadanía debilitada, y un tejido social herido. Ello se refleja en una pérdida de fe tan grave en las instituciones y las leyes que, para dormir tranquilos, se prefiere racionalizar el abuso sufrido de parte del crimen o de la misma autoridad, convirtiéndolo en un mea culpa. Esto es síntoma de una profunda sensación de impotencia, y las consecuencias de ello son terribles. Una sociedad que no cree en sí misma, en su capacidad de hacer valer su voz, su derecho, es una sociedad enferma. En México, la desmoralización ciudadana se muestra en distintas facetas: el desencanto que señalan las encuestas; la disminución de la participación electoral; la migración a Estados Unidos, son todos síntomas de falta de fe en el país.

Yo soy de la convicción, sin embargo, de que este tipo de inclinaciones no son tanto culturales como políticas. Hay quienes sugieren que estas actitudes se remontan a un pasado colonial de sujeción, acentuado por la sistemática arbitrariedad de la que muchos mexicanos son objeto. Esta parte de la historia es innegable, pero incompleta. Una psicología dócil depende más del presente que del pasado (“los hombres se parecen más a su época que a sus padres”, decía Marc Bloch). No es pues una enfermedad incurable. No hace mucho, México era un país mucho más optimista que hoy. “Ser sujeto y no objeto de nuestra propia transformación”, fue una divisa en la que creyeron los mismos mexicanos que ahora prefieren auto flagelarse.

¿Qué pasó? Perdimos la confianza, en nosotros mismos y en nuestra capacidad para enfrentar los problemas. Pero la confianza sólo se afianza con victorias. Así que la única solución consiste en dar la batalla, una batalla moral, en buena medida, pero a caso más difícil que una de trincheras, puesto que implica renunciar a viejas y dañinas preconcepciones e ideas hechas, por ejemplo, y paradigmáticamente, que uno no es pendejo por ser víctima del abuso, lo es por permitirlo.

@aramiskincino

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