El amor y el poder en The Tudors

–King Henry VIII: Have I made you unhappy?
–Anne Boleyn: No. I would only be unhappy if you ever stopped loving me.
–King Henry VIII: London would have to melt into the Thames first.
(The Tudors)

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Seduce me. Write letters to me…and poems. I love poems. Ravish me with your words. Seduce me.

La política y las grandes tramas de la política han sido, con pequeñas variaciones históricas y culturales, siempre las mismas desde que el sol broncea las espaldas del hombre. De ello dan cuenta las artes, que se han apropiado de las gestas y dramas del zoonpolitikon. Son infinidad los libros, las películas, la música, la obras teatrales y plásticas, las pinturas, en fin, el arte que evoca, personifica y actualiza al hombre en su relación con el poder y la política.

Muchas de estas piezas, tomemos los libros como ejemplo (¿qué tal el Hamlet de Shakespeare?, para empezar) son verdaderos manuales de alta política, sin mencionar su increíble componente humano. Hace poco conocí y empecé a seguir la serie de televisión The Tudors, una adaptación del episodio histórico que llevó a la escisión de la Iglesia de Inglaterra con la sede Romana. Los espíritus más exigentes me reclamarán que una serie de Showtime no es arte, pero no importa, y no sólo porque esta producción esté tan bien lograda, sino porque se trata de una propuesta que, aunque naturalmente dramatizada y con infinidad de licencias históricas (Enrique VIII definitivamente no se parecía a Jonathan Rhys Meyers), consigue su objetivo de atrapar dos veces: como entretenimiento y como recreación de los vaivenes de la política palaciega, una de las más complicadas.

Las razones y pasiones que el arte (y las series de Showtime) se apropia como reflejo de la política son variadas. Sus temas son bien conocidos: la ambición y la traición, la vocación de sacrificio y el afán de trascendencia. Sin duda, las cuatro virtudes paganas: poder, fortuna, fama y prestigio. Pero también son tramas de la política otras con mejor prensa: la fe, la convicción y sobre todo el amor.

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Margaret: Do you tease me because it amuses you? Charles: Why else? Margaret: Because you love me.

Sí, el amor, no hay nada más político que el amor. El amor es la turbina de la política, es también el faro que le da dirección, la tormenta que provoca su naufragio, y a su vez es el puerto al que se dirigen todos sus esfuerzos. Amor a la causa o al ideal, a Dios y su religión, al terruño, al poder en sí, a uno mismo, y claro, a la mujer. No discutiré aquí si este amor está bien o mal encausado (muchos moralistas ya se han gastado la vida en el intento). Lo que importa es que esta pasión domina la escena, y junto a ella, la mujer. No por nada la mujer, si bien relegada de la política oficial durante tanto tiempo, no obstante ha jugado un papel determinante en los más exquisitos episodios del poder, muchas veces tras bambalinas, y muchas más ejerciendo sus artes a través del corazón: desde Helena de Troya hasta Carla Bruni, pasando por la infinidad de amantes anónimas o prominentes que bajo las sabanas del lecho real han conseguido más que los cancilleres de todas las épocas. Algunas han quedado en la oscuridad, y otras se han hecho reinas; es este el caso de Ana Bolena, uno de mis personajes favoritos de la serie.

Ana Bolena es interpretada en The Tudors por la bellísima Natalie Dormer. Para conocer el elenco completo de esta formidable serie y el papel que las muy diversas psicologías e interese juegan en la trama invito a ver la serie (abajo dejo los links a las tres temporadas). Pero quiero destacar que ahí se encuentran representados los elementos más prototípicos de la trama política por excelencia: el hombre con poder y caprichos absolutos; el ambicioso e inteligente estadista que termina dominado por sus pasiones; el hombre de humilde cuna que llega a la prominencia gracias a su talento maquiavélico; el necesario amigo leal, apoyo moral del hombre en el poder; la heroína idealista; el pragmático; los traidores; los hombres de fe; los insidiosos conspiradores de poca monta y a otros a los que se debe tomar en cuenta; los cómplices; los anti-héroes; y por supuesto, la mujer, las mujeres. En esta primera esfera, la de la política cortesana, predomina la sutileza, se destaca la importancia de conocer y saber emplear los códigos y protocolos adecuadamente, pero también de tener la audacia para jugar con las excepciones y la transgresión de las reglas.

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Do you remember what hapenned to the last queen?

De la historia se extrae también una segunda esfera, la de la política estructural, y ahí también la producción sabe conjugar con gracia el papel de los políticos con el de los intelectuales, la importancia de la propaganda, del arte como instrumento de poder, el peso de la Iglesia, los imperativos de la política exterior y la guerra, el papel de la corrupción, de la traición, del abandono… en fin, la realpolitik.

Una tercera esfera es la de los personajes en sí mismos, su maduración política y psicológica a lo largo de la trama, sus motivos íntimos, sus filias y fobias. En esta parte, destaca el retrato que se hace de Enrique VIII, que pasa de ser el young lion beligerante al regio estadista que lo calibra todo. El de Thomas Cromwell, el Cardenal Wolsey, por supuesto Ana Bolena, e incluso el del Papa Paulo III, que auque aparece poco, logra dejar vívidas y aleccionadoras impresiones gracias a la magistral actuación de Peter O’Toole.

No deseo abundar más sobre el tema de la mujer y el poder, esa sólo ha sido la excusa para dar una pauta, pues confío que disfrutarán viendo la serie de primera mano. Sin más pues, recomiendo que la vean. Estoy seguro de que además de disfrutarla estéticamente, encontrarán en ella una muy buena representación de los grandes relatos de la política universal, y sobre todo, del papel del amor y la pasiones.

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