Tres criticas al ‘political compass’

Circula por internet, desde hace ya algún tiempo y con creciente popularidad, el political compass (brújula política), un cuestionario que asegura ser una forma innovadora para saber en qué parte del espectro político y económico se encuentra uno. Muchas personas que conozco ⎯y entre ellas varias con conocimientos especializados sobre la materia, sin duda talentosas⎯ parecen estar fascinadas con el test: lo toman, lo recomiendan, y presumen sus resultados. No obstante, viéndola con algo de detenimiento, esta herramienta muestra varias deficiencias importantes sobre las que sorprendentemente nadie repara, quizá porque en buena medida se trata de un cuestionario que sirve para corroborar posiciones que quienes lo toman ya saben que tienen, y en algunos casos, se esfuerza por tener (particularmente los progres, que parecen necesitar tanto saberse, y que otros sepan que son tales). Para dotar pues a la gente de un cierto sentido de pertenencia ideológico, el compass es buenísimo. ¿Qué tan bien hecho está, sin embargo?

Antes de exponer tres críticas puntuales al political compass, valdrá la pena revisar brevemente de qué se trata: mediante 62 reactivos, el cuestionario determina si uno es de izquierda o derecha (en términos de preferencias económicas), y si se es autoritario o libertario (según actitudes socio-políticas). De acuerdo a esta descripción, en el extremo de la derecha se encuentran los neo-liberales, en el extremo de la izquierda los comunistas; en el extremo del autoritarismo están los fascistas y en el extremo del libertarianismo se ubican los anarquistas. Cada reactivo consiste en una proposición para la que uno debe elegir entre cuatro opciones la que mejor describa su opinión: “De acuerdo”, En desacuerdo”, “Totalmente de acuerdo”, y “Totalmente en desacuerdo”.

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En primer lugar, el political compass adolece de un serio problema metodológico y de rigor documental: no parece tener ni lo uno ni lo otro. O al menos sus autores se esfuerzan por dar esta impresión, al no clarificar qué metodología empelaron, ni hacer públicas las fuentes a las que recurrieron para elaborar el cuestionario, o proporcionar los datos que emplean para realizar el ejercicio simulado a los distintos líderes y políticos, a quienes utilizan como ejemplo para ilustrar los resultados del test. Proporcionar este tipo de información es una práctica obligada en cualquier proyecto académico que aspire a ser medianamente riguroso, y lo único que permitiría hacer una crítica seria al compass con base en sus méritos. De hecho, la única vez en que se revela un poco sobre las fuentes utilizadas es en una nota al pie del muy dudoso ejercicio que los creadores hacen para aplicar simuladamente la batería de reactivos a compositores (Brahms, Tchaikovsky, Wagner, entre otros) que, dicen los autores, armaron con base en un articulo aparecido en la revista BBC Music Magazine de 1997. Así estamos pues en lo que toca al rigor.

Hay más, sin embargo. La misma identidad de los autores y sus credenciales resultan una suerte de misterio. En algún lugar dicen escuetamente ser “un periodista y un académico”, y en otro abundan un poco más, asegurando que: “la idea fue desarrollada por un periodista con experiencia como consejero escolar, auxiliado por un profesor de historia social”, lo cual es decir bastante poco, y nos vuelve a dejar sin saber en qué consiste exactamente su experiencia, las herramientas que usaron, o si contaron con asesoría de personas cuyos nombres y credenciales sí sean sondables (aunque en algún punto se disculpan por “la exclusión de algunos líderes importantes, especialmente del mundo en desarrollo”, esgrimiendo la extraña excusa de que, “esto es debido a nuestra inhabilidad, hasta ahora, de contactar ‘expertos independientes’”, y de nuevo sólo ellos saben qué quiere decir esto).

Más aún, incluso si usted quisiera contratar los Seminarios de la Brújula Política, servicio que naturalmente tiene costo (sí, esto se trata de ganar dinero, en caso que alguien no lo hubiese advertido aún), en la página únicamente le informan que a quien le mandarán para impartir una “alegre, retadora y entretenida” charla será un “conferencista radicado en el Reino Unido”, lo cuál nuevamente es decir nada, si bien es interesante constatar la reticencia de especificar cuál es la formación, experiencia, antecedentes profesionales, académicos, o incluso nombre de quienes elaboraron este proyecto y se encarga de comercializarlo. Eso sí, en una sección pomposamente llamada Professional Feedback, se ofrece un listado de comentarios halagüeños que van desde párrafos interesantes de personas que aseguran tener estudios en ciencia política, hasta diagnósticos como “absolutely brilliant website” (así nada más), que manda una tal Sharon Madsen y que no sabemos cómo o por qué pueda ser considerado siquiera de lejos “professional feedback”.

En segundo lugar, y como una consecuencia del problema metodológico y documental mencionado antes, hay ciertos reactivos en el cuestionario cuya pertinencia para ponderar tendencias autoritario/libertarias resulta bastante dudosa. A propósito de esto, realicé un pequeño experimento: tomé un grupo de diez reactivos cuya correlación (+ ó -) con autoritarismo/libertarianismo resulta especulativa, para la cual no se ofrece fudnamento, y por tanto su inclusión en el test puede ser puesta en duda razonablemente (5, 36, 45, 52, 53, 55, 56, 57, 61, 62. *Véase más abajo una breve discusión al respecto). Después, contesté dos veces la batería completa de 62 reactivos. En el primer caso, la respuesta para todos fue “En total des-acuerdo”, y en el segundo caso, la respuesta fue “En total desacuerdo” salvo para los diez elementos mencionados, a los cuales respondí con la opción contraria: “En total acuerdo”. El resultado se ilustra gráficamente a continuación.

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Como puede apreciarse, en ambos casos el resultado se ubica justo en el eje de las ordenadas y no muestra cambios en las abscisas (i.e. derecha/izquierda = 0), lo cual corrobora que los diez reactivos elegidos pretenden medir grados de autoritarismo/libertarianismo. Ahora bien, estas diez proposiciones (que representan el 15.12% del total, con 62 = 100%), generan una variación de 4.51 sobre 20 puntos posibles (desde -10 hasta +10), es decir que en virtud de estos elementos, cuya correlación con lo que presuntamente miden es dudosa y no ofrece evidencia empírica, uno pasa de estar casi a la mitad en la escala de libertario, a 0.15 puntos el umbral de lo autoritario.

El conjunto de diez reactivos que seleccioné fue el siguiente:

– 5.- “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
– 36.- “Cuando tienes problemas, es mejor no pensar en ellos, sino mantenerse ocupado con cosas más alegres”.
– 45.- “El arte abstracto que no representa nada no debería ser considerado arte en absoluto”.
– 52.- “La astrología explica de manera acertada muchas cosas”.
– 53.- “Uno no puede ser moral sin ser religioso”.
– 55.- “Algunas personas tienen mala suerte por naturaleza”.
– 56.- “Es importante que en la escuela de mi hijo enseñen valores religiosos”.
– 57.- “El sexo fuera del matrimonio es generalmente inmoral”.
– 61.- “Nadie puede sentirse naturalmente homosexual”.
– 62.- “En estos tiempos la apertura respecto al sexo ha ido muy lejos”.

No es este el lugar para hacer un análisis exhaustivo sobre los méritos de estos reactivos, pero valga resaltar que, por un lado no es nada claro por qué la creencia de una persona en el poder de la astrología, o la percepción de que hay quienes son desafortunados por naturaleza ⎯por mucho o poco que personalmente compartamos estas ideas⎯ harían a alguien más autoritario, y los creadores del compass no dicen en ninguna parte de qué estudio psicológico o político sacaron esa hipótesis, o si fue fruto simplemente de la corazonada del inescrutable periodista y su amigo el no menos oscuro académico.

Vamos, porque si se trata de corazonadas y de forzar ex nihilo correlaciones entre convicciones religiosas y preferencias políticas, ya que los autores concluyen que el Dalai Lama sería un entusiasta libertario de iquierdas, quizá hubiera valido la pena incluir reacitivos como: “¿Está usted convencido de ser la XIV reencarnación del bodhisvatta Avalokiteshvara?, o “¿Piensa usted que ser la XIV reencarnación del bodhisvatta Avalokiteshvara le otorga derechos divinos para ser el líder político-religioso de su pueblo?”, y ver qué tan libertario saldría en realidad Tenzin Gyatso.

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Por el otro lado, el test parece estar diseñado de tal forma que mezcla ⎯intencionalmente o no⎯, reactivos válidos (es decir, que plausiblemente están correlacionados con una cierta actitud o inclinación en términos de derecha/izquierda, autoritario/libertario), con otras proposiciones similares en temática, pero que no tienen ningún vínculo causal aparente. Pongo a continuación algunos ejemplos.

La proposición 60 dice: “Lo que sucede en la privacidad de una habitación, entre dos adultos, no tiene por qué ser asunto del estado”. Este reactivo es sin duda metodológicamente válido, y es posible probar que una preferencia por llevar al estado a la alcoba de personas adultas y reglamentar su vida sexual está positivamente correlacionado con una inclinación ‘autoritaria’, o al menos poco libertaria. Dos reactivos después, no obstante, se pone a consideración del lector esta aseveración: “En estos tiempos la apertura respecto al sexo ha ido muy lejos” (una de las seleccionadas para hacer el ejercicio comparativo). Pues bien, seguimos hablando del mismo tema, sexo, pero mientras en el primer ejemplo la correlación con grados de ‘autoritarismo’ es puntual, en el segundo no. Digamos, uno puede pensar genuinamente que la apertura respecto al sexo ha ido muy lejos, contestando en consecuencia “De acuerdo” (o incluso “Totalmente de acuerdo” en el cuestionario, y aún así estar simultáneamente en contra de que el estado actúe como un árbitro para regular la situación o imponer una determinada agenda moral, lo cual es bastante libertario y no tendría por qué sumar puntos de ‘autoritarismo’ en el compass.

Asimismo, la proposición 56 (“Es importante que en la escuela de mi hijo enseñen valores religiosos”), por mojigata que pueda sonarle a los más ateos, no tiene ninguna correlación ni mecanismo causal evidente que se vincule con grados de ‘autoritarimso’. De hecho, y sobre todo en el contexto norteamericano (para el que fue pensado, en principio, el political compass) pocas cosas son más libertarias y cercanas al credo individualista que elegir la clase de educación que uno quiere para sus hijos. Si la proposición fuera, por ejemplo, “La educación religiosa debe ser impartida, por ley, en escuelas públicas y privadas”, indudablemente una respuesta en afirmativo evidenciaría una tendencia ‘autoritaria’. Pero no es el caso.

Estrechamente ligado a todo esto, está el tema de la ponderación. Si uno corre el test varias veces cambiando respuestas, advertirá que diferentes reactivos tienen un peso distinto. Ahora bien, esta ponderación es una decisión subjetiva, y valdría la pena conocer exactamente con base en qué criterios se hizo. Por ejemplo, hice el experimento de contestar, nuevamente, la batería completa de proposiciones marcando en todos los casos “En total des-acuerdo”, salvo por el reactivo 43: “La pena de muerte debería ser una opción [de castigo] para los crímenes más graves”, que marqué intencionalmente “Totalmente de acuerdo”. El resultado fue y = 0.00, x = -3.85. Luego, el mismo ejercicio (todas las respuestas “En total desacuerdo”), contestando “Totalmente de acuerdo” sólo a la proposición 2: “Yo siempre apoyaría a mi país, sin importar si está equivocado o no”, obteniendo el mismo resultado y = 0.00, x = -3.85. Finalmente, repetí la batería con “En total desacuerdo” para todo menos para el número 41: “Una ventaja significativa de un sistema de partido único es que evita las discusiones que demoran el progreso en los sistemas políticos democráticos”, lo cual arrojó: x = 0.00, y = -3.79.

De lo anterior podemos ver que de acuerdo a la ponderación del los reactivos, caeteris paribus estar a favor de la pena de muerte lo hace a uno igual de autoritario que mostrar inclinaciones chauvinista, mientras favorecer un sistema de partido único acumula menos puntos de autoritarismo (.06) que cualquiera de las otras dos opciones. Haría falta pues saber cómo se ponderó cada reactivo (y también cómo varía la ponderación a lo largo de las cuatro opciones posibles de respuesta), y luego hacer un análisis de orden cualitativo para analizar si los valores asignados están fundados en un criterio plausible, si hay consistencia en temas similares, etc.

En tercer lugar, el cuestionarios supone implícitamente que sus usuarios cuentan con suficiente información, de forma que sus preferencias declaradas al responder a los reactivos se traducen de forma confiable en puntos a lo largo del espectro político y económico. Por supuesto, hay algunos reactivos que no requieren conocimientos específicos, y ni siquiera nociones superficiales para obtener respuestas válidas. Por ejemplo, estar a favor o en contra del aborto (proposición 22) es, en efecto, algo que puede responderse de forma lega y revelar, simultáneamente, preferencias políticas reales. Pero lo mismo no es cierto en otros casos. Supongamos por ejemplo a un joven con escaso interés e información sobre asuntos económicos, cuya realidad es la de una familia de clase media que vive de forma holgada. Ahora, este joven se enfrenta a la proposición 9 (“Controlar la inflación es más importante que controlar el desempleo”). Si esta persona no conoce, ni teóricamente, por experiencia, o por cualquier otro medio las implicaciones de una u otra alternativa, y contesta más o menos al azar, es difícil ver cómo el dichoso compass está midiendo preferencias económicas reales, y no grados de confusión sobre temas complejos. A este respecto, los creadores afirman en la sección de FAQs que la intención con muchos reactivos es que las personas respondan “con lo que sienten”, y no con lo que piensan, lo cual no es sólo un fraseo desafortunado que le hace poca justicia a la forma en que los procesos cognitivos de hecho ocurren, sino que parece querer esconder una insuficiencia real e importante mezclando situaciones en que sí existe valides metodológica al pedirle a la gente que de su opinión lega, “emocional” (v.g., el aborto, la homosexualidad, etc.), con otras que, sin ser ni más ni menos importantes, sí requieren un entendimiento técnico mínimo para garantizar que los usuarios no están simplemente adivinando o contestando al azar.

Finalmente, tomar este cuestionario es interesante, puede ser un manera más o menos útil para tener un atisbo aproximado de cuál es nuestra opinión sobre ciertos puntos, e incluso puede ser una buena excusa que mueva a la reflexión sobre diversos temas económicos y sociales relevantes (eso sí, si lo toman, háganlo en inglés, pues en la versión castellana encontrarán cosas como que ultimately se convierte en “últimamente”, y reflejo en “reflexión”). Más allá de eso, sin embargo, habrá que reconocer que esta herramienta tiene muchas limitantes y deja suficientes preguntas importantes sin responder como para tomársela tan en serio. Porque fundar en el resultado de una grafica la propia identidad ideológica, o congratularse porque el punto rojo aparece en el cuadrante “progre” o “liberal” de un plano cartesiano, es quizá la mejor muestra de que habría que hacer un esfuerzo mayor de reflexión a la hora de definirse políticamente.

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