Los ex presidentes en el debate público

Uno de los cambios del paradigma político nacional que le ha tocado a nuestra generación es la ruptura del protocolo según el cual los presidentes, una vez concluido su sexenio, debían mantenerse lejos del debate público. Era parte de un acuerdo con una lógica política específica, que sin embargo, se ha venido agotando para dar paso a tiempos, muy bienvenidos, en que los mexicanos queremos y merecemos escuchar la voz de quienes tuvieron la responsabilidad de guiar los destinos nacionales, como es práctica común en las sociedades democráticas.

Recientemente, y por diferentes motivos han saltado a la palestra pública Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox y Ernesto Zedillo. Hay, con todo, diversas formas de participar en el debate, y en el caso de los ex presidentes, las formas en que lo hacen conservan las huellas de su personalidad y legado como mandatarios, por lo cual sus dichos y hechos ofrecen una excelente oportunidad para la reflexión.

Vicente Fox, desde que dejó el poder, no ha perdido demasiadas oportunidades para reaparecer ante los medios. Lo más reciente, criticando las antinaturales alianzas PAN-PRD (alianza a la que, no obstante, convocó al ingeniero Cárdenas en 2000 bajo la lógioca del voto útil). El año pasado salía recibiendo un Honoris Causa de la universidad Emory de Atlanta, según refiere el centro Fox, ‘por su liderazgo internacional en temas de democracia y por sus iniciativas emprendedoras’. En abril había reaparecido tildando de locos y tontos a los diputados que se negaban a aprobar las cuentas públicas de los años 2002 y 2003. En febrero Fox, que fue miembro de la Comisión de Planeación y Estrategia para las elecciones de 2009, también había sonado en la prensa exhortando a los alcaldes panistas, reunidos en Juriquilla, Querétaro, a salirse a hacer campaña para el PAN, y “dejar encargas sus oficinas, tal como yo lo hice durante los seis años de mi gobierno” (Calzada sorprendió en Querétaro, por cierto). Poco antes, a finales de 2008, las planas de los diarios cabeceaban la nota: “Fox, con trastornos de personalidad: Vaticano”, en relación a los estudios que la Rota Romana hizo para anular el matrimonio religioso Fox-De la Concha, y dónde se reveló que el ex presidente sufría, desde que vivía en Los Pinos, de trastornos psicológicos.

Estos episodios pueden leerse de diferentes formas, incluso como veleidades mediáticas, pero son un termómetro de la forma en que este ex presidente –uno que llegó con un inmenso apoyo, y con mayores expectativas y esperanzas sobre sus hombros— regresa al debate nacional: bien con actos histriónicos o como un hombre zurumbático, propenso al escándalo. La participación de Vicente Fox en el debate refleja su personalidad como mandatario: el presidente mediático, el eterno candidato.

En otras latitudes, Ernesto Zedillo regresó al debate nacional cuando se supo que Citigroup, nada menos que el dueño de Banamex, vendido por este ex presidente a los exranjeros, había invitado al doctor para incorporarse a su consejo directivo. Poco antes, había sido uno de los ‘abajo firmantes’ del desplegado “La generación del No”. Las ironías de este lance quedaron documentadas en los artículos de prensa. También se le había visto, hace algunos meses, en el Foro Económico de Davos, donde se reunió con Felipe Calderón y aprovechó la oportunidad para apuntar las virtudes del rescate bancario que operó como presidente, el tristemente celebre Fobaproa, mismo que, recuerda, nos costó 20 puntos del PIB. Así, Zedillo, que convirtió un apoyo transitorio en un rescate de más de 100 mil millones de dólares sin consultar al Congreso, dice en Davos que “Estados Unidos debe dar pruebas de que tiene un plan para salir del problema fiscal”, y sugiere que si él hizo un rescate de 20 puntos de PIB, a los norteamericanos no debería parecerles oneroso hacer uno que saldrá en 6 u 8 puntos. Y está bien que Zedillo salga de la aulas de Yale para hablarle a los líderes mundiales del Fobaproa (Citi también tuvo que ser rescatado con dinero del contribuyente). La pregunta que se impone, sin embargo es ¿por qué en todos estos años no ha venido a contarle a los mexicanos los detalles de este rescate que seguimos y seguiremos pagando? La opinión del presidente de la crisis de 1995 y del Fobaproa, que suena fuerte en Davos y en los reportajes del New York Times, llega como débil eco a México. Argumentar que los presidentes no deben participar en el debate interno sería una mala lectura, y a caso una forma fácil de deslinde. La participación de Ernesto Zedillo en el debate refleja su personalidad como mandatario: el presidente coyuntural, el sustituto.

Finalmente, en este año seguimos viendo a Carlos Salinas de Gortari, nuevamente, en la cúspide del poder político nacional. A decir de sus críticos, esta vez por el ascendiente que se le adjudica en la lucha por el 2012, el año pasado por los ‘videoescándalos’ –pero siempre por algún motivo– Salinas es presentado como el cerebro detrás de las más exquisitas y sofisticadas martingalas. A veces con estereotipos trasnochados, y a veces con análisis más serios, siempre que lo traen de vuelta a las primeras planas es para presentarlo como un talentoso Kaspárov a quien las voces críticas terminan por acusar de inteligente. Sin embargo, lo cierto es que la más reciente aparición pública de Carlos Salinas fue como invitado a una ponencia del Centro de Estudios Enrique Yglesias, en la que, muy ajeno al circo político que se ha montado en otros lares, llegó ante la sociedad bancaria y financiera de México con una propuesta muy clara: recuperar el sistema bancario. En medio de un clima de desencanto con la labor política, con el valor de la negociación y el escepticismo ante la posibilidad de encontrar propuestas claras, concretas y viables, que un ex mandatario reaparezca para ofrecer de su experiencia en la solución de un problema para el país suena, sinceramente, increíble por contrastante. Pero ahí estuvo Salinas.

De hecho, vale la pena recordar que este proceso del que hablamos, la entrada de los ex mandatarios al debate de ideas, si bien paulatino, inicia en buena medida con la publicación de México, un paso difícil a la modernidad, en el año 2000, nada menos que por Carlos Salinas de Gortari, libro en el cual hace un extenso análisis de su gobierno. Salinas ha tenido una visible participación, y su estrategia ha sido la de entrar de lleno en el debate sobre su administración (1988-1994), y ahora, también señalando la necesidad de revisar el sexenio de Zedillo y Fox (1994-2000 y 2000-2006, respectivamente), para lo cual publicó recientemente un nuevo libro, La “década perdida”. Junto a ello, Salinas no ha dudado en participar en diversas ponencias, y se le puede ver ahora en las columnas de la prensa nacional. A mediados de enero del año pasado, por ejemplo, publicó en Milenio un artículo en que lanza una serie de propuestas para hacer frente a la crisis mundial. Salinas ha apostado por salir a la palestra pública a responder críticas y proponer sus ideas. La participación de Carlos Salinas en el debate refleja su personalidad como mandatario: el presidente con proyecto, el estratega.

¿Es bueno que los ex mandatarios salgan a opinar? Naturalmente. ¿Importa la forma y el fondo? Sin duda. Pocas posiciones son tan privilegiadas para hacer juicios como las de los hombres que ejercieron la primera magistratura del país, y por ello, habrá que atisbar la presencia y sobre todo la sustancia de la participación de quienes nos gobernaron.

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