Ni partido ni movimiento: el culto de Morena

Este texto fue publicado originalmente en el portal Mexican Times (febrero 23 de 2016).

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La caracterización de Andrés Manuel López Obrador como un político mesiánico había sido un recurso simpático, que atinaba en dibujar el tufo narcisista y autoritario con que siempre ha hecho política, pero que en general se mantenía como sarcasmo divertido. Paulatinamente, la caricatura ha dejado de ser graciosa.

De manera creciente, y de la mano de su líder, Morena adopta un lenguaje y prácticas más propias de un culto que de un partido o movimiento político; este fenómeno merece atención en cuanto se trata de una entidad de interés público, financiada con impuestos, y que aspira a gobernar a una sociedad cada vez más libre y plural.

Sería un error descalificar de manera generalizada a los simpatizantes de Morena y denostarlos con epítetos como «pejezombies». Es importante reconocer que entre ellos existen muchas personas genuinamente agraviadas, que no han encontrado respuesta a sus problemas de parte del sistema, con quienes hay una deuda política y social.

Al mismo tiempo, es necesario señalar que también hay quienes –sobre todo entre los cuadros medios y altos– voluntaria y a veces de manera entusiasta han decidido caer en la bancarrota intelectual, haciendo los malabares retóricos más grotescos para defender la agenda caprichosa de un personaje que está dispuesto a soslayar derechos fundamentales y prácticas democráticas para lograr su única obsesión consistente: ser Presidente.

No costará trabajo advertir los paralelismos.

Los cultos comparten algunas características esenciales. Sus integrantes se aglutinan bajo la guía de un autoproclamado líder carismático (en el sentido weberiano) cuyo juicio es inapelable. Se establece una clara división entre quienes están afuera: personas corruptas, dañinas, tóxicas; y quienes están adentro: consientes, bondadosos, limpios. El mundo exterior al grupo es presentado como un lugar hostil, manchado, que precisa ser regenerado.

Dentro del culto se espera obediencia total, por lo que el pensamiento crítico es visto con sospecha; se le estigmatiza y suprime. El líder no está interesado en debatir, aprender de la experiencia o transigir; al contrario asegura tener respuestas únicas y de aplicación universal a todos los problemas, de forma que quien no comparta su doctrina es un ignorante que puede ser redimido si se une, un indeseable que debe ser evitado, o un traidor que debe ser combatido.

Usando un lenguaje de amor y armonía que denuncia al egoísmo, el culto busca que los integrantes renuncien a su individualidad e incluso hagan cosas contrarias a sus propios intereses, a fin de trabajar por una «causa superior». Los cultos atraen a personas de todos los bagajes socioeconómicos e ideológicos, pues lo que ofrecen no es un bien material o intelectual sino emotivo: identidad, un propósito, sentido de comunidad y de pertenencia.

En un debate reciente, una persona de la comunidad LGBT hacía una defensa sin concesiones de Candelaria Pérez, coordinadora de la bancada de Morena en el Congreso de Tabasco quien célebremente dijo: “a mí me gustaría que no existieran los gays”. Bajo el argumento de mantener la integridad de «la causa» (una etérea y poco definida luchar contra el neoliberalismo), esta persona se mostraba más que dispuesta a condonar una posición discriminatoria, contraria a derechos fundamentales, y que además lesiona sus propios intereses. El individuo difuminado, sometido a la tiranía del grupo, de la causa.

Ponga usted atención a las declaraciones del liderazgo y varios simpatizantes de Morena y constatará un patrón similar, que recuerda la célebre novela distópica 1984, donde los personajes de George Orwell se ven sometidos al doblepensar, un mecanismo de dominación auto-infringido mediante el que una persona es capaz de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, mintiéndose a sí misma de forma selectiva.

Hace unas semanas López Obrador anunció que “Todo el que está en el PRI pero se arrepiente de lo que hizo mal y decide pasarse a Morena puede ser perdonado. Al momento que se sale del PRI se limpia”. Así, Evaristo Hernández, a quien poco antes había calificado de corrupto, fue redimido y sumado a las filas siguiendo un modelo propio del culto: la aprobación personal del líder, por encima de cualquier tramite, institución u opinión.

Ponga atención al lenguaje con que debaten los cuadros de Morena y detectará algunos rasgos peculiares: frases cortas, casi siempre afirmaciones y nunca preguntas; poca elaboración, menos matices, mucha repetición a veces textual de las palabras del líder. Uso del plural mayestático, tono acusatorio. No se trata de spots, sino de la forma en que muchos simpatizantes argumentan y piensan de manera cotidiana. Hablamos de personas que quieren evangelizar con un mensaje perenne, no razonar sobre una realidad compleja.

Las sectas invierten una buena cantidad de tiempo explicando lo que no son y poco detallando que sí –la claridad no es su fuerte. Morena enfatiza regularmente que no es un movimiento violento o irrespetuoso de la ley, y cuando habla de su programa el lenguaje se torna cultista, «una nueva corriente de pensamiento», abstracto, «un modelo económico alternativo», y religioso: los cambios surgirán de tener mucha ética, muchas ganas, y en última instancia de la voluntad superior del líder, tan plena de qués y tan carente de cómos.

Todos los partidos políticos en todo el mundo requieren cohesión, lealtad de sus integrantes e incluso un cierto grado de teatralidad. Pero sólo una clase de agrupaciones demandan rendir el criterio, diluir la individualidad, hacer la causa de un líder infalible el eje único de acción. Sometimiento mental y disciplina institucional son cosas distintas.

Ahora Morena quiere administrar universidades propias con dinero público; más allá de que esto tenga un objetivo electoral apenas disimulado, preocupa que una organización con una mentalidad cercana a la de un culto controle una materia tan sensible como la educación de cientos y quizá miles de jóvenes.

Los cultos detestan el escrutinio, que pone de relieve su simulación, y la crítica, que devela sus inconsistencias. Acostumbrados a la aquiescencia de sus seguidores, el líder y sus cuadros se estrellan contra la argumentación razonada. Por ello será un error subestimar y una injusticia generalizar a sus simpatizantes; al contrario, hace falta dar una batalla de ideas sistemática y debatirles en todos los frentes, en todo momento. Exhibir a unos, convencer a otros. Se trata de una batalla no sólo política sino cultural.

Panorama del catolicismo. ¿Cómo recibe México al Papa?

Una versión de este texto fue publicado originalmente en el portal Mexican Times (febrero 9 de 2016).

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¿Qué escenario religioso encontrará el papa Francisco en su visita a México? Nuestro país es el segundo con más católicos del mundo (96 millones, esto es el 8.8% del total) después de Brasil, pero es también uno donde la pluralidad religiosa y no-religiosa es una realidad.

El análisis arroja claroscuros. La iglesia católica se mantiene, y se mantendrá en el futuro previsible, como la religión dominante en México; también es una de las instituciones más respetadas por los mexicanos, sólo después de las universidades y ligeramente más que el Ejército (Mitofsky, 2015). Al mismo tiempo, enfrenta una permanente y creciente pérdida de fieles. Asimismo, de entre quienes se mantienen católicos, una proporción importante conoce y practica poco la religión.

Religión en México

Si bien actualmente los católicos representan aproximadamente el 82.72% de la población (en 1910 eran el 99%; 1950 = 96%; 1970 = 96%), las diversas denominaciones cristianas no-católicas alcanzan ya, en conjunto, casi el 10%, y han mostrado un crecimiento sostenido durante las últimas décadas. Más aún, hacia 2014 el 44% de este grupo reportó que habían sido criados en hogares católicos, fe que abandonaron para unirse otra iglesia.

El porcentaje de mexicanos que no practica ninguna religión o que incluso activamente la rechaza, si bien ha crecido y seguirá haciéndolo, se mantiene como una minoría. No existen datos precisos para distinguir con claridad cuál es su posición, aunque se estima que habría un 3% de agnósticos, 3% sin «sin religión en particular», 1%–2% de ateos, y 2%–3% que no se pronuncian en ningún sentido o son indiferentes (Pew Research – INEGI).

En todo caso, para el catolicismo el principal reto no proviene de los «no religiosos», pues estas personas suelen ser individuos aislados, que no tratan de «convertir» a otros ni están organizados para impulsar una agenda anti–católica. El reto proviene desde las iglesias cristianas. Dentro de este mosaico, llama la atención el estancamiento relativo de los llamados «protestantes históricos» (como metodistas o presbiterianos), y en contraste, la notable fuerza que han alcanzado los grupos evangélicos, pentecostales y testigos de Jehová, que representan el 52.94%, 16.31% y 14.29% de las iglesias cristianas, respectivamente.

Protestantismo en México

Pero, ¿por qué las iglesias evangélicas y pentecostales han resultado tan atractivas para muchos mexicanos, y en especial para antiguos católicos? Las razones son diversas, pero existen algunos patrones para explicar el fenómeno.

Aproximadamente un 69% de los ex católicos aseguran que su paso a iglesias cristianas se debió a que en estas encontraron formas de ritual y adoración en mayor consonancia a su sentir: más directas, populares y donde participan activamente, en contraste con la rígida liturgia católica. El pentecostalismo, por ejemplo, hace uso extensivo de canticos comunales, y su estética y ritual se han adaptado mucho a las tradiciones y cultura latinoamericana.

Destaca también la percepción de que sus líderes y pastores se comportan, hablan y visten como los fieles, a diferencia de la jerarquía católica, a la que perciben a veces distante y desconectada de su realidad. Un 81% dice que en sus nuevas iglesias cristianas tienen una relación más directa con Dios.

El énfasis de las iglesias evangélicas y pentecostales en programas de ayuda contra el alcoholismo, la ludopatía y violencia familiar también acerca a muchos hombres y mujeres que sufren estos problemas. Asimismo, la llamada «curación por la fe» (la práctica de «sanar» enfermos durante los servicios religiosos) y la «teología de la prosperidad» (una interpretación según la cual se puede obtener éxito material mediante algunas prácticas religiosas) han resultado fenómenos muy populares.

Ahora bien, ¿cuál es el perfil de estos grupos? En primer lugar, son más religiosos y activos. Con datos de 2014, sólo 16% de los católicos mexicanos cumplen el criterio de «observancia religiosa», contra 37% de los cristianos no-católicos (ir a misa una vez a la semana, rezar diario y considerar que la religión es algo importante en sus vidas). En el mismo sentido, mientras que sólo 8% de los católicos dijo hablar de su religión con otras personas, el 31% de los miembros de iglesias cristianas declaró haber hecho algún acto de promoción de su fe.

Las iglesias cristianas no-católicas también suelen ser más conservadoras en temas sociales. Por ejemplo, mientras el 50% de los católicos mexicanos están a favor del matrimonio igualitario, sólo el 35% de los cristianos no-católicos lo aceptan. El  66% de los católicos mexicanos están a favor del uso de anticonceptivos y (con datos promediados de América Latina, incluyendo México), 60% de que exista un cambio progresista en la política sobre divorcio, temas que son mayoritariamente rechazados por sus contrapartes cristianos. De hecho, el 60% de los católicos «desencantados» que se van a iglesias cristianas aseguran que buscaban un mayor énfasis en temas morales.

Por cierto, el 31% de los católicos mexicanos están a favor de que los curas puedan casarse, mismo porcentaje que apoya que las mujeres puedan ordenarse para el sacerdocio. Y si bien en algunas iglesias cristianas no-católicas esto ya es posible, su visión respecto al lugar de la mujeres en la sociedad tiende a ser más conservadora que en el catolicismo actual en México (que, a su vez, no es particularmente liberal).

Sus integrantes también son más proclives a participar en obras de caridad (73%) que los católicos (48%). Socioeconómicamente, provienen de todos los estratos.

Desde los años sesenta, el catolicismo reaccionó a este desafío mediante la llamada «Renovación Carismática», una forma de adoración muy similar a la pentecostal; no obstante, la tendencia de pérdida de fieles y sobre todo de migración a otras iglesias cristianas se mantiene firme y en crecimiento. Este es, a grandes rasgos, el escenario al que llega el Francisco, primer Papa latinoamericano, en su primer visita a México: una Iglesia católica dominante pero ya no hegemónica, mayoritaria pero dentro de un marco de clara y pujante pluralidad religiosa.

* Este texto fue ligeramente ajustado (febrero 10) de su versión original para afinar algunos datos; específicamente, porcentajes que antes eran promedios para América Latina y ahora son exclusivos para México.

El agravio y la política

Este texto fue publicado originalmente en el portal Mexican Times (enero 26 de 2016).

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Como regla general, me parece sano preguntarle a cualquier persona que ha decidido hacer política si tiene una historia de agravio o indignación que justifique su motivación para emprender un camino de servicio público, lleno de satisfacciones, pero que también exige innumerables sacrificios.

No es común, ni en la academia ni en la opinión pública, y menos desde el gobierno, que se hable del papel que juega la emoción en la política, en parte quizá por un prejuicio que hace de ella sinónimo de debilidad, o que supone que ésta necesariamente conduce a la irracionalidad. Esto nos lleva a un mundo de muchos soundbites y pocas historias.

Sin embargo, la emoción es un motor tanto inevitable como necesario para hacer política. La clave está en administrar el agravio, el dolor, la indignación ante las injusticias, para usarlo con inteligencia como motivación para la acción, como una indignación de inspiración. La empatía –otra cosa de la que desafortunadamente hablamos poco– se origina necesariamente desde la experiencia, no desde la teoría.

En alguna ocasión conocí a una persona que llegó a la Ciudad de México desde Michoacán con dos objetivos concretos: estudiar derecho en la UNAM y unirse a un partido para empezar a construir una carrera política. Cuando le pregunté por qué, esperaba algo vago y abstracto, aderezado con alguna frasecilla trillada: «es que ya nos toca a los jóvenes», «por el bien de México», «siempre he tenido vocación de servicio», o incluso algo cínico.

No obstante, su respuesta me sorprendió. Me contó que un año atrás su abuelo había tenido una seria complicación medica; cuando lo llevaron a la clínica regional tuvo que esperar dos días acostado en el suelo, sobre unos cartones, para que le asignaran cama. Cuando finalmente lo ingresaron, la insuficiencia de personal, la escasez de medicamentos y la indolencia de algunas autoridades significaron que las dos últimas semanas de su vida fueran indignas y dolorosas, para él y para su familia, personas humildes que no podían permitirse pagar un servicio privado. Desde entonces quiso hacer algo al respecto para cambiar esa realidad.

El sentimiento de impotencia y desamparo de esa experiencia le dolió en lo personal, pero también le abrió un horizonte hasta entonces ajeno: lo que le pasó a su familia le pasa a muchas personas más. Gente que no conoce, pero cuyo agravio es capaz de entender. En su caso, esa rabia no se convirtió en desaliento o en venganza, sino en conciencia y en acción.

En la universidad de Harvard se han hecho algunos estudios que sugieren que tomar una posición deliberadamente moral ante los acontecimientos genera mayores niveles de motivación, fuerza de voluntad y aun resistencia física. Pero para tomar una posición moral se requiere, además de racionalidad, emoción. Una emoción que no es negada, sino dirigida por la inteligencia.

Esto no significa que toda persona que decide participar en política deba pasar por una experiencia personal traumática para ganar cartas de legitimidad. Pero sí significa que, quien quiera tomar esta ruta de servicio público, debe asegurarse de tener un contacto directo y permanente con la realidad más cruda que vive buena parte del pueblo al que pretende servir: miseria, abusos, hambre, injusticia, agravio.

Y más vale que esta sea una experiencia temprana, porque en la medida que se asciende en la labor de gobierno, más acusada es la tendencia a verse atrapado en realidades paralelas, círculos cerrados integrados por personas demasiado temerosas (o quizá demasiado listas) como para atreverse a llevar al escritorio del jefe las malas noticias.

Por supuesto, existe siempre el riesgo de que la emoción en política se manipule como populismo y demagogia, para medrar con el dolor y la rabia de las personas buscando dividir y prosperar en el desorden. En México conocemos bien esta alternativa populista, que acumula quince años en campaña, dos derrotas nacionales y cada vez menos credibilidad. Afortunadamente, estos casos pronto se revelan por su discurso que destruye sin proponer, y por sus acciones que contradicen su prédica.

Más allá de eso, parece prudente esperar de quien decide ser político, además de preparación y experiencia, una sana dosis de indignación, de agravio, de empatía ante una realidad que en muchos sentidos duele para demasiadas personas. Conviene también, al debatir una agenda de gobierno, preguntar no sólo si lo que se propone es financieramente viable o técnicamente adecuado, sino si con ello se corrige un agravio, si con ello se combate una injusticia.

He aquí pues una pregunta sencilla pero indispensable para cualquiera que desee hacer una carrera política: ¿qué te indigna, qué te agravia?

¿Sirve de algo capturar a los altos jefes criminales?

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (enero 12 de 2016).

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Tras el arresto de un criminal de alto perfil es común que una parte de los comentaristas señalen que este tipo de acciones sólo poseen valor mediático, pero poco sirven para combatir de fondo al crimen organizado. No obstante, esta conclusión es engañosa.

En el caso de la recaptura de «el Chapo», sería miope y mezquino minimizar la importancia del hecho, así como la dedicación, valor y eficacia de nuestras fuerzas de inteligencia y seguridad. Las mujeres y hombres que hacen posible esta clase de operativos ponen demasiado en riesgo como para no hacer, como acto mínimo de gratitud, un análisis más sofisticado que la simple crítica por consigna.

Desgastar al liderazgo

Suele argumentarse que detener a los grandes capos es fútil, pues por cada uno que entra a prisión habrá muchos más listos para ocupar su lugar. Esto es sólo parcialmente cierto. Partamos de un principio sencillo: el liderazgo es un recurso escaso y difícil de reemplazar.

Joaquín «el Chapo» Guzmán, por ejemplo, reúne una serie de características específicas: inteligencia, carisma, habilidades gerenciales, respeto y lealtad personal de sus subalternos, relaciones de complicidad y confianza con aliados, compradores y proveedores, y en general, un vasto conocimiento y experiencia de la operación de su organización.

Este tipo de liderazgo no se construye de la noche a la mañana, y por ello, si bien es cierto que hay muchos esperando tomar el lugar de sus jefes, el reemplazo será casi invariablemente de menor calibre, y le tomará tiempo –en algunos casos años– consolidar una posición equiparable a la de su predecesor, lo cual significa una degradación en el liderazgo y una merma en las fortalezas del cártel.

Y así como se empobrecen sus capacidades estratégicas con la captura de cada capo, lo mismo ocurre a nivel operativo con los arrestos de lugartenientes de importancia, pues el mando efectivo del personal, el conocimiento del terreno –y hasta los acuerdos ilegales con algunas autoridades– no son habilidades que aparezcan de manera espontánea. Así, cada arresto implica que gente cada vez más novata e impulsiva asuma posiciones de liderazgo, lo cual hace más probable que se cometan errores y se fragmente la cohesión del grupo.

Debilitamiento operacional

En el mismo sentido, incluso antes de la captura, el mero hecho de la persecución representa un problema importante para esas organizaciones.

Los líderes criminales se hacen más cuidadosos en sus movimientos, más lentos y menos eficaces; las ordenes de los jefes empiezan a pasar por más intermediarios y se pierde capacidad de supervisión. Ante la creciente dependencia de comunicarse por medios electrónicos, aumenta la posibilidad de interceptar estas comunicaciones y hacer labor de inteligencia ya no sólo sobre el jefe, sino su círculo cercano y delegados en otras plazas.

No menos importante, cuando los jefes criminales se ven forzado a estar permanentemente escondidos y en fuga, el enclaustramiento, la paranoia e incluso el deseo de contactar a su familia los orillan a cometer errores que permiten a las fuerzas de inteligencia y seguridad detectarlos y obtener información relevante sobre sus operaciones.

El proceso de reemplazo del liderazgo, además, genera tensiones y aun violencia interna, lo cual lesiona más la estructura y unidad del cártel.

En este sentido, podría argumentarse que la fragmentación amenaza con crear muchas pequeñas células delictivas y exacerbar la violencia. Y si bien es cierto que esto puede ocurrir, no se trata necesariamente de un resultado adverso a largo plazo.

Por ejemplo, un grupo de sicarios que esté operando en una entidad distante cuando el cartel empieza a ser descabezado, quedando huérfano de liderazgo, instrucciones y recursos podría empezar (como ha sucedido) a dedicarse al robo de autos o la extorsión para generar ingresos, y si bien este resultado es en sí mismo indeseable, por supuesto, a la larga resulta más fácil combatir a una banda de extorsionadores aislada que a un apéndice delictivo parte de un grupo central con recursos y capacidad corruptora enormes.

Naturalmente, para que esta estrategia surta efecto las detenciones de altos mandos deben ser sistemáticas, a fin de ir degradando las capacidades de las organizaciones criminales, proceso que lleva tiempo y requiere, además de voluntad política, del apoyo de la sociedad, lo que nos lleva al ultimo punto.

Legitimidad del estado

Detener y llevar ante la justicia a altos perfiles criminales significa una necesaria legitimación para el estado; más allá de lo «mediático», en toda batalla el factor moral es importante, tanto para las fuerzas de seguridad como para el público.

En este sentido, operativos exitosos como el que generó el arresto de Guzmán Loera muestran que, si bien existen problemas innegables de corrupción al interior de algunas corporaciones, el estado en su conjunto mantiene un poder superior al de los criminales y la determinación para usarlo; nos recuerda también que contamos con fuerzas de seguridad profesionales y eficientes. A la vez, se combate la imagen de invencibilidad e incluso de culto que algunos delincuentes poseen.

Todo esto no significa que los arrestos a altos mandos vayan por sí mismos a solucionar el problema del crimen organizado. Sí significa, no obstante, que lejos de ser hechos cuyo único valor radica en su potencial como promoción mediática, obedecen a una lógica y que, a lo largo del tiempo y en conjunto con otras estrategias, van generando resultados en una batalla que no es corta ni fácil, pero que requiere ser mejor comprendida, porque es una lucha correcta y necesaria.

La ritualización del tiempo y las cosas

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (diciembre 29 de 2015), y también puede leerse aquí.

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Los humanos somos amantes de lo simbólico, seres que gustan –y a caso necesitan– de los rituales.

Una de las cosas que los humanos ritualizamos es el tiempo. Por ejemplo, el inicio del año el uno de enero es, objetivamente, una fecha completamente arbitraria: nada hace que ese día sea más o menos especial que los que le han precedido o los que le seguirán mientras este mundo exista. Sin embargo, la calendarización que hemos hecho del tiempo crea un ritual poderoso al marcar el cierre y la apertura simbólica de un ciclo.

Generalmente los rituales no tienen una función práctica de suyo, sino que buscan generar en las personas un estado de mayor predisposición para ejecutar un acto, creando una atmósfera propicia para la reflexión, la motivación y la acción.

Muchos rituales son procesos elaborados (como la misa católica), pero pueden ser también sencillos. El simple hecho de tener conciencia que determinado día ¬«empieza» un «nuevo» año es suficientemente poderoso para que millones de personas, de manera espontánea y genuina, hagan un corte personal en su vida y se preparen mentalmente para «abrir» una etapa. De ahí, por ejemplo, la tradición de hacer propósitos, o los pequeños rituales privados que mucha gente hace para «cerrar» el ciclo: comprar una nueva agenda, cortarse el cabello, estrenar ropa, etc.

De manera crítica se podría decir que la tendencia ritual del humano es el resabio de un pasado supersticioso y poco racional; después de todo, con suficiente voluntad cualquier día, hora y contexto es bueno para cambiar aspectos negativos o iniciar nuevos proyectos.

Y en efecto, si uno supone que el acto ritual por sí mismo resolverá problemas o generará éxito, probablemente se llevará una –merecida– decepción. Más aún, en el extremo encontramos algunas prácticas rituales con un componente de violencia, auto-infringida o dirigida contra otros, que deben ser totalmente rechazadas.

No obstante, cuando el ritual es usado no como un fin en sí, sino como un catalizador emocional y psicológico, éste puede resultar un recurso racional y útil. Michael Norton y Francesca Rino, de la Universidad de Harvard, han encontrado mediante experimentos con grupos de control que los rituales de duelo ayudan a las personas que han sufrido una pérdida, y también incrementan la intensidad de sucesos cotidianos, como disfrutar la comida. El ritual, de acuerdo a estos investigadores, provee una sensación de mayor control ante las circunstancias e involucra a las personas en las experiencias que viven, haciendo que éstas sean más plenas y significativas.

Asimismo, se ha documentado que el uso de rituales está correlacionado con el éxito en lograr algunos objetivos como dejar de fumar. La evidencia sugiere que las personas suelen lograr mejores resultados en la medida que el ritual sea más elaborado y se siga con mayor disciplina, lo cual parecería indicar que éste actúa como una mecanismo que ayuda a fortalecer la voluntad, una autosugestión controlada, si se quiere.

En este sentido Eliphas Levy, una interesante figura del siglo XIX, decía que si un campesino practica el ritual de levantarse todos los días muy temprano y a la misma hora a recorrer un largo camino para recoger una brizna de la misma hierba en el mismo lugar, éste hombre podrá obrar grandes prodigios con ese objeto. No porque la hierba se haga mágica, sino porque –simbólicamente– estaría cargada con el poder de su voluntad disciplinada.

El fenómeno ritual tiene en buena medida un origen religioso. En el judaísmo, por ejemplo, el primer precepto que Dios da a los israelitas como pueblo es iniciar un nuevo calendario lunar que marcaría su liberación de Egipto; y en efecto, el ritual sirve en las diversas tradiciones espirituales como una forma de crear tiempos y espacios sagrados, como lo ha analizado ampliamente Mircea Eliade, uno de los más destacados historiadores de las religiones.

Sin embargo, la función ritual de dotar de significado el tiempo, el espacio, y en general las diversas facetas de la vida no es exclusiva de la experiencia religiosa. La toma de posesión de un presidente, por ejemplo, es una forma de consagrar mediante un acto simbólico el cambio de poder, mientras que la celebración de la independencia nacional rememora un momento fundacional de identidad compartida, así como la ceremonias de graduación oficializan ritualmente al estudiante con su nuevo estatus.

Encontramos así prácticas de iniciación en grupos de todo tipo (clubes, fraternidades universitarias, etc.), la costumbre de portar una prenda u objeto que recuerda un compromiso o a alguna persona, oír una determinada canción en una situación de estrés, o hacer una serie de cosas específicas antes de dormir. Todos ejemplos de rituales.

La tendencia a practicar rituales, algunas veces comunitarios, otras de forma personal, es un fenómeno que, los antropólogos han encontrado, se encuentra presente en todas las culturas, si bien en las sociedades modernas el ritual, como acto consiente, es escaso fuera de los entornos religiosos, aunque como vimos está presente a veces sin notarlo.

No obstante, siempre como catalizador y no fin en sí mismo, la ritualización consiente puede ser una práctica útil (y también bella) para encontrar espacios y tiempos de reflexión, un mecanismo para educar la voluntad, sistematizar ideas, hacer más significativas las experiencias y poner un poco de orden en medio del agobio propio de los tiempos de constante aceleración y dispersión en que vivimos.

Con todo, la experiencia ritual está siempre a merced de convertirse en un producto comercializable y resulta muy tentadora para charlatanes que, adornándola con un bonito empaque, la usen para lucrar. También es posible dejarse llevar por prácticas francamente absurdas, dignas de ridículo y hasta dañinas. Por ello, tres reglas a tener en cuenta: 1) cualquier ritual tiene un componente personal–emotivo, pero debe también resistir una crítica seria sobre su racionalidad última; 2) casi siempre que alguien quiera vender a cambio de dinero una experiencia ritual, habrá por lo menos que dudar de sus intenciones, y 3) hay que rehuir (y en su caso denunciar) de cualquier práctica que atente contra las personas, física, psicológicamente o en su dignidad.

Internet y el espejismo de la pluralidad

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (diciembre 15 de 2015), y también puede leerse aquí.

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Pocas cosas son más seductoras que tener la razón, o al menos, imaginar que uno la tiene. Pero para que esta experiencia sea psicológicamente satisfactoria, es necesario también que haya alguien más –muchos más, de preferencia– que así lo reconozcan.

Esta tendencia moldea la forma en que consumimos noticias y nos mantenemos informados, sobre todo en internet, que si bien teóricamente ofrece una amplia gama de opiniones, termina convirtiéndose, más que en una gran aldea plural, en un sinnúmero de pequeños subgrupos de personas que piensan más o menos lo mismo sobre las mismas cosas, de manera fragmentada y aislada del resto.

Todos tenemos, invariablemente, ideas pre-concebidas sobre diversos temas (política, deportes, religión, cultura, etc.), y solemos buscar, instintiva y aun inconscientemente, fuentes de información que, antes que debatir diversas posiciones, confirmen nuestros propios sesgos. Este fenómeno, en la investigación académica, se conoce como reinforcement, y una de las perspectivas que la estudia es la gratification theory.

En política, por ejemplo, es poco común que un simpatizante de derecha o izquierda se informe de manera indistinta con cualquier medio (más difícil aún es que haga una labor de contaste entre varias opciones); al contrario, la norma es que uno y otro busquen específicamente periódicos, programas, articulistas y periodistas que, de antemano, perciben que tienen una opinión similar a la suya.

A su vez, los medios de comunicación reaccionan a esta demanda y, si bien todos aseguran ofrecer información objetiva y desean tener un público lo más amplio posible, adecúan no obstante su enfoque para satisfacer a audiencias más o menos específicas. Algunos pocos medios se declaran abiertamente de tal o cual tendencia, pero todos, unos más sutilmente –y profesionalmente– que otros, privilegian un enfoque con miras a mantener a una base de consumidores determinada.

De esta manera, es posible que una sociedad esté altamente informada, consuma cada vez más noticias, y al mismo tiempo esté poco acostumbrada al debate, sea cerrada ante ideas contrarias y genere un diálogo público muy poco sofisticado, fundado en la descalificación, donde cada uno busca tener la razón y la última palabra, por encima de una reflexión que matice y robustezca las propias creencias.

En el caso de internet este fenómeno se potencializa debido a la capacidad del usuario para filtrar contenidos, seleccionando aquellos que se acercan a sus preferencias y con la posibilidad de bloquear buena parte de lo que se apartan de ellas. Más aún, las plataformas mismas están diseñadas para “sugerirnos” sitios, artículos y contactos con base en nuestras preferencias, con lo que se va afinando cada vez más un perfil con fronteras bastante estrechas para cada usuario.

Resultan muy significativas, por ejemplo, opciones como las que ofrece Twitter, en las que uno puede “silenciar” conversaciones, o los servicios de plataformas como Paper.li, mediante las que se confecciona información a la medida de nuestros gustos (y por ende, de nuestros prejuicios).

De esta forma, internet no sólo no siempre propicia sino que muchas veces impide lo que algunos analistas como Cass Sunstein llaman los “encuentros fortuitos”, es decir, la capacidad de cruzarse con personas o medios que opinan diferente. Al contrario, las posibilidades tecnológicas hacen cada vez más simple ensimismarse, aumentar la brecha de comunicación entre desconocidos y crear “cyber–guetos” donde sólo se convive con pequeños grupos homogéneos de ideas afines.

En forma de analogía, internet sería como una fiesta internacional con buffet donde hay toda clase de comida, del que no obstante los invitados estadounidenses se sirven hamburguesas sin interesarse por el mole ni los chiles en nogada; nosotros, los mexicanos, vamos directo a los tlacoyos y el pastor sin darnos la oportunidad de probar los guisados tailandeses, y los japoneses agotan el sashimi sin voltear siquiera a ver qué hay entre las opciones escandinavas.

Al mismo tiempo, cada grupo se sienta en una mesa con los suyos, de modo que, por ejemplo, en la de los veganos no soy bienvenidos los que se sirvieron ribeye (y viceversa), con lo que se pierde la oportunidad de que unos y otros platiquen, de donde quizá hubiera podido resultar que alguno de los carnívoros se hubiese animado a probar qué tal le va como vegetariano.

Con todo, lo cierto es que al final uno es quien decide qué contenidos consultar; uno es dueño de su TL. La promesa de internet de crear un espacio plural de información y debate no va a ser cumplida en virtud de los algoritmos de búsqueda en Google o las recomendaciones de a quién seguir de Twitter; requiere un esfuerzo activo, una actitud crítica de usuarios que conscientemente quieran expandir sus horizontes.

Este podría ser un proyecto para el año que inicia: dedicar el mes de enero a informarse, en paralelo a los medios que usualmente consultamos, con otras opciones (portales, articulistas, programas) de una visión diferente, haciendo un ejercicio crítico. En el mismo sentido, diversificar nuestras redes sociales, siguiendo e interactuando con personas interesantes pero que estén lejos del consenso del que somos parte. Más aún, documentarse sobre temas directamente mediante debates que muestran dos visiones distintas, como los que organiza la Universidad de Oxford y están disponibles en línea (http://bit.ly/1J6evGR).

Diversificación, por supuesto, no significa indiscriminación. Hay siempre que mantener un estándar de calidad en los contenidos que consumimos; muchos medios son simplemente panfletarios, y sin duda hay gente toxica con la que no vale la pena perder el tiempo intentando un debate inteligente. El mero proceso de descubrimiento, sin embargo, es algo valioso en sí mismo. Para aprender cosas nuevas, hay que ir y sentarse en la mesa de extraños de vez en cuando y poner a prueba nuestras propias ideas; y hay que hablar, pero sobre todo, escuchar.

López Obrador: visibilidad y desgaste

Este texto fue publicado originalmente en el portal MXT (diciembre 1 de 2015), y también puede leerse aquí.

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López Obrador no necesitaba convertirse en presidente nacional de MORENA para ser quien dé las órdenes en ese partido, cuya estructura vertical ha controlado desde siempre. Por ello esta decisión debe entenderse, más que como una maniobra política, como una de comunicación y posicionamiento de imagen rumbo a las elecciones 2018.

Durante los últimos años López Obrador ha estado haciendo una campaña fundamentalmente de tierra, pero a medida que se acerca el 2018, en un contexto de sucesión anticipada, su necesidad de virar hacia una de aire sólo se incrementará. Prueba de ello es que en el proceso electoral de 2015 aprovechó las prerrogativas de su partido y apareció, como actor protagónico, en más de 800 mil spots de radio y televisión.

Hacer esto desde la presidencia de MORENA es una reedición de “la estrategia soy yo” ensayada en 2006 y 2012, que de nuevo pone a la persona, AMLO, por encima del partido y su militancia. Estratégicamente es una apuesta que tiene ventajas pero también abre flancos débiles.

¿Qué gana?

Mayor acceso y atención de los medios. Visibilidad.

Podría suponerse que alguien como López Obrador, que tiene los niveles más altos de conocimiento público entre los aspirantes a la presidencia (97%, según Parametría), no requiere de más reflectores, pero sería un diagnóstico equivocado.

Los medios buscan historias nuevas para sus notas, y el discurso monotemático de López Obrador (las acusaciones, los enemigos, y las conspiraciones de siempre) no resulta noticioso. Igual de monótono es reportar que el jueves dijo durante un mitin en Zacatecas lo mismo que ya había arengado el martes en Tlaxcala.

En cambio, como presidente nacional de un partido político se sube a un debate más amplio. Se baja el volumen (parcialmente) a los mensajes para su voto duro, a fin de entrar de lleno en una serie de mensajes al público en general, particularmente el gran conjunto de votantes indecisos, esa mayoría que hoy no votarían por él y a quienes quiere evangelizar ya no en las plazas, sino desde los monitores de televisión.

Al ser presidente de MORENA obliga también a que otros actores políticos tengan que referirse y contestarle a él. Este modelo ha resultado históricamente rentable, pues en la estrategia de López Obrador cada crítica al partido (fundada o no) será presentada ahora como un ataque a su persona, un intento de silenciarlo, una oportunidad para la victimización y la acusación.

¿Qué pierde?

Margen de acción para administrar su exposición mediática.

Desde su posición como líder de facto pero no formal de MORENA, López Obrador había podido darse el lujo de pasar periodos relativamente largos en silencio cuando así convenía, emerger con una declaración o acción política en el momento oportuno, dejar que otros voceros de MORENA se desgastaran, y volver a difuminarse hasta que de nuevo llegara alguna coyuntura política rentable.

Hoy esto ya será difícil. López Obrador se verá forzado a hacer algo que se le da particularmente mal: opinar de todo, todo el tiempo; esta dinámica, de por sí desgastante, se torna más riesgosa para un político como él, sin duda hábil pero poco disciplinado desde un punto de vista comunicacional, desafecto a oír a sus asesores, acostumbrado a declarar con base en la corazonada, a denostar, entrar en polémicas, muchas veces sin información ni conocimiento.

Y eso es precisamente lo que le produce sus mayores negativos: la imagen (en gran medida justificada) de un político que necesita crear conflicto para ser visible, que se ocupa más en destruir que en proponer, y que cuando lo hace suele ser en forma de ocurrencias inviables o promesas imposibles.

Finalmente, como responsable oficial del partido López Obrador se pone en posición de responder por la conducta, y específicamente los actos de corrupción, en que de aquí al 2018 puedan incurrir los dirigentes y representantes emanados de MORENA.

Esto puede pegar directa y negativamente en lo que es hoy uno de sus mayores activos: su discurso de denuncia contra la corrupción y los abusos de la clase política, que encuentra amplio eco entre la población, pero al que MORENA no es ajeno, y de lo que ahora para López Obrador será más difícil y costoso desentenderse.

Teniendo simultáneamente los mayores niveles de conocimiento público y las mayores opiniones negativas, a más de dos años de la elección para López Obrador la tensión entre visibilidad y desgaste abre francos fuertes igual que débiles.

El modelo que hace de AMLO el eje único de la campaña ha fracasado en dos ocasiones, en buena medida auto-derrotado, al ser dependiente de los humores de un hombre y no de una estrategia articulada que, entre otras cosas pase por la autocrítica. Con los antecedentes disponibles, no hay una buena razón para suponer que, al menos desde el punto de vista comunicacional, la apuesta vaya a ser diferente.